Revista Remedios

Vida volitiva: voluntad, tendencia y deseo

Por Gabriel Giner @esaludcom

La vida psíquica (compuesta por actividades y fenómenos psíquicos) no se  agota con las representaciones, conceptos y juicios de las cosas; ni tampoco con los sentimientos y emociones que estas despiertan en nuestro interior. Cargados de ese conjunto de riquezas, actuamos hacia nuestro exterior, dispuestos a cambiar las circunstancias que nos rodean.

Cuando hablamos de volitivo, hablamos de la capacidad de actuar en función del conocimiento. Al aprender debemos poder actuar ante el conocimiento adquirido, de no poder hacerlo, significa que no lo hemos comprendido del todo.

La vida volitiva

La vida volitiva no se trata de un comportamiento aislado de la vida psíquica, pues como es sabido, esta no tolera ningún tipo de separaciones; es siempre una totalidad orgánica y siempre se encuentra en continua actividad.

Según la definición propuesta por la Real Academia Española (RAE), la palabra volitivo hace referencia a todo lo relacionado con los actos y fenómenos de la voluntad. Entonces… ahora sabemos que la vida volitiva se basa en la voluntad. Ésta no se considera una facultad psíquica separada; es considerada una cualidad o aspecto mismo del comportamiento.

La vida volitiva tiende a manifestarse de manera particular. Entre esas manifestaciones podemos destacar: la voluntad, la tendencia, la esperanza, la ansiedad, el miedo, el deseo, el impulso, el anhelo, la repugnancia, el apetito, entre otras. Establecer diferencias psíquicas entre esta variedad de manifestaciones puede resultar casi imposible.

Existen tres estados de volición: volición inmanente, volición emanante y volición predominante. Cuando hemos “decidido” sobre o hacia un objeto, es decir, tenemos un estado establecido de elección respecto a éste, se muestra un estado de volición inmanente; cuando mostramos cualquier acto particular de elección, vemos un estado de volición emanante o imperativa; cuando un estado inmanente es aquel que controla una serie de acciones, llamamos a ese estado una volición predominante.

La actividad voluntaria se compone de 2 elementos fundamentales: la referencia psíquica hacia algo valioso y el esfuerzo hacia ese valor.

La voluntad

La voluntad se encuentra compuesta por un conjunto de experiencias, entre estas se destacan  la inteligencia y a las emociones. La relación intelectual que ocurre en la psiquis solo exige el esfuerzo necesario para para conservar la atención en en un objeto, a diferencia de la relación volitiva, que constituye una orientación activa, pues muestra una tendencia a subordinar las cosas del mundo de acuerdo a nuestros propósitos.

En la mayor parte de los actos volitivos, si queremos alcanzar un fin, debemos buscar también los medios que nos conduzcan en la dirección del mismo. La actividad de la voluntad consiste, en gran parte, en la realización de esos medios que nos permiten cumplir el fin propuesto.

En el “modelo de ocupación humana” propuesto por Gary Kielhofner, la volición es uno de los tres subsistemas que actúan sobre el comportamiento humano. Dentro de este modelo, la volición considera los valores, intereses y creencias de una persona sobre la autoeficacia y la capacidad personal.

Para que exista la voluntad se necesitan dos factores: una fuerza intelectual que anticipe psíquicamente un fin propuesto y una fuerza impulsiva que tienda hacia la realización de dicho fin.

La voluntad es esencialmente una decisión, por tanto, se apoya en un acto electivo que toma partido en favor o en contra de algo. Al efectuar una decisión voluntaria tenemos la consciencia de que no hemos sido arrastrados por las tendencias ni por otras fuerzas psíquicas que se encuentran en nuestra mente.

La fuerza de voluntad

La fuerza de voluntad

La fuerza de voluntad es el término coloquial y científico para el mismo estado de la voluntad; es decir, una “preferencia electiva”. Según su definición, la fuerza de voluntad se basa en el autocontrol y puede involucrar una serie de diferentes características cognitivas y de comportamiento.

El concepto de fuerza de voluntad supone que estamos bajo un control racional; la reducción de este estado se conoce comúnmente como falta de fuerza de voluntad. El estado que implica la activación de la voluntad y la resistencia de los impulsos, requiere un esfuerzo consciente y una inversión significativa de recursos tanto emocionales como cognitivos.

Antes los psicólogos solían pensar en la fuerza de voluntad como una metáfora, parte de la psicología popular que no mostraba relación con lo que realmente sucedía en la psíquis. Suponían que el autocontrol no era impulsado, sino que era algo cognitivo, más parecido a una computadora que a un motor. Pero años después se pudo comprobar que la psicología popular tenía razón. El autocontrol nos impulsa a realizar o resistirnos a una acción determinada.

Según la Asociación Americana de Psicología, las personas tienden a colocar una gran cantidad de acciones al poder de la fuerza de voluntad. Algunas investigaciones demostraron que las personas identificaron la falta de fuerza de voluntad como el factor número uno que les impedía alcanzar sus objetivos.

La fuerza de voluntad se activa para ayudarnos a controlar nuestros impulsos. Ésta pretende resistir nuestros impulsos de alcanzar satisfacción a corto plazo, para lograr una mayor satisfacción a largo plazo. Es la satisfacción prevaleciente a largo plazo sobre la gratificación instantánea.

Las personas con mayor capacidad de autocontrol, en comparación con las personas impulsivas, son más aptas para regular los impulsos conductuales, emocionales y de atención para conseguir objetivos a largo plazo. Por el contrario, las personas impulsivas, con menor capacidad de autocontrol, son más propensas a tomar malas decisiones y a presentar problemas de comportamiento.

¿Cómo funciona la fuerza de voluntad?

La parte del cerebro que controla  la fuerza de voluntad es la corteza prefrontal. La región superior izquierda de la corteza prefrontal es la responsable de activar la fuerza de voluntad.

En la corteza prefrontal se encuentran células y neuronas que se agrupan para enviar impulsos que activan nuestro sistema nervioso. La misma ha logrado una gran expansión a lo largo de la evolución humana, lo que indica una fuerte presión de selección a favor de su continuo crecimiento y evolución.

La corteza prefrontal es la parte del cerebro que nos otorga la cualidad de humanos, de seres pensantes. La parte izquierda superior que se activa con la fuerza de voluntad es la parte racional. Ésta es responsable de nuestros pensamientos y de regular nuestro comportamiento; esto incluye mediar en pensamientos conflictivos, tomar decisiones entre lo “correcto y lo incorrecto” y predecir los resultados de nuestras elecciones.

Tendencia y deseo

La voluntad en su sentido más amplio incluye dos procesos fundamentales, el tender y el querer. La tendencia se encuentra relacionada a los impulsos, mientras que el deseo se relaciona con el el “querer”.

La tendencia

Todo proceso volitivo constituye una tendencia hacia algo. El tender hacia algo es un factor indispensable de todas las actividades dinámicas de la vida volitiva. Según la definición, la tendencia es una disposición natural para moverse, proceder o actuar en alguna dirección o hacia un fin determinado.

En toda tendencia hay un fin hacia el cual se orienta nuestra actividad psíquica. Ese fin no será captado con anterioridad por nuestra consciencia, puesto que no tenemos consciencia previa del objeto hacia el cual tendemos. A diferencia de lo que ocurre en el deseo y la voluntad, en la tendencia no existe una anticipación mental del fin.

En la tendencia existe una ausencia de previsión y un descenso en la participación del Yo. Por este motivo sucede que la imaginación, la atención y el pensamiento son ajenos a los acontecimientos de la vida impulsiva.

En ocasiones, al dejarnos llevar por la tendencia perdemos el control que ejerce nuestro cerebro racional y nos dejamos dominar por nuestro cerebro emocional. Las tendencias nos brindan la energía psíquica necesaria para realizar un acto de voluntad; pero no constituyen la voluntad misma.

El deseo

A diferencia de la tendencia, el deseo no es una actividad impulsiva, sino que es una actividad consciente. Comparte con la tendencia una fuerte carga emotiva, pero se diferencia de ella  en dos características principales:

  1. En el deseo existe una representación del fin deseado y  hay anticipación mental del objeto que posee valor.
  2. En el deseo existe una participación más directa del yo, que se vuelca hacia el objeto deseado.

El deseo se diferencia de la voluntad, en el sentido que, desear algo y desear hacer algo son manifestaciones volitivas diferentes. Podemos desear algo y no tener la voluntad suficiente para hacerlo realidad, o quizás ese deseo no es tan valioso como para que la voluntad se haga presente.  Podemos conformarnos con esa simple manifestación de deseo, pero la voluntad solo aparecerá cuando nos dispongamos a realizar un esfuerzo para lograr lo que deseamos.

La voluntad nos obliga a efectuar un intenso trabajo físico y mental. Ésta no solo conoce el fin, sino que también busca los medios necesarios y activa las fuerzas psíquicas y físicas que le ayuden a alcanzar ese fin. En cambio, el deseo no conduce a la realización del fin propuesto.

Los dominios del deseo son mucho más amplios que los de la voluntad. Estos se extienden desde lo real hasta lo irreal, desde lo posible hasta lo imposible; a diferencia de la voluntad, la cual se estrecha hacia lo real, lo posible y lo accesible.

El poder de la decisión

El poder de la decisión

La decisión es el puente entre nuestros pensamientos y  nuestras acciones. Nos encontramos tomando decisiones constantemente. Estas van desde, qué desayunaremos, o qué ropa nos pondremos hasta, qué universidad deberíamos ir o si queremos casarnos y formar una familia.
Todo lo que nos rodea es el resultado de nuestras propias decisiones. Toda nuestra vida es el resultado de nuestras propias decisiones.

Tomar una decisión nos conduce a escoger un camino y apoyarlo con toda nuestra voluntad. Conduce a elevarse por encima de las tendencias para ejecutar un acto de libre elección. Una decisión puede ser más o menos libre que otra; será más libre cuanto más se eleve por encima de las tendencias.

Existen dos tipos de decisiones: las decisiones conscientes y las decisiones subconscientes.

Una decisión consciente puede ser por ejemplo, el establecimiento de objetivos. Cuando nos proponemos alcanzar una meta, conscientemente acordamos seguir el conjunto de acciones que se requieren para hacer que esa meta se convierta en realidad. La mayoría de las personas tienen un objetivo, algo que las motiva a avanzar. Este objetivo puede ser desde tratar de perder o aumentar peso hasta querer alcanzar el éxito laboral.

Las decisiones subconscientes ocurren cuando se presentan dificultades para lograr los objetivos. Por ejemplo: si queremos bajar de peso y optamos por comer mal por que nos falta voluntad o no tenemos tiempo para prepararnos una comida saludable, estamos asumiendo subconscientemente las consecuencias de esta decisión. Inconscientemente, estamos aceptando que luego nos sentiremos mal, pero preferimos la satisfacción a corto pazo que tomar una decisión que nos recompense a largo plazo. Probablemente al tomar decisiones arriesgadas o que sabemos que no son las mejores estaremos dejándonos llevar por nuestros impulsos, y la tendencia controlará nuestra voluntad.


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