Revista Remedios

Violencia doméstica

Por Gabriel Giner @esaludcom

Violencia domésticaSe habla de violencia doméstica cuando el maltrato se produce en el entorno familiar entre los miembros de la pareja, ya que cuando las agresiones son hacia los hijos menores se denomina maltrato infantil.

La mayoría de los casos de violencia doméstica, tal y como revelan los datos es producida por el hombre a su compañera. Esto es debido a la situación de vulnerabilidad de las mujeres que aún no tienen independencia económica ni apoyos sociales. Además físicamente tienen menos fuerza, con lo que, aunque decidieran hacerle frente a las agresiones de los hombres, se seguirían llevando la peor parte. Por otro lado, esta situación muestra la existencia de estereotipos de género que relacionan la violencia con los hombres como característica asociada a su masculinidad.

La alta implicación personal y emocional que se vive en el hogar facilita la desinhibición en comportamientos tanto positivos como negativos. Muchas cosas que no haríamos con nuestros amigos o compañeros de trabajo (decir palabras malsonantes, dar muchos besos o decir piropos), sí que pueden formar parte de nuestro repertorio de comportamiento intra-familiar.

Estas conductas se realizan, en parte, porque nos sentimos protegidos en la privacidad del contexto. Esta intimidad, tan necesaria para el ser humano, se convierte en un obstáculo para detectar problemas graves, como la violencia doméstica, por personas ajenas a dicho entorno. Además, en este contexto, la frecuencia y duración de las relaciones personales suelen ser más altas que en los otros medios.

Dichas características convierten el ambiente familiar en el lugar óptimo donde desarrollar los vínculos afectivos más importantes, cuando las condiciones son favorables. Pero también es el lugar donde se aparecen situaciones de conflicto y donde el estrés y la tensión acumuladas pueden desahogarse sin que medie ninguna limitación social. En estos casos las víctimas suelen ser aquellos más débiles (mujeres, niños, ancianos…).

Definición y tipos de violencia doméstica

Se entiende por violencia doméstica toda agresión ejercida por una persona del entorno familiar hacia otra del mismo contexto. En general suelen ser los hombres (maridos, compañeros, hijos, padres, hermanos…) quienes agreden a las mujeres. Cuando la violencia es ejercida contra los hijos menores se denomina específicamente maltrato infantil.

Las agresiones suelen ser, en el caso del maltrato hacia la mujer, de tres tipos: físicos, psicológicos y sexuales.

El maltrato físico es cualquier comportamiento que puede producir daño corporal en la mujer y que no se produce de forma accidental. Los más habituales son: golpes, empujones, patadas, palizas… y los resultados: heridas, moratones, fracturas, quemaduras…

El maltrato psicológico engloba amenazas, insultos, formas de intimidación, humillación, desvalorización de la persona, obligación de obediencia, conductas que culpabilizan, aíslan, controlan (las salidas, el dinero, las llamadas…), ridiculizan…

La violencia sexual supone forzar a la mujer a mantener algún tipo de contacto sexual contra su voluntad. Este tipo de agresión llega a su máxima intensidad con la violación, considerada así aunque el coito se produzca dentro del vínculo del matrimonio.

Generalmente estos tres tipos de ofensas se combinan en los casos de maltrato doméstico siendo difícil aislar uno de ellos, cuando en la pareja se ejerce violencia.

Consecuencias de la violencia doméstica

Consecuencias de la violencia doméstica

El maltrato físico produce consecuencias inmediatas y de resultados más visibles, aunque probablemente los que dejan más secuelas son el psicológico y el sexual.

A medio y largo plazo las consecuencias son baja autoestima, inseguridad, aislamiento social y familiar, llegando en algunos casos a depresiones profundas y, en los más graves, a padecer enfermedades somáticas.

Estudios recientes parecen demostrar que las mujeres que sufren maltrato psicológico tienen el doble de probabilidades de sufrir dolores crónicos, migrañas, úlceras, gastritis… Sin embargo, las consecuencias del maltrato, en el ámbito familiar, no se circunscriben exclusivamente a los daños producidos en la mujer.

deteriora, además de la relación de pareja, toda la interacción familiar, ya que disminuye la cantidad y calidad de las relaciones positivas y se generaliza la situación de malos tratos a quienes viven bajo el mismo techo (proyección horizontal).

Además debido a las características específicas del contexto familiar, el maltrato tiende a repetirse crónicamente y a agravarse.

¿Por qué se produce?

Muchas personas piensan que cuando las mujeres aguantan el maltrato de sus parejas es porque “debe de gustarles” o “les va la marcha”. Esta forma de pensar, además de significar que no tienen ni idea del calvario por el que las mujeres pasan, es un gran obstáculo para la prevención y denuncia de la violencia doméstica.

Probablemente si el primer día que la conocen, su pareja les diera una paliza, las mujeres ni continuarían la relación ni aguantarían más golpes. Sin embargo llegan a resistir años y años de maltratos.

En muchos casos la violencia no tarda mucho en aparecer, aunque con anterioridad ya se ha producido maltrato psicológico.
Al principio la mujer piensa que va a poder controlar la situación y cambiar a su pareja. Aprende, entonces, a adaptarse a las exigencias del agresor para evitar incitarle y así no ser atacada.

Esto es un proceso patológico denominado “Indefensión aprendida”. Se caracteriza porque la mujer no es capaz de iniciar ninguna actuación que le permita salir de la situación de maltrato en la que se encuentra. En muchos casos se llega, incluso, a producir una identificación con el agresor sintiéndose merecedora de los castigos que recibe.

El proceso y sus distintas fases

Antes del maltrato físico ya se han producido abusos verbales como insultos y humillaciones. Cada pareja tiene su propia periodicidad.

Sin embargo sí es homogéneo a todas las relaciones en las que se ejerce violencia, el proceso cíclico y el incremento de la gravedad de las agresiones, siendo cada vez más cortas las etapas y por lo tanto menor el periodo sin sufrir ataques.

Al mismo tiempo también aumentan las amenazas en frecuencia, en gravedad (de golpearla a matarla) y en víctimas (no sólo dirigida a la mujer sino también a los hijos u otros miembros de su familia).

Veamos las distintas etapas de la violencia doméstica:

Fases de la violencia doméstica

Primera fase

En esta primera fase, el hombre se muestra enfadado e irritado.

Cuando la mujer intenta acercarse a preguntar e intentar analizar qué sucede se encuentra con contestaciones como “no pasa nada”, “son imaginaciones tuyas”, “estás demasiado sensible”…

La mujer no entiende lo que está pasando se siente perpleja y duda, cada vez más, si realmente todo está sucediendo o es ella la que se lo está inventando o malinterpretando.

La confusión se agudiza porque, en público, el hombre es maravilloso con todos menos con ella. Y se comporta mucho peor en privado. Cuando ella resalta estas diferencias él, vuelve a decirle que “para tí todo es un problema”, “no sabes lo que estás diciendo”…

La tensión de él se va incrementando al mismo tiempo que ella aprende a “caminar de puntillas” para no enfadarlo más, ya que se siente responsable y culpable por las reacciones de su compañero. El incremento de la tensión lleva asociado dos tipos de malos tratos; hay insultos, rotura de objetos, le retira la palabra durante cierto tiempo, la avergüenza en público, la amenaza…

Durante esta primera fase, él se va mostrando cada vez con más frialdad y ella, ante la sensación de ir perdiéndolo, va dando más y más de sí, amoldándose a las exigencias de él y disculpando todos sus comportamientos.

Tras acumular tanta tensión, el hombre acaba explotando y arremete físicamente a la mujer, dando comienzo a la segunda fase, la de explosión violenta.

Segunda fase

Tras acumular tanta tensión, el hombre acaba explotando y arremete físicamente a la mujer, dando comienzo a la segunda fase, la de explosión violenta. Para entonces la relación de dependencia de ella hacia él es tan grande que se paraliza, no actúa.

Está viviendo en indefensión aprendida. Tras la agresión se inicia una nueva fase denominada “luna de miel”.

En esta fase, la tensión que produce estar a la espera de si ocurrirá o no una nueva paliza es tan alta que, en algunos casos, la mujer provoca al agresor, para así, reducir el estado de nervios a la que se ve sometida.

Muchas veces se propicia en momentos en los que no están los niños en casa, evitando así, que la explosión de cólera (que la mujer sabe que se producirá, antes o después) salpique también a los más pequeños.

Con este sufrimiento se castiga a sí misma por ser responsable de la elección de su pareja.

Tercera fase

Tras la agresión se inicia una nueva fase denominada “luna de miel”. Se le llama así porque es cuando el hombre despliega todo el encanto del que es capaz prometiendo que no va a volver a pasar, mostrando todo su arrepentimiento (incluso llora) y sus buenos propósitos de enmienda.

Hace creer que ahora el poder está en la mujer y que está a salvo de agresiones. Pero es el periodo donde más probabilidades hay de que ella sea violada en aras de una reconciliación que el marido o compañero impone.

Durante esta fase el hombre consigue que ella se sienta querida y baje la guardia. La convence, incluso, para tener un hijo (si no es engendrado como fruto de la violación) y la mujer acepta porque piensa que con el hijo, la situación cambiará. Pero lo único que consigue es anclarse a la situación dificultando aún más su salida del ciclo.

Con el tiempo comienza de nuevo la irritabilidad del compañero poniendo fin a la etapa anterior.

Cuando la mujer empieza a hacer efectivas las concesiones que él previamente ha conferido (volver a manejar algo de dinero, visitas a la familia…), él siente que está perdiendo el control (cualquier cosa, un gesto, palabra…, puede ser interpretada por el agresor como un intento de menoscabar su autoridad); entonces intenta volver a imponer el estado de obediencia de la primera fase iniciándose nuevamente el ciclo.

La negación

La negación de la violencia

Para la víctima

Para la víctima es la forma de soportar no solamente el dolor físico sino también el sentimiento de no saberse querida, ni respetada, ayudándole a afrontar su dependencia emocional. Para ello se convence de ser la responsable y culpable de todo lo que sucede. Esto le permite pensar que puede hacer algo para evitar las agresiones.

Es la excusa que atenúa la sensación de incertidumbre, de permanecer a la espera de cómo y cuándo ocurrirá el siguiente episodio violento.

En algunos casos el nivel de incertidumbre es tan dañino que la mujer provoca la agresión.

Para el agresor

Para el agresor, la negación es el mecanismo a través del cual puede soportar vivir consigo mismo sabiendo que le inflige tanto dolor a una persona. Para ello utiliza tres dispositivos anexos y complementarios: justificar, minimizar y racionalizar.

Justifica los golpes diciéndose que “es por el bien de la mujer”, “en el fondo yo la quiero pero si le doy alguna bofetada es para que haga las cosas mejor”, “ya se sabe que quien bien te quiere te hará llorar”…

Tras las agresiones físicas el agresor minimiza el daño producido manifestando que “no ha sido para tanto”, “sólo un empujoncito pero le pilló con el pie cambiado y por eso se cayó”… Cuando las consecuencias son innegablemente graves explica que “yo no quería pegarle tan fuerte”, “sólo pretendía agarrarla pero se me fue la mano”…

Si este procedimiento funciona tan adecuadamente con las agresiones físicas ¿qué maravilloso resultado no operará la minimización en el maltrato psicológico cuyos efectos no son tan evidentes? Su forma de convencerse puede ser a través de: “eres muy susceptible”, “todo lo interpretas mal”, “yo no he dicho eso”, “no era mi intención… tú estás muy sensible”, “¿quién te está comiendo la cabeza en contra de mí?”…

En definitiva, el agresor intenta hacer razonable lo inhumano repitiéndose que “en el fondo ella es feliz”, “me acepta como soy porque también hay muchos ratos buenos, la mayoría, que compensan estos otros”, “yo soy un mandado que hace lo que ella ordena”, “trabajo para que viva como una reina en casa y que no tenga que salir a trabajar”…

Factores de riesgo

Algunos de ellos son: las características de quienes componen la familia, el tipo de relación que se establece entre los que la integran, la relación existente con otros contextos o los valores que se defienden en el ámbito social en el que la familia se encuentra.

Características del hombre que maltrata son: inadecuados o inexistentes procedimientos para controlar su ira, bajo nivel de resistencia a la frustración, celos patológicos, autoestima baja. Además defiende estereotipos machistas como que “la mujer debe estar a su servicio”. Justifica la violencia como un método de disciplina eficaz y la asocia, además, a su masculinidad o identidad de género.

Cuando el hombre adopta una actitud de superioridad sobre la mujer la relación difícilmente se asentará en un nivel de igualdad lo que puede propiciar algún tipo de maltrato. Al mismo tiempo si, en la pareja, la mujer asume una relación de dependencia, está ayudando a mantener el maltrato y a hacerlo cada vez más estable y duradero.

¿Qué hacer?

Tras la agresión, la mujer debe acudir a su centro de salud o urgencias de un hospital para que la curen y solicitar un duplicado del informe médico o parte de asistencia donde se puedan comprobar no sólo los daños sufridos, sino también que han sido producidos por agresión física.

Para poder restañar las heridas físicas y psicológicas de la violencia doméstica se hace imprescindible separar a la víctima del agresor. Lo primero que debe hacer la mujer es convencerse de que en ningún momento ella sola va a conseguir cambiar a su compañero y de que, tras la primera paliza, vendrán más y peores.

Después, debe ir a la Policía, al Juzgado de Instrucción de guardia y poner la denuncia correspondiente. Debido a la privacidad del contexto donde se producen las agresiones nadie puede hacerlas públicas, de forma tan exacta, como la víctima. La publicidad llega a través de la denuncia.

En el relato es necesario que se den todos los datos posibles sin omitir detalles y añadir si se han producido otras situaciones previas de carácter similar. Antes de firmar, se debe leer la denuncia y hacer las aclaraciones pertinentes si hay algo que no está claro o que hay que añadir.

Es muy importante presentar la denuncia (y no quitarla), ya que serán las pruebas que determinarán, con posterioridad, si las agresiones van a ser calificadas legalmente como delito o como falta. Esto repercutirá en la condena.

Se debe pedir siempre copia de la denuncia o justificante.

Hay que recordar que las mujeres tienen derecho gratuito a un abogado para su defensa. Para ello puede informarse en la sede del colegio de abogados de su provincia. Cuando la mujer tome la determinación de irse de casa, debe buscar protección. Tiene 30 días, una vez abandonado el hogar, para solicitar las medidas provisionales o una demanda de separación para que no se considere su marcha como abandono del hogar conyugal. Dicha determinación no debe comunicársela a nadie. Su abogado debe ser quien se la de a conocer a su compañero.


Volver a la Portada de Logo Paperblog