Revista Talentos

-21- Serie de relatos "Obras de la pintura". EL TALENTO DE LISSETTE (Parte II y Final)

Por Majelola @majelola

Parte II
    El restaurante era discreto, pequeño y elegante; la comida exquisita y el vino delicioso. No podía decirse menos de la conversación. Ella se sentía en la gloria sumergida en el océano de la mirada de él. Charlando y riendo llegaron al postre.
    —Es usted tan encantadora, Lissette.
    —Gracias. Y usted muy amable, Adrien.
    —Sin duda su dulce carácter fue de gran ayuda para conseguir el empleo que tiene. ¿Lleva mucho tiempo al servicio de mademoiselle Mistinguett?
    —Cinco años. Somos casi como hermanas.
    —Me preguntaba… —carraspeó. Parecía indeciso. Lissette imaginó que quería proponerle una segunda cita.
    —¿Sí?
    —Me preguntaba si usted querría… verá… siento reparo en proponérselo.
    —No soy un ogro, atrévase.
    —¿Un ogro? No por el amor de Dios, ni mucho menos —negó, un tanto reconfortado—. Pues verá, me preguntaba si usted querría presentarme a mademoiselle algún día de estos.    
    Así que era eso —se dijo Lissette—. Cómo había podido ser tan ingenua. Él era como los demás al fin y al cabo. Ella solo le interesaba como trampolín hacia Mistinguett. ¡Qué decepcionantes podían llegar a ser los hombres a veces! Aquel idiota la trataba como si la idiota fuera ella. Pensó en levantarse, volcarle sobre la cabeza lo que le quedaba del postre y marcharse sin más. Pero se contuvo, y sonrió.
    —Si me disculpa un momento, he de ir al baño. Hablaremos de ello después.
    —¡Oh, perdóneme! No he querido ofenderla —dijo él azorado.
    —Tranquilo… no pasa nada. Nada en absoluto.
    Apenas entrar en la toilette soltó un improperio en voz baja dedicado a Adrien. Como no había nadie más en los lavabos pudo desahogarse a gusto lagrimeando un poco. Se recompuso el maquillaje y se tranquilizó. Allí mismo, frente al espejo, comenzó a urdir el desquite. Amigo, has sido la gota que colmó el vaso. Te prometo que a Lissette nunca la vas a olvidar.         Desde lejos miró hacia la mesa, al hombre se le notaba inquieto. Decidida caminó hacia él forzando una sonrisa y reanudó la degustación de los melocotones Melva que había pedido de postre. El helado se había derretido un poco inundando la mermelada púrpura. 
    —No querría que pensase que la invité solo para… usted me gusta de verdad.
    —Descuide, estoy acostumbrada. Al menos usted me ha ofrecido algo a cambio del favor. Ha sido  una velada magnífica. No se preocupe, le presentaré a mi jefa mañana mismo. Llámeme después de desayunar y le daré instrucciones.
    —Se lo agradeceré eternamente, Lissette. Y nosotros podemos ser los mejores amigos.
    —No veo por qué no. Es un gran conversador y hasta el momento, muy cortés. —Dejó la servilleta sobre el mantel y se levantó. —Ahora, si es tan amable, desearía volver a casa, ha sido un largo día, y estoy cansada.
    —Por supuesto —Dijo él haciendo un gesto al maître—. Pago la cuenta y la acompaño.
    El día siguiente, por la mañana, Adrien recibió la llamada de Lissette.
    —Está de suerte. Mademoiselle Mistinguett ha accedido a recibirlo, aunque ha puesto condiciones. Por fortuna tiene ganas diversión, y le propone un juego cuyas reglas ha de comprometerse a seguir rigurosamente. De otra forma no le vería ningún sentido a lo de concederle una cita.
    —Bien... un juego... —respondió intrigado—. ¿Y cuáles son las condiciones?
    —Le recibirá en una habitación del Hotel La Nymphe. Ella llevará puesta una máscara y en ningún momento se dirigirá a usted de palabra. Deberá imitarla en esto y guardar silencio a su vez durante todo el tiempo que dure el encuentro. 
    —Extraño encuentro será sin palabras. 
    —Es caprichosa. Le gustan ese tipo de divertimentos, pero los recompensa de manera espléndida. A cambio de su sumisión ella pasará toda la noche con usted.
    —Entonces no hay más que decir; acepto. Aunque lamentaré no poder expresar mi admiración.
    —Créame que es muy consciente de ella.
    —Bien, no sé cómo agradecérselo. Ha sido muy comprensiva, Lissette. Sepa que estoy a su disposición para lo que guste.
    —Ya tendrá ocasión de corresponderme. ¿Estará esta tarde en la dirección de su tarjeta de visita?
    —Con toda seguridad.
    —Le enviaré un coche a las once. Déjese llevar y no haga preguntas.
    —Perfecto. Le reitero mi absoluta e incondicional gratitud.
    El coche llegó puntual a la hora convenida. Pronto el joven, vestido con elegancia, se halló frente a la habitación 112 del Hotel La Nymphe. Golpeó la puerta con los nudillos y aguardó. Con suavidad ésta se abrió un poco y asomó por el borde una mano blanca y suave con las uñas esmaltadas de rojo. La mano le invitó a pasar. Con el corazón desbocado se introdujo en la estancia, toda ella en penumbra. Una solitaria y débil llama desgastaba la cera de una vela sobre la mesita, en una esquina. La puerta se cerró a su espalda. 
    Al volverse distinguió los sinuosos contornos de un desnudo femenino erigido sobre el par de piernas más formidables que había contemplado jamás. No en vano se decía que estaban aseguradas en 500.000 francos. Por muy enmascarada que estuviera, aquella era la confirmación de que tenía ante sí a la divina Mistinguett en persona, cuyo antifaz veneciano dejaba libres los delicados labios, diestramente perfilados con el mismo tono que las uñas. 
    La mujer se le acercó con movimientos gráciles y lentos, hasta rozarle los labios con su dedo índice. el hombre entreabrió la boca y ella le impuso silencio con un gesto. Luego se apartó unos pasos y extendió los brazos obsequiosa. Adrien creyó estar soñando. Su olfato recogió las notas de algún perfume caro que creyó reconocer, y se dejó hechizar a través de todos sus sentidos. Las manos de seda  comenzaron a desvestirlo sin prisa, acariciando la piel erizada a medida que iba quedando libre. Ya no podía contener su respiración, que agitada anticipaba las mieles que seguirían. Ella se dejó caer suavemente sobre la colcha, desplegando aquellas columnas torneadas por los ángeles que eran sus piernas y acariciándose unos senos tersos de puro marfil, de los que las mismas hespérides se sentirían celosas. Se inclinó sobre ella y le lamió los tobillos, y desde allí su lengua fue subiendo mientras ella se estremecía de forma encantadora. Se sumergieron en un abismo de caricias y placeres que se prolongó incansable durante varias horas. 
    Adrien pensó que jamás había conocido nada igual. Aquella diosa del amor estaba trastocando su vida para siempre. Supo con total certeza que desde aquel momento ya jamás podría olvidarla. Sintió el dardo de la reverencia entrar a fuego en su pecho y estuvo seguro de no poder amar así a ninguna otra mujer. Todavía la noche rezumaba éxtasis. Sin concesiones, o con todas, se entregaron una y otra vez. Adrien temió enloquecer. El deleite alcanzó límites insoportables. Tanto que para no morir hubo de romper su voto de silencio.
    —Amor mío… —dijo enronquecido— Seré su esclavo para siempre.    —¿Y siendo esclavo será feliz?    —Sí, porque hoy siéndolo he conocido el paraíso en la Tierra. Ordéneme cuanto le plazca, porque ya le pertenezco.
    Ella lo miró un instante. Una sonrisa mordaz hizo acto de presencia sus labios. Abandonó el lecho y en silencio comenzó a vestirse.    
    —¿Me abandona? ¿No va a responderme? ¿Podrá marcharse como si nada después de lo que hemos experimentado juntos? ¿Acaso no la he dado placer yo también?

    —Siento mucho haber perturbado así su ánimo. —Dijo ella por toda respuesta. 
    —No diga eso. Estoy convencido de que ya jamás podré amar a otra mujer que no sea usted.
    Ella se enfundó el abrigo y hecho esto, acercó la vela a su rostro. Al punto se quitó la máscara. Él la miró consternado. 
    —¡Lissette! No es posible...
    —Sí… Lissette. La asistente de su venerada musa. Usted me hizo creer algo sobre mí que yo no soy,  y yo le he hecho creer ser algo que usted nunca será: el amante de Mistinguett. Estamos en paz. 
    Adrien se cubrió el rostro con ambas manos y rogó perdón entre sollozos.
    —Me lo he merecido. Pero esta noche todo ha cambiado para mí. Yo la amo a usted, Lissette. La amo desesperadamente. Mistinguett es el pasado, es imposible que con ella pueda repetirse lo que ha sucedido aquí. ¡Maldígame por haber estado tan ciego, pero imploro su perdón! Yo prometo que la amaré hasta mi último suspiro. Créame, porque ya no podré vivir sin usted.
    Lo miró con lástima, y por un momento lamentó lo que pudo ser y nunca sería. Se colocó el sombrero y cogió su bolso.
    —Lo siento mucho, Adrien. Usted me gustaba, y consiguió ilusionarme. Pero me ha decepcionado. Tendrá que vivir del recuerdo, porque de mí no obtendrá nada más.
    Al cruzar el umbral no se volvió. Adrien estaba arrodillado a los pies de la cama, aún desnudo, mirándola como un perrillo al que abandona su amo, con el rostro incrédulo de quien lo ha poseído todo por un momento y en un momento todo lo ha perdido.
    —Adiós  —la escuchó decir sin asomo de rabia—. Quédese a desayunar, está incluido en el precio de la habitación.
     Atrás quedaba un hombre aturdido y gimiente, en cueros para más señas. Un idiota condenado a la insatisfacción permanente. No, ella no era mademoiselle Mistinguett. Nadie la conocía, nadie sabía que ella era una diosa; pero a él, converso reciente de su milagro, lo había dejado transitar su cielo, su talento oculto, el destinado a los elegidos… o a los castigados.
Mariaje López.Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.
Pintura: Lissette en la mesa de maquillaje - de Leo Gestel

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