145. Punto y seguido

Por Negrevernis
145.
Este es el número de alumnos que tengo este curso, todos de Secundaria. Seguramente, tras estos casi veinte años dando clase, he alcanzado ya el número de 2000... Mis alumnos mayores, los primeros, aquellos que eran solamente siete u ocho años menores que yo, empiezan a traer a sus hijos más pequeños a mi instituto (a pesar de todo, o por eso, porque fue el suyo antes).
145. Repartidos en clase de treinta personas o más, haciendo frente numérico a eso que la LOMCE llama "calidad educativa", "atención personalizada" y demás mandangas y que, listas en mano, se queda en papel trasnochado y listo para lanzar a la chimenea...
He visto ya a todos mis alumnos; de la mayoría sé su nombre, algunos datos, ciertas curiosidades de su vida escolar, un par de inquietudes,... A algunos, por afinidad o porque ellos lo han elegido así, los conozco: sé sus miedos, sus deseos, sueños, inquietudes, rabietas, misterios y bastantes alegrías. Muchas horas de patio y pasillos permitieron, en esos casos, crear lazos y ser domesticados, al modo del zorro del Principito...
Tengo 145 nombres en mi agenda de aula, 145 palabras que tienen rostro y corazones que, seguramente, anhelan millones de cosas que están terriblemente alejadas de la realidad de las aulas y de lo que la Ley (des)educativa me obliga a enseñarles. Y sé que tengo, este curso, 145 razones para levantarme, preparar mis cosas del colegio, abrir mi agenda para ver qué toca hoy y escuchar aquel "hola, profe", tras el timbre, que moverá mi motivación diaria y me recordará, 145 veces repetido, que esto es lo mío. 
Feliz curso.