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200 años de Frankenstein: a propósito de “¡Diodati, idiota” de Salazar Ledesma | Iván Rodrigo Mendizábal

Publicado el 22 septiembre 2016 por Iván Rodrigo Mendizábal @ivrodrigom

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en la revista internacional Amazing Stories, el 21 de septiembre de 2016)

Este 2016 se celebra el nacimiento, en el territorio de las letras, del terrorífico Frankenstein. De la pluma de Mary Shelley este ser se ha convertido en un mito de la modernidad y su figura sigue vigente hasta estos días cuando el ser humano sigue en su propósito de clonar, de crear seres diferentes con la manipulación genética.

El tema de este artículo es doble: es una remembranza de Frankenstein, su gestación, y la reciente novela del guayaquileño Rodolfo Salazar Ledesma, ¡Diodati, idiota! (2016).

Recordando a Frankenstein

El libro original de Mary Shelley, “Frankenstein, el moderno Prometeo” (1818).

El libro original de Mary Shelley, “Frankenstein, el moderno Prometeo” (1818).

Respecto a Frankenstein es conocida la historia de cómo unos amigos, liderados por Lord George Gordon Byron, se reunieron en la ya mítica Villa Diodati y se propusieron escribir historias de terror una noche de verano mientras arreciaba la lluvia, caían rayos y el cielo estaba poblado de relámpagos, escenario propicio para recrear algún tema que pueda poner de punta los pelos de cualquiera. Los cuatro amigos, Percy Shelley, Mary Shelley, John William Polidori y el propio Byron, en efecto, emprendieron la tarea de redactar unas historias de terror de la cual, se dice que Frankenstein, el moderno Prometeo de Mary Shelley resultó la más espeluznante, la más novedosa y la que ganó la apuesta, si es que había alguna. Todo ello se confirmaría con la publicación, como novela de dicho texto en 1818 –y la reescritura que hiciera Shelley en la década de 1830–, cuyo éxito ha perdurado a lo largo de generaciones incluso en la actualidad con productos de diverso tipo como películas, videojuegos, comics, juguetes, etc.

Empero Frankenstein no es simplemente una historia de un monstruo terrorífico. Su trascendencia radica en que pone en diálogo las modernas discusiones acerca de crear seres autónomos, usando, para el efecto, los avances de las ciencias y de las tecnologías de su tiempo. Para el momento de la escritura de la novela, las noticias en los ámbitos ilustrados, de descubrimientos científicos causaban asombro porque ellas mostraban el borramiento de los límites establecidos y conocidos. Por ejemplo, la electricidad, dominada ahora por los científicos, podía hacer mover músculos y órganos de animales. El principio de que la vida está determinada por pulsiones eléctricas era, desde ya, un campo nuevo y un camino lleno de retos a los cuales Mary Shelley se adelantó con una novela que fabulaba la posibilidad de la creación de un ser humano, con partes, a quien se le inyectaba electricidad. Con tal acto, la novela estaba representando, si cabe la palabra, un problema inherente a la modernidad: la constitución del ser humano como un dios supremo que crea vida o, si se quiere, el dominio técnico de la naturaleza para extraer de ella su energía y fundar una nueva humanidad.

El problema es que el nuevo ser creado es un monstruo por su aspecto, incomprendido por una sociedad quien le criminaliza y le obliga a ser un autoexpatriado y, como tal, un resto del cual el mundo trata de olvidar. Empero, Frankenstein, como toda creatura, busca a su padre, metáfora del ser humano, desde del contexto de la romanticismo –estética y contexto filosófico desde el cual se escribe Frankenstein, el moderno Prometeo– que, por efecto de haber encontrado el fuego de los dioses, la ciencia y la tecnología, se han apartado de su orden divino al cual, a último momento intentan acudir.

La novela de Shelley, con lo dicho, no es solo una apuesta dentro de la estética romántica del terror, en su vertiente gótica; por el hecho de poner en diálogo y de reflexionar sobre el impacto de la ciencia y la tecnología en la vida humana, es que fundadora de la ciencia ficción. Acerca de esta, Isaac Asimov nos dice que “es la rama de la literatura que trata sobre las respuestas humanas a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología” (p. 18), en su artículo “Viajes extraordinarios”, contenido en Sobre la ciencia ficción (Sudamericana, 1982). Si pensamos que Frankenstein, el moderno Prometeo es precisamente dicha respuesta a los cambios en los comportamientos, en el pensamiento, en la vida social de los europeos del siglo XIX, en efecto, nos encontramos con una obra precursora, reflexiva, que pone en el tapete de la discusión la posibilidad de la creación de seres semejantes y de dotarles de vida experimental.

Actualizando el mito de Frankenstein en una novela ecuatoriana

Portada de la novela “¡Diodati, idiota!” (2016) de Rodolfo Salazar Ledezma.

Portada de la novela “¡Diodati, idiota!” (2016) de Rodolfo Salazar Ledezma.

Pues bien, de Frankenstein, el moderno Prometeo se ha escrito mucho y las adaptaciones cinematográficas en el siglo XX y XXI le han hecho correr diversos caminos al monstruo de Shelley. No quiero decir que la obra de Rodolfo Salazar Ledezma, ¡Diodati, idiota! –y acá entro a comentar su trabajo–, siga alguno de los senderos.

¡Diodati, idiota!, en principio, pareciera enmarcarse en los homenajes que se hicieran a nivel mundial en honor a Frankenstein y su nacimiento. No sé si la casualidad o el que esta novela ecuatoriana apareciera en el 2016 le hacen merecedora de tal mérito, pero hay que decir que por ciertas referencias, pareciera que la intención de su autor era aportar el concierto de voces respecto al monstruo mítico.

¡Diodati, idiota!, de hecho parte por mencionar a la Villa Diodati, objeto de admiración y deseo de conocer de uno de los personajes de la novela de Salazar Ledezma, doña Mary Bonaventura Sousa. Ella tiene un hijo inquieto, Franki, un afroamericano a quien vemos crecer en el ámbito de los medios de comunicación, particularmente el cine, pues es un creativo y un inquieto fabulador.  Con estas dos señas, Mary y Franki, Salazar Ledezma nos pone ante dos seres del siglo XIX que parecen haber revivido en el siglo XXI: la madre y el hijo, la una deseosa de ir a Villa Diodati, el otro, tratar de vivir el mundo como algo nuevo. La premisa me parece sugestiva si no fuera por lo enredada que se pone la novela y hace que perdamos interés de tal premisa inicial y nos enfrasquemos en una especie de aventura por el mundo de los negocios del entretenimiento.

No obstante ello, se puede recuperar unas ciertas líneas narrativas de la novela. Así, una línea narrativa, la de Mary, es explicativa. El autor usa su voz para explicar la génesis de ese encuentro en Villa Diodati en 1816 y los resultados creativos. La idea es tratar de concienciar a Franki de la proeza poética de los románticos y en especial de Shelley, la esposa de Byron. Franki, sin embargo, mira el futuro, conflictuado, claro está por el entorno al que pertenece y del cual no puede escindirse: el Brasil de las favelas y luego el Guayaquil posmoderno.

Una segunda línea narrativa, la de Franki, muestra su interés por el cine y las artes audiovisuales, pero sobre todo por la obra del sudafricano Neil Blomkamp, por los films Distrito 9, Elysium y Chappie. En realidad él tratará de contactarlo y hacer con él un videojuego, proyecto que empezará a realizarse con la ayuda de Mary. Las referencias a los mundos y robots de Blomkamp tienen que ver con dos aspectos que podrían llevar a preguntar: ¿qué pasaría si Frankenstein naciera en el presente siglo? A lo cual se podría aventurar una respuesta del tipo: “pues nacería en mundo del presente-futuro, donde el ser humano trata de desentenderse de sus creaciones, de sus androides, de sus monstruos, relegándolos a espacios controlados de miseria, a los cuales, además se les trataría de extraer su parte vital, la vida misma, para seguir experimentando”.

¡Diodati, idiota!, tiene un problema. Su trama, aparentemente compleja, es confusa y muestra a un autor cuyo dominio de la técnica novelesca es algo que debe trabajar. La novela tiene ciertas lagunas, de problemas de redacción, de incoherencias narrativas, sin descontar deficiencias gramaticales que saltan a la vista y molestan a la hora de la lectura. Se nota claramente que Salazar Ledezma entra en un territorio inexplorado para él, haciendo que ¡Diodati, idiota! sea una novela a la que falta pulir enormemente. Pero hay algo de peculiar en esta novela que la hace todavía rescatable: aunque el autor no se define por la novela experimental o la novela de narración lineal, la primera estrategia pareciera estar en la intención de Rodolfo Salazar Ledezma.

El escritor de “¡Diodati, idiota!”, Rodolfo Salazar Ledezma (Foto: tomado del diario El Universo, Guayaquil-Ecuador).

El escritor de “¡Diodati, idiota!”, Rodolfo Salazar Ledezma (Foto: tomado del diario El Universo, Guayaquil-Ecuador).

Es que ¡Diodati, idiota! muestra en sus pasajes citas –Walter Benjamin…–, referencias a otros autores –Pablo Neruda, José Joaquín Olmedo…–, explicaciones que merecen que el lector vaya a otros campos del saber literario y cinematográfico –la futura producción de Alien 5…–. Incluso Salazar Ledezma ensaya poesía dentro de su novela, por lo que hallamos texto poético en honor a Distrito 9 y Elysium, ambas películas de Blomkamp. ¿Quiere decir, con ello que el moderno creador de monstruos que buscan a su padre espiritual, está mostrado en dichos films y la obra del sudrafricano? Por lo mismo, ¡Diodati, idiota!, se muestra sugerente en medio de su trama enredada y tejida de manera accidental.

Conclusión

A diferencia de la obra de Shelley, la de Salazar Ledezma, no necesariamente se enmarca en la ciencia ficción y no cumple con la definición que nos planteara Asimov. Más bien es un tipo literatura realista que usa el tema de la ciencia ficción sin desarrollarla. Y quizá esto se deba a que Salazar Ledezma probablemente está pensando que la ciencia ficción ya se vive en la actualidad. En este contexto, hay un pasaje en la novela que puede sintetizar ese espíritu aún disperso que encontramos en la obra de Salazar Ledezma. En dicho pasaje, leemos sobre Mary, solitaria, quien sigue buscando en internet más información sobre Villa Diodati, y recuerda a su hijo Franki. En tanto este, en ese momento, está trabajando en otro proyecto en alguna parte del planeta. A Mary se le viene a la memoria el androide con inteligencia artificial de Chappie y asume que tanto este como su hijo Franki tienen las mismas características especiales y exclusivas, las mismas que en la antigüedad hicieron de la “persona” de Frankenstein. El problema que tal discurso, tan rico y sugerente en la novela no se cierra como debe ser, sobre todo al final que es abierto.

Digamos que una cosa es pensar la aventura creadora de Mary Shelley en el siglo XIX y otra rescatar tal aventura en el siglo XXI cuando el cine, las tecnologías, la vida –como si fuera ciencia ficción– prevalecen y ayudar a extremar el proceso creativo. Independientemente de los problemas estéticos de la novela de Salazar Ledezma, hay que reconocer en dicho autor su intención manifiesta de homenajear a Mary Shelley y su hijo producto de la manipulación tecnocientífica, Frankenstein.


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