Escritorios vacíos, teclados mudos y monitores apagados. Libretas cerradas y bolígrafos olvidados en un cajón. Ideas en pósits que no llegarán a más.
La vieja máquina de escribir se para en agosto y dejan de contarse historias por la red. No hay paciencia ni dedicación: tan sólo falta de energía y estímulo. En este mes extraño pocos se asoman a la ventana a medianoche, cuando la distorsión de las guitarras eléctricas hiere la oscuridad desde tejados lejanos. Sólo unos pocos transitamos por esas zonas prohibidas para adentrarnos en la tiniebla, cuando el plenilunio auspicia esos matices secretos, húmedos e inconfesables.
Muchos no tienen nada que decir en agosto. Demasiada carga mental, o ausencia de todo, los empuja a desprenderse de sus grilletes y a escapar. Por lejos que sea, nunca consiguen traspasar los barrotes de oro: así de grande es nuestra prisión.
Quizá es que todavía no están lo bastante locos. No sienten la pulsión interior que te ahoga con la pasión de la música. No oyen la voz cavernosa de la fuerza oscura, que a través del perro del vecino repite como un mantra: «escribe, escribe, escribe...». Todavía no han alcanzado el nivel adecuado de enfermedad y obsesión.
Cuando volváis serán vuestras musas las que os den la espalda.