Por Pepo Pérez
UNA ISLA EN EL INTERIOR DE NUEVA YORK
El verano de 2013 realizaba una estancia de investigación en la ciudad de Nueva York. Allí, un viernes por la tarde de septiembre, visité por primera vez la comunidad judía ultraortodoxa del sur de Williamsburg, Brooklyn. No fui expresamente a eso sino a pasear por las calles cercanas, el barrio más hipster por entonces de NYC, donde ya por entonces la “barba cuidada” con camisa de leñador estaba pasada de moda, mientras en España era el último grito. Así funcionamos en las provincias lejanas del imperio. Aburrido ya de mirar en las tiendas, vi a un hombre ataviado de oscuro, con barba algo menos hipster y los típicos tirabuzones, caminar hacia el barrio judío, de modo que decidí dar un paseo por sus calles antes de coger el metro de vuelta a Manhattan. A cierta hora, al caer el sol, empezó a sonar una sirena. Me quedé perplejo y alarmado, porque vi que los ortodoxos se apresuraron para refugiarse en casa. Por si acaso, decidí pirarme de vuelta a la mía. Fuera del barrio, todo volvía a ser normal. Aparte de esto, otras cosas llamaron mi atención durante mi paseo. Una, las pelucas negras de las mujeres, que ya había visto antes en el metro; pelucas muy a menudo raídas, tiesas por el uso, que ocultan su verdadero pelo. Otra, la paradoja de que una comunidad religiosa tan cerrada subsista en las calles del país de las libertades, precisamente por eso: mientras no te metas con el prójimo, vive como quieras. Cuando investigas un poco cómo han montado su sistema de escuelas privadas religiosas para superar los controles educativos estatales, o descubres que son expertos en conseguir viviendas subvencionadas y ayudas públicas —es un barrio, en términos generales, pobre, por el nivel de renta per cápita en familias francamente numerosas, pero muy “disciplinado” a la hora de votar—, entiendes mejor cómo han podido mantener una comunidad tan hermética en Estados Unidos.
One of Us (2017, dir. Heidi Ewing y Rachel Grady) es un buen documental sobre la vida de varios judíos hasídicos de Brooklyn que decidieron abandonar su comunidad religiosa. Una mujer, que se marchó tras pedir el divorcio porque estaba harta del maltrato de su marido ultraortodoxo, relata a la cámara que durante las discusiones en casa el marido no dejaba de repetir: “La ley no entrará aquí”. Se refería por supuesto a la ley estadounidense. “¿Cómo es posible que, en pleno Nueva York, pueda existir una comunidad al margen de las leyes generales?”, se pregunta la mujer. Otro joven judío explica que, años antes de marcharse de la comunidad, su principal contacto con el mundo secular —así se le llama expresamente por los rabinos, cuyas reglas prohíben acceder a él vía internet, cines, librerías seculares, etc.—eran las películas. En ellas aprendía cómo es el mundo de fuera. Las tenía que ver también fuera, a menudo en su portátil, en parques alejados de su barrio. El joven sigue explicando: “Por supuesto, el mundo real no es como el que yo veía en las películas. En el mundo real, fuera de la comunidad judía, solo puedo ganarme la vida trabajando en un McDonald’s o convirtiéndome en criminal. No tengo formación específica, la comunidad ya se ha encargado de eso. Por eso muchos terminan regresando”.
Cuando, días más tarde de mi paseo por Williamsburg, pregunté a una amiga newyorker por lo que no había comprendido del barrio ultraortodoxo, me explicó mientras me invitaba, en un Deli judío de Manhattan precisamente, a una matzah ball soup, deliciosa sopa kosher [Recuerdos que hoy parecen de otra vida, otra era. Pasear tranquilamente por las calles de un barrio, judío o gentil; tomar una sopa en un restaurante: lujos “asiáticos” ahora]. Mi amiga me aclaró que los judíos no ortodoxos de Nueva York, no digamos ya los laicos, muy influyentes en el sector cultural y editorial de la ciudad, se avergüenzan a menudo de las costumbres arcaicas de los ultraortodoxos. También me explicó que las mujeres deben raparse el pelo para casarse, y la razón de las sirenas. Alertan de que empieza el Sabbat, día sagrado para los judíos, que comienza al atardecer del viernes y que tienen que pasar entero en casa.
shira haas unorthodox
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De Unorthodox lo que más me ha gustado son algunas escenas de la vida de Esty en Berlín, precisamente la parte del relato que se han inventado las creadoras de la serie. Al mismo tiempo, en esa parte también se deslizan mecanismos de identificación demasiado obvios y ciertos clichés de “autosuperación”; llega un momento en que la protagonista parece que va a salir corriendo haciendo aspavientos como Jennifer Beals en Flashdance (1983, dir. Adrian Lyne). Pero la demora, la delicadeza, el detalle con que se narra la vida precaria de la jovencísima Esty (19 años) al llegar a la capital alemana están llenas de dignidad y poesía. Cómo se cuela a dormir en un conservatorio porque no tiene dónde quedarse y traba amistad después con un grupo de jóvenes músicos, una nueva comunidad, diversa y multicultural. O su baño en el lago mientras se quita la peluca, una suerte de bautizo secular. Más tarde descubrirá, divertida, que en Berlín su pelo corto resulta fashion. “No he salido nunca de Nueva York”, repite la protagonista al grupo de jóvenes músicos. Se refiere por supuesto a esa “isla” dentro de la capital del mundo occidental, su barrio judío de Williamsburg, Brooklyn, NYC.