Cuando era niño, gracias a la barroca literatura de Lovecraft, me interesé por una macabra técnica llamada bibliopegia antropodérmica. Menuda decepción me llevé, años más tarde, al enterarme de que el Necronomicón no es uno de los libros encuadernados en piel humana que aún se conservan; no era más que pura ficción.
Sin embargo, creo que debería existir un libro que infundiera miedo al leerlo. O que, tras su lectura, provocara la muerte o una locura irreversible. Ulises, de Joyce, es un claro ejemplo. No está escrito ni encuadernado con sangre y piel humanas, pero cualquiera que logre leerlo acabará en los cipreses o como yo. Os lo aseguro.
En aquel entonces, durante varios días, soñaba con cadáveres humanos cuyos abdómenes y espaldas eran desollados de forma artesanal por manos expertas y aplicadas. También, en especial, con un libro de título impronunciable y contenido prohibido, encuadernado con el escroto del autor, debido a su elasticidad. Mi mente infantil estaba completamente sugestionada.
Según las leyendas de mis ensoñaciones, ese singular ejemplar era fácilmente identificable, pues de él crecía un vello púbico rizado e insolente. Tan pronto era subastado, robado, ocultado en una biblioteca, como extraviado en la profundidad del océano o desaparecido en remotos confines terrenales. El mágico libro escrotal viajaba de mano en mano a través de los siglos, merced a los impredecibles caprichos del destino.
Al final de aquellas extrañas elucubraciones, no sé cómo, siempre encontraba el libro mucho antes que los gobiernos y organizaciones secretas que lo codiciaban. Cuando lo tenía ante mí, me enfundaba unos guantes de látex color carne sin perderlo de vista, y acercaba las manos con lentitud. Y justo cuando estaba a punto de sentir su contacto epidérmico y velloso, me despertaba de súbito con una de mis manos agarrada a mi escroto y exclamando:
«¡Es mío, es mío!».