La radio es un gran invento. La pongo siempre que almuerzo, como y ceno. Normalmente escucho Catalunya Ràdio y RAC1, aunque otras veces sintonizo la Cadena SER y RNE.
Pensaréis que exagero, pero escuchar según qué emisoras mientras se come entraña un serio peligro: la comida te puede sentar mal o puedes atragantarte con ella por un acceso de risa.
Esto último me sucedió ayer cuando, en un arrebato de pluralidad informativa, sintonicé la COPE. En ese momento, mientras yo me nutría, un locutor narraba, con rigurosa profesionalidad, la actualidad de lo que acontecía en Ceuta.
Su relato, delirante y apocalíptico —deudor de exitosas producciones cinematográficas como Guerra Mundial Z y Mad Max—, era capaz de sobrecoger al corazón más apático.
El avezado cronista radiofónico y sus colaboradores, afines a la causa, estuvieron a punto de convencerme de que el Gobierno actual debería ser condenado por crímenes de lesa humanidad.
Menos mal que me dio la risa.