7 razones para no creer en la virgen de Guadalupe

Por Daniel_galarza

<<Más de cuatro siglos claman a nuestra Madre con una inmensa sinfonía. Porque la Virgen de Guadalupe es algo que está identificado con la sustancia de la patria. Ella presidió el nacimiento de nuestra nacionalidad. Quiso visitarnos -como a su prima Isabel en su gravidez- cuando estas tierras estaban "grávidas de Cristo", y aceleró el nacimiento de El y su reinado entre nosotros de manera tan insólita desproporcionada a los medios humanos, que todos los historiadores se sorprenden... En los cimientos del Tepeyac, están los cimientos de la patria.>> Alfonso Junco.

Entre los fenómenos religiosos más fascinantes y deprimentes que he podido encontrar, el guadalupanismo se lleva el primer lugar, en mi humilde opinión. Es un enorme culto dentro de un culto más grande, a saber, el catolicismo. En sus inicios, la adoración a la Virgen de Guadalupe causaba escepticismo y molestia a los obispos, pues tenían las legítimas sospechas de que, los indígenas recién colonizados estuvieran venerando la imagen de "la Guadalupana" como una diosa; como la diosa Tonantzin, la cual los historiadores reconocen como la figura mitológica que sirvió de base para crear este nuevo icono hacia el final de la conquista.

Aquellas sospechas de los clérigos de finales del siglo XVI se hicieron realidad. El guadalupanismo podría convertirse (en el futuro) en un culto propio, independiente de la doctrina oficial católica, dada su popularidad y el culto a la imagen que se le rinde. Algunos incluso observan cómo el guadalupanismo rebasa las fronteras del catolicismo, tal como explica una reciente nota en UNAM Global (enlace del original):

Los ateos no podemos hacer demasiado, más allá de observar y comentar para aquellos que están dispuestos a escuchar, aunque sean pocos. Mientras los científicos sociales estudian las fascinantes conexiones históricas (y psicológicas) de la identidad guadalupana con otros fenómenos como el nacionalismo, aquí haremos un pequeño ejercicio de reflexión sobre por qué, si te consideras alguien racional, sería risible que creyeras en la Virgen de Guadalupe, en el milagro del ayate, en la existencia de Juan Diego o en la benevolencia del culto mariano. Aprovechando que hace poco andaba leyendo un viejo artículo corto sobre el también falso Sudario de Turín, escrito por Luis Alfonso Gámez, decidí hacer un top igual de breve y claro.

Espero lo disfruten.

7. La virgen solo se aparece cuando es conveniente. Para comenzar, lo mejor siempre es partir desde un punto general, y qué mejor que comenzar cuestionando esa dudosa tradición del aparicionismo. En el clásico del escepticismo científico, El mundo y sus demonios (1996) Carl Sagan, hace un intento por comprender los encuentros con seres, aparentemente, de otro mundo (lo que va desde apariciones fantasmales, a las apariciones marianas medievales y modernas, para después hacer una comparativa con las actuales historias de abducciones extraterrestres). Sagan divide las apariciones marianas entre aquellas presentadas a personajes famosos, como Juana de Arco y Girolamo Savonarola, y aquellas vistas por pastores, campesinos y niños, justo donde no podríamos ubicar a la virgen de Guadalupe. De este último tipo de apariciones, Sagan nota que "en un mundo azotado por la incertidumbre y el horror, esas personas anhelaban el contacto con lo divino." Tal como veremos más adelante, esta descripción no se ajusta a la historia de Juan Diego, pero sí a los indígenas y mestizos que iniciarían el culto guadalupano, un siglo después de la supuesta aparición al supuesto chichimeca santo.

Hacia 1400, el teólogo francés Jean Gerson escribiría Sobre la distinción entre visiones verdaderas y falsas, un tratado, siempre según Sagan, donde se trataría de establecerse los criterios para reconocer la credibilidad del testigo de una aparición que, como bien observa el difunto astrónomo, no eran muy rigurosas. Uno de los criterios era la disponibilidad a aceptar consejo de la jerarquía política y religiosa. De modo que, si la supuesta aparición tenía un mensaje molesto para los que estaban en el poder era ipso facto un testimonio poco fiable. Las "pruebas" que se ofrecían iban desde una vela ordinaria, un trozo de seda o una piedra magnética, huellas, una recolección muy rápida de cardos por parte del testigo, un pedazo de ladrillo de color, o incluso contorsiones variadas (una mano en extraño gesto o las piernas dobladas hacia atrás, o una imposibilidad de abrir la boca que dejaba mudo temporalmente al testimonio) que se "curaban" una vez se aceptaba el milagro. Sagan también observa que las peticiones de María solían ser de lo más triviales para una divinidad, como el pedir que se pagara el diezmo, los impuestos de la iglesia, que se guardara la santificación del domingo, que se dejara de blasfemar... y claro, que se exhortara a las almas del pueblo y de los sacerdotes para la creación de nuevas parroquias. ¿No les parece que esto es extrañamente familiar?

Así, podríamos cuestionarnos junto a Sagan lo siguiente:


6. Piense en el tortuoso proceso de evangelización en Mesoamérica. Pensemos por un momento más el punto anterior. Las apariciones cristianas llegan justo a tiempo, después de una conquista cristiana. Dios es tan poco creativo (y tan poco amable) como para aparecer o permitir que su madre aparezca antes que corran ríos de sangre en su nombre. Parece increíblemente casual que en toda la historia de Mesoamérica, jamás se supiera del "verdadero Dios". ¿Tienen idea de lo fácil que hubiera sido para un Dios, como el descrito por la fe católica, aparecerse hacia el año 1,000? Pudo haber informado que al otro lado del mundo (sí, el mundo es una esfera, creo que ahí sería bueno iniciar) había nacido el redentor prometido, de acuerdo a escritos de una tribu oriental, que tal creencia estaba siendo dominante en el continente europeo y que pronto se entraría en contacto con ellos que, se supone, serían los pueblos elegidos por Dios. Así, cuando Colón llegara a finales del periodo medieval, se hubieran establecido enormes coincidencias entre ambas civilizaciones. Sí, seguramente, por el racismo imperante de Europa, los conquistadores habrían alegado herejía porque por siglos, estos pueblos católico-mesoamericanos, no habrían estado al servicio del Vaticano y del papa. La conquista se habría dado con igual exterminio y con la misma brutalidad. Así, dejando de lado las fantasías sobre mundos posibles y dioses verdaderamente benevolentes, nos tenemos que quedar con la idea de lo tortuoso que fue la conquista y la colonia, donde se adoctrinó a los indígenas como un modo de piedad (y si rechazabas la fe, rechazabas la piedad y el derecho a vivir) y de nuevo nos quedamos pensando: ¿acaso Dios no tendría alguna mejor manera de difundir su palabra que no sea a través de la sangre y el dogma?


5. El ayate de la Guadalupe no es un ayate. Dejando de lado las reflexiones generales, prestemos atención a algo sumamente curioso en la historia de la aparición guadalupana. Como con el Sudario de Turín, aparecen anomalías anatómicas, empezando con el hecho que la imagen de la virgen mide 1.70 mts de largo por 1 mt de ancho. Los ayates tradicionales, hechos de fibras maguey, palma o agave, no suelen pasar de los 80 cm de largo, incluyendo la parte del manto que va en la espalda. La razón era muy simple, y es que los indígenas en promedio son bajos de estatura. Pensar que un indígena, como el supuesto Juan Diego, llevaba un ayate que por delante medía 1.70 mts, no tendría ningún sentido por la poca practicidad de la herramienta. ¡Juan Diego iría por los campos con un doble nudo de tremendo trapo para evitar caerse! En cambio, un lienzo de ese tamaño encaja perfectamente con el tipo que se necesita para hacer una obra de arte, o sea, una pintura. Algo poco mencionado por los apologistas guadalupanos es el estudio, llevado a cabo en secreto, por José Sol Rosales, experto en restauración de arte que, hacia 1982, describía que la tela "parecía ser una mezcla de lino y cáñamo o fibra de cactus" que había sido imprimada con sulfato de calcio. La pintura utilizada para producir la imagen consistió en la combinación más bien terrenal de pigmento, agua y un medio aglutinante.

Claro está que hoy, los apologistas guadalupanos tienen menos cinismo que hace dos o tres siglos, pues sin molestias aceptan que el supuesto ayate de la Guadalupana, no es un ayate. Ahora nada más les falta aceptar que la imagen es una pintura, y no un milagro.


4. No hay misterios en la imagen, solo vendedores de misterios. Como es común con las reliquias católicas, se han llegado atribuir varios supuestos misterios a la imagen: se ha escrito acerca de cómo las estrellas del manto de la virgen encajan con ciertas constelaciones, sobre cómo las estrellas también encajan con los principales cerros y montañas del centro de México, y por supuesto, no falta el clásico tema de los ojos de la virgen. Mientras algunos aseguran la existencia de un rostro en los ojos de "la Morenita", otros ven una multitud completa observando directamente a la virgen. Hacia 1985, el analista forense John F. Fisher y el investigador paranormal Joe Nickell, publicaron "The Image of Guadalupe: A folkloristic and iconographic investigation", un artículo para la revista Skeptical Inquirer, donde examinaron cada uno de estos reclamos sobrenaturales piadosos.

Nickell resumió estos reclamos en una actualización de su investigación en 2002 como "algunas de las pseudociencias que la imagen ha atraído". Para Nickell la evidencia es clara:

"En realidad, las fotografías infrarrojas muestran que las manos han sido modificadas, y la fotografía de primer plano muestra que el pigmento se ha aplicado a las áreas iluminadas de la cara con la suficiente intensidad como para oscurecer la textura de la tela. También hay grietas y escamas evidentes de pintura a lo largo de una costura vertical, y las fotos infrarrojas revelan en el pliegue de la túnica lo que parecen ser líneas de boceto, lo que sugiere que un artista robó la figura antes de pintarla. El retratista Glenn Taylor ha señalado que la parte del cabello de la Virgen está descentrada; que sus ojos, incluidos los iris, tienen contornos, como a menudo lo hacen en pinturas, pero no en la naturaleza, y que estos contornos parecen haberse hecho con un pincel; y esa mucha otra evidencia sugiere que la imagen probablemente fue copiada por un artista inexperto de un original hecho por expertos."

La pareidolia, la imaginación y la sugestión parecen ser explicaciones más sencillas a los supuestos milagros de la imagen, comenzando por ser más terrenales.

3. Fray Juan de Zumárraga nunca vio la supuesta aparición y el relato de la Guadalupana data de 100 años después del supuesto milagro. De acuerdo al relato, entre el 9 al 12 de diciembre de 1531 el indio chichimeca Juan Diego sería el testigo de la aparición de la virgen María, quien le pedía la trivialidad de hablar con el obispo, fray Juan de Zumárraga, para que le construyera un templo en el lugar de su aparición, a los pies del Cerro del Tepeyac. Zumárraga, de acuerdo a la leyenda, se mostraría bastante escéptico en un inicio, por lo que Juan Diego tendría otros encuentros con "la morenita del Tepeyac" en los que la santa madre ofrecería una prueba de su mensaje: ordenó a Juan Diego llevarle a Zumárraga las flores que encontrara en la cima del cerro donde, a pesar del invierno y la imposibilidad geográfica, se topó con rosas de Castilla (una flor nativa de Europa central y meridional, así como de Asia Occidental). No suficiente con la imposibilidad botánica, la imagen de la virgen, notablemente con elementos indígenas, aparecería impresa en el ayate en donde Juan Diego cargaba las rosas. Cuando fray Juan de Zumárraga vio la imagen, quedó convencido de la verdad de la aparición. Es un relato que cautiva a los niños en primaria, pero los historiadores saben que tiene poco de verdad.

El relato de Juan Diego y las apariciones de la virgen en el Tepeyac se encuentran en el Nican Mopohua, un libro escrito en náhuatl parte de un libro aún mayor, publicado en 1649. Un año antes, otro libro escrito por el teólogo criollo Miguel Sánchez, Imagen de la Virgen María, ya menciona el relato. La mayoría de los historiadores, incluyendo especialistas en el tema (como el recientemente fallecido Miguel León-Portilla), reconocen el Nican Mopohua como una joya de la literatura náhuatl, y como un relato cuyas fuentes originales datan de 1556. Todas estas referencias bibliográficas aportan datos de vital importancia para reconocer el mito guadalupano como eso mismo, un mito. En primer lugar, las principales obras donde se narra la historia de las apariciones se publicaron más de un siglo después de los supuestos acontecimientos; aunque se supone que Nican Mopohua se inspiró en un documento más cercano a las fechas del supuesto acontecimiento, es de notar que esas fuentes, de 1556, son también posteriores al principal testimonio que certifica la autenticidad del milagro: fray Juan de Zumárraga, quien murió en 1548... sin escribir una sola palabra sobre la virgen de Guadalupe, las apariciones en el cerro del Tepeyac ni la creación de un temple a los pies del cerro.

Juan de Zumárraga, teólogo, estudioso de los indígenas e inquisidor acusado de cometer varios abusos contra los indígenas (incluyendo la muerte en la hoguera de Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli), escribió varios tratados sobre teología general y adoctrinamiento para indígenas. Su última obra, Regla Cristiana (1547), es de especial importancia y deleite para los anti-aparicionistas, pues cuenta como una de las pruebas más contundentes contra el relato de Imagen de la Virgen María y el Nican Mopohua, y por tanto, contra toda la historia de la aparición guadalupana. En esta obra, Zumárraga reflexiona sobre por qué ya no ocurren apariciones divinas en sus tiempos, ofreciendo la siguiente respuesta:

"Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por tantos millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo."

Llegados a este punto, ¿en serio hay alguien más que quiera defender la historicidad de la aparición racionalmente?

2. Juan Diego nunca existió. Si fray Juan de Zumárraga nunca habló de la virgen de Guadalupe, ni de sus apariciones, es muy obvio que tampoco mencionó en su vida al indio Juan Diego. De hecho, Juan Diego no existe en registro histórico alguno, antes de 1648, más de un siglo después (nunca está de más volver a insistir) de las supuestas apariciones de las que fue testigo. El documento fuente del Nican Mopohua de 1556 tampoco hace mención alguna del indio afortunado que se topaba con la madre de Dios. Fue Miguel Sánchez quien menciona por primera vez a este personaje en su Imagen de la Virgen María.

Esto no es algo desconocido para los historiadores, incluyendo aquellos que se encuentran dentro de la Iglesia católica, como el sacerdote Stafford Poole, para quien todo es demasiado obvio: "De los más de cuarenta documentos que se dice que apoyan la existencia de Juan Diego, ninguno soporta una crítica histórica seria. [...] Durante cien años desde 1648, la guadalupana fue una devoción exclusivamente criolla. Después, se empezó a predicar entre los indios y, tras la revolución de 1810, se convirtió en símbolo nacional". Para el también sacerdote y autor de La búsqueda de Juan Diego (2002), Manuel Olimón, la cuestión es sencilla: la historia de Juan Diego es "un cuento, como el de Cenicienta". Olimón es uno de los perpetradores de un gran escándalo, al dar a conocer en su libro cartas inéditas que él, junto al ex-abad de la Basílica de Guadalupe Guillermo Schulenburg y otros sacerdotes eruditos mexicanos enviaron al Vaticano para advertir al papa, en tiempos de la canonización de Juan Diego, que este personaje es "un símbolo, no una realidad", y que la Guadalupana presenta "todas las características de una pintura hecha por mano humana, con el deterioro propio de la antigüedad."

La oposición de los historiadores, dentro y fuera de la Iglesia, no impidió que Juan Pablo II, famoso por volver santo a medio mundo sin importarle la veracidad histórica de los relatos, canonizara al indio que jamás existió, y que quienes se oponían sufrieran de las consecuencias: críticas ácidas y contra las personas, las cuales llevaron a Schulenburg a presentar su renuncia tan solo un mes después del escándalo. El acto de canonización de Juan Diego se celebró casi en todo México como si este país le debiera algo al papa o al mito. Por desgracia, históricamente hablando, este país sí fue construido en parte, por mitos. Esto da para pensar si no son esos cimientos tan frágiles parte fundamental para entender el atraso y deterioro cultural y educativo de la nación.

1. Fue identificada como una obra de arte desde hace siglos. Como si aún hiciera falta alguna razón de sobra, algo que los aparicionistas odian que se mencione es que desde tiempos muy próximos a los inicios del guadalupanismo ya se tenía identificado al autor de la pintura de Guadalupe: Marcos Cipac de Aquino. Ya en 1556, fray Francisco Bustamente expresaba su preocupación de este modo, identificando al autor de la obra:

"La devoción que esta ciudad ha tomado en una ermita e casa de Nuestra Señora, que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio de los naturales porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos."

En realidad, la historia resulta un poco más compleja, pues la mención de Bustamente resulta en extremo vaga, al no mencionar apellido. El indio Marcos nunca es mencionado en otro escrito de la época, y los apellidos Cipac y Aquino, pertenecen probablemente a dos personas distintas al primero. Por un lado, Bernal Díaz del Castillo menciona a un "Marcos de Aquino", mientras que el cronista Juan Bautista habla de un "Marcos Cipac", pero ninguno hace referencia al "indio Marcos" ni a la autoría de la virgen de Guadalupe. Es muy posible que el "indio Marcos" sea una persona distinta, cuyo nombre real se perdió en la historia debido a su poca relevancia en aquel entonces (pinturas religiosas durante el primer siglo de conquista y evangelización se contaron por centenares, y un pintor náhuatl no haría mucha diferencia).

La preocupación de Bustamente era simple: la virgen de Guadalupe era escencialmente el sustituto de culto de la diosa virgen Tonantzin, a quien se le veneraba justo al pie del Cerro del Tepeyac, donde después se construiría el centro para venerar a la Guadalupe. El culto guadalupano había nacido poco antes de 1556, y gozaba de gran popularidad en la zona, gracias al impulso de fray Alonso de Montúfar, sucesor de Zumárraga. La preocupación de que se estuviera dando culto a un ídolo pagano disfrazado de figura cristiana fue ignorado y olvidado por la historia, así como el autor de la pintura original a la que se le rindió culto. No había una aparición, no había un ayate, ni un Juan Diego ni un obispo que certificara milagro alguno. Había un culto, una necesidad de adoctrinamiento, y un tortuoso camino de colonización.

A eso se reducía la virgen de Guadalupe. Ni Montúfar ni Bustamante, ni ningún otro teólogo de la época se imaginarían que, cinco siglos después, aquella imagen sería la segunda más importante de origen divino para la Iglesia católica (la primera es el Sudario de Turín). Cinco siglos después seguiría siendo un negocio redituable y una base perfecta para el adoctrinamiento contra el crecimiento del protestantismo en Latinoamérica, y su lugar de veneración en uno donde los peregrinos pueden pagar diezmo hasta con tarjeta de crédito. Cinco siglos después, una pintura se volvería parte de la identidad de millones de personas que poco les importa saber de historia, arte o fraudes piadosos. Todo lo que saben es que la Guadalupana es parte de sus vidas, de su herencia, y que aquellos ateos amargados solo pueden observar cómo crece el culto dentro del culto.

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* Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el "Nican mopohua", por Miguel León-Portilla, FCE, México, 2000.