Revista Cultura y Ocio

A Armando López Salinas y a Carlos Álvarez, por encima del tiempo

Publicado el 16 junio 2011 por Almargen
El pasado 10 de junio se celebró, en el Ateneo de Madrid, un homenaje a dos escritores emblemáticos de la literatura comprometida. Al narrrador Armando López Salinas y al poeta Carlos Álvarez. No pude estar presente, pero envié un texto en el que contaba mi relación con ellos desde los tiempos de la pretransición en España.  Invito al lector a leerlo en las líneas que aparecen más abajo. Sólo he corregido aquellas frases que aludían al acto "en vivo".
Con Armando y con Carlos, gran parte de los escritores y ciudadanos que fuimos adolescentes y alcanzamos la primera juventud bajo la dictadura, que maduramos en la transición política, tenemos (tengo) una enorme deuda. En primer lugar, la deuda de haber aprendido de ellos lo que significa el compromiso, la dedicación de parte de la vida a la construcción de un mundo mejor, más justo, más democrático, más equilibrado. En segundo lugar, la deuda literaria: yo, como muchos otros jóvenes de mi generación, encontré en sus libros algo que no nos enseñaban ni en el colegio ni en el instituto: que la literatura podía hablar de nuestra realidad más próxima, podía enseñarnos acerca de las grandes incertidumbres de la condición humana, mostrarnos la cara más dura de la desigualdad, de la explotación. Podía ofrecernos realidad a manos llena pero también ternura, solidaridad, cercanía, piedad, ira, ternura y protesta.
Mi memoria de Armando López Salinas
A Armando López Salinas y a Carlos Álvarez, por encima del tiempoDescubrí esa cara de la narrativa cuando leí Caminando por las Hurdes, de Armando y de ese otro gran narrador de los años cincuenta, hoy felizmente recobrado, Antonio Ferres, hace ya tantos años que he olvidado el momento. Bueno, sólo tengo claro que lo leí en una España todavía dominada por el franquismo y en la que la lucha democrática se desenvolvía en la clandestinidad. Después leí La mina, ese homenaje enorme a quienes, siendo protagonistas anónimos de la Historia, casi nunca lo han sido de la literatura. Pero Armando para mí es mucho más (aunque quizá él no sea consciente). Es mi infancia en el barrio de la Alegría, al lado del barrio de la Concepción, donde él ya entonces (hablo de finales de los años cincuenta) era un mito como escritor y como militante comunista en la clandestinidad. Después, en los años setenta, compartí con él muchas reuniones. Yo era el joven militante con vocación literaria que sabía que Armando López Salinas formaba parte de la Comisión de cultura del PCE y de su Comité Central, que era parte de la historia viva de la literatura española y que no por ello había renunciado a una vida política activa. Pero aquellas reuniones no eran sólo las de la Comisión de cultura. Eran, también, las de la llamada federación este del partido. Eran las de las asociaciones de vecinos de los barrios de Quintana, Concepción, Ciudad Lineal, San Blas, Moratalaz. Las de los hombres y mujeres más concienciados de unos barrios que comenzaban a construir la democracia. En ese tiempo supe que Armando había publicado otra novela, una novela que hablaba de los barrios, de la periferia de aquella capital que todavía no había dejado de ser un poblachón manchego, del mundo de la industria y de la menesterosidad, también de la resistencia de un Madrid hoy desconocido. La novela llevaba por título Año tras año, fue publicada por Ruedo Ibérico en Francia y hace algunos años fue rescatada por una pequeña editorial española. Os la recomiendo vivamente.
Armando: nunca olvidaré lo que aprendí de ti como militante, como hombre comprometido. Nunca olvidaré tu ejemplo de escritor atento a la realidad de los humildes y buscador de mundos mejores y no sabemos si imposibles. La última vez que nos vimos fue en una manifestación contra la guerra. Hablamos de política y de literatura. Me contaste que habías recuperado la escritura de una novela que llevaba años interrumpida. No sé si la has acabado. Si fuera así nos darías una gran noticia. Vaya para ti, con mi admiración y con mi profunda pena por no acompañarte hoy, mi abrazo de compañero, de camarada, de colega, de amigo con mayúsculas.
El poeta Carlos Álvarez
A Armando López Salinas y a Carlos Álvarez, por encima del tiempo¿Qué decir de Carlos Álvarez? Que fue para mí una novedad maravillosa saber que más allá de la poesía comprometida de Blas de Otero y de Gabriel Celaya, vinculada con la militancia política de izquierdas, estaba su poesía: la poesía de un joven e irreductible escritor comprometido Más que leerlo, lo escuché en la voz de algunos cantautores en aquellos primeros años setenta de vida militante, de activismo sin horas en los barrios situados, según nos dejó señalado Francisco Candel en una de sus novelas, “Donde la ciudad pierde su nombre”. Recitales en salas de viejas parroquias, en naves industriales, o al aire libre, en edificios púbicos del barrio de la UVA de Hortaleza. Lo escuché en la voz de Luis Pastor y en la voz de Gabriel González en poemas que hablaban de explotación, de afán liberador, de las servidumbres del trabajador en una sociedad dictatorial y profundamente injusta. Supe que su poema en el que evoca el juego del billar, en el que “la bola roja está roja / de los golpes que le dan” era una metáfora de su propia condición de preso político en una celda de castigo del franquismo (creo que en la cárcel de Carabanchel): “No puede haber otro juego / tan cruel como el billar: / tres hombres en una celda / condenados a chocar”, había escrito Carlos y lo cantaba Luis Pastor.
Era entonces el poeta de Escrito en las paredes, de Estos que ahora son poemas… serán mañana piezas de un sumario. Busqué sus libros y allá por el verano de 1976, en una pequeña librería de Cádiz, encontré una pequeña joya poética, de poesía comprometida, sí, pero de poesía con mayúsculas. Me refiero a Aullido de lincántropo, en la edición de Ocnos, aquella colección que dirigía Carlos Barral y que marcó una época decisiva en nuestra poesía. En Aullido... había una poesía exigente, atenta a la realidad, comprometida. Y en Aullido... estaban buena parte de los poemas que había escuchado en la voz de Luis Pastor y de Gabriel González. Después, vinieron más libros y vino… la amistad. No recuerdo dónde nos conocimos, seguramente en alguna reunión del PCE, o en un acto literario a medio camino entre la cultura y la política. El caso es que nos hicimos amigos, es que discrepamos mucho y muy abiertamente, que polemizamos y que nos reímos hasta decir basta cuando coincidimos en algún evento, sobre todo en el jurado anual del premio Andrés García Madrid que promueve el Ateneo Primero de Mayo, lugar donde cada año renovamos la amistad.
Carlos: siempre serás para mí el símbolo de la poesía que no se pliega ante las circunstancias. De la poesía resistente y a la vez iluminadora y combativa. De la poesía en definitiva. Te dejo aquí, al igual que a Armando, mi abrazo de compañero, de camarada, de colega, de amigo. Hasta siempre y espero que no tardando mucho podamos compartir mesa en un acto de presentación de la nueva edición de Aullido de licántropo.
Fin
Mi abrazo para los dos. Para Armando, el narrador imprescindible. Para Carlos, el poeta que nunca se doblegó. En los tiempos en que vivimos, en los que, en Europa, en España y en el mundo la derecha y las clases dominantes desarrollan, en todos los planos, también en el cultural, su ofensiva, ejemplos como los vuestros deben enseñar a las nuevas generaciones que la literatura y la política no pueden vivir en ciudades distintas. Que deben compartir la misma ciudad: la de la literatura comprometida con su tiempo y con la gente.
Os dejo con una lectura de poemas de Carlos en el Ateneo de Madrid en febrero de 2007.

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