A correr y conducir

Por Eazkoitia
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El sábado 31 de enero estaba marcado en lila y verde en el calendario de Marina. Hace ya unos meses que tiene una nueva afición: correr por la montaña, como las cabras, y este sábado se celebraba una carrera de 10 km en la estación de esquí de fondo de Cardrona, a medio camino entre Queenstown y Wanaka.
En principio yo iba a ir a darle apoyo moral pero me lo repensé y me animé a participar. El tiempo no acompañó demasiado, no llovió pero hizo bastante viento y tuvimos algo de niebla. Debimos participar un total de unas cincuenta o sesenta valientes que nos presentamos en la Cardrona Snow Farm a las diez de la mañana listos para corretear alegremente por las subidas y bajadas de la estación. Probablemente más subidas que bajadas.
La carrera fue bastante decente, empezó con un tramo bastante largo de bajada para luego hacer los últimos 7 u 8 km en subida a través de paisajes lunares, típicos de la región de Otago. A Marina se le notaron las horas de entrenamiento, a mí la falta de ellas. Parece ser que durante la carrera Marina iba hablando conmigo pero yo iba tan concentrado en inspirar por la nariz y expirar por la boca que no me enteré. No puedo hacer dos cosas a la vez.
Conseguimos acabar la carrera en unos 50 minutos siendo Marina la tercera de las chicas y yo el sexto de los chicos. No está nada mal. En un mes participaremos en otra carrera de 10 km, esta vez en el Moke Lake. A ver si bajamos de 50 minutos.
El poder de convicción de Marina hizo que a la carrera nos acompañasen Joan, Pol y Judit acreditados para la ocasión como su club de fans. Les habíamos prometido que después de la carrera iríamos todos a bañarnos a las “blue pools” en Wanaka.
Y allí fuimos. La verdad es que las “blue pools” o piscinas azules están bastante lejos de Wanaka ciudad, pero ciertamente cerca del extremo norte del Lago Wanaka, así que nos tocó conducir un buen rato. Una vez llegamos al parking de acceso nos dimos cuenta de que estábamos en la West Coast, tierra inhóspita donde habitan las sandflies más fieras de Nueva Zelanda. Madre mía, dónde nos estábamos metiendo.
Nos pusimos el bañador como buenamente pudimos y nos fuimos hacia el río seguidos por un enjambre de sedientas moscas chupasangres. El día seguía nublado y hacía algo de frío, pero ya que estábamos allí nos íbamos a bañar. Joan, curtido en las frías aguas de León, fue el primer valiente en meterse en el río. Le seguimos Marina y yo. Pol y Judit, con algo más de “seny” se quedaron en la orilla luchando contra las sandflies como auténticos valientes.

El agua estaba tan fría que dolía. Era horrible. Pero no habíamos conducido hasta allí sólo para torturarnos de esta manera. Cruzando las “blue pools” en su tramo más profundo, a una altura de unos 8 o 9 metros, hay un puente del que es relativamente fácil saltar la valla.
Una vez Joan y yo tuvimos el cuerpo acostumbrado a la temperatura del agua nos fuimos al puente y saltamos como auténticos amateurs un par de veces cada uno. Para que os hagáis una idea de la ferocidad de las sandflies, estoy seguro que en los escasos segundos de la caída me picó más de una. Canallas.
Ya de vuelta a casa volvimos a parar en nuestra frutería favorita de Cromwell, donde Marina compró melocotones para hacer una tarta, además de paraguayos, un melón y algo más que se me debe estar olvidando. Enrique & Marina

English versionRUNNING AND DRIVING
I had Saturday the 31st of January marked in green and purple in my calendar. A few months ago I started with a (another) new hobby: running in the mountains (trail running), like goats do. And that Sunday there was a 10 km run in the Nordic ski station in Cardrona, between Queenstown and Wanaka.
Enrique was going to come with me for moral support but he decided to run too. The weather wasn’t that flash, it wasn’t raining but was pretty windy, foggy and colder than ever before this summer. We were only about fifty or sixty brave runners taking part in the race. At 10 am we were all ready to start running up and down the ski slopes of the Cardrona Snow Farm. Probably more up than down.
The track wasn’t too bad, it started with a long steep descending part to then gently climb the last 7 or 8 last kilometers trough the classic lunar landscape of Otago. Enrique says he could tell I’d been training. While I was talking to him during the run he didn’t answer to any of my comments. Apparently, he was too focused on breathing using his nose and releasing the air with this mouth that couldn’t hear me. Men: they can’t do two things at the same time.
Anyway, we managed to finish in about 50 minutes. I was the third of the girls and Enrique the sixth of the boys. It’s pretty good, I’d say. After a month we’ll take part on another one in Moke Lake and let’s see if we can do less than 50 minutes.
My persuasive skills made Joan, Pol and Judith (Elia was at work) join the expedition as our unconditional fun club. We promised that after the race we’d go to the “Blue Pools”.
And there we went. Actually, these pools are far from the city of Wanaka, but near the Northen part of the lake Wanaka. So there was a fair bit of driving involved to get there. Once in the car park, we realized that we were in the West Coast, inhospitable land densely populated with our old dear friends the West Coast sandflies, the fiercest type of New Zealand by the way.
We pathetically put our swimming togs behind the car and started walking towards the rivers followed by a bunch of bloodsucker flies. The weather was still not too good: cloudy and a chilly, but after driving so many k’s we had to swim for a bit at least. Joan, partially raised in the cold waters of León (central Spain) was the pioneer testing the water first. Enrique and I followed him. Pol and Judith, more sensible than the others, stayed dry on shore fighting the bloody insects like real heroes.

The river was so cold that hurt. It was certainly horrible. But we drove hundreds of k’s only to do that, so no matter if it was a torture, we’ll stick with the plan. There’s a track crossing the blue pools thus a bridge hanging 8 or 9 m over the water and it’s easy to jump the fence and into the water.
Enrique and Joan, once their body temperature got used to the cold, decided to walk to the bridge and jump a couple of times like real amateurs in the bridge-jumping discipline. By the way, for you to figure out the ferocity of the sandflies, Enrique reckons he even got bitten during his free falling into the river. Damn sandflies.
And coming back home, we stopped again in my recently discovered favorite shop in Cromwell, where we bought lots of peaches (seconds, to make a “tarte tatin” and other yummy things), flat peaches, tomatoes and a very expensive melon (twice the price than in New World, we found out latter). Enrique & Marina