Revista Insólito

A los elefantes no les asustan los ratones ni huyen ante los cerdos

Publicado el 03 septiembre 2021 por Tdi @RLIBlog

elefantes asustan ratones huyen ante cerdos

Los elefantes siempre se han presentado como animales de contrastes, ya sea como bestias inteligentes o como gigantes amables pero temerosos de amenazas aparentemente ridículas. Una de ellas son los pequeños ratones, a quienes se los ha señalado como los protagonistas de los temores de los paquidermos, o los cerdos, usados contra ellos en batalla. La realidad es que son creencias falsas. Ahora bien, ¿por qué se les relaciona de esta manera? Para ello nos tememos que remontar a la antigüedad.

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Se sabe que los europeos conocían la existencia de elefantes desde, al menos, Homero, quien usaba el término Elephas (Ελέφας), que en su obra se refiere al marfil. Herodoto reconoce la existencia de un gran animal en África. Platón además detalla que en la Atlántida vivían en gran número, donde mostraban su apetito voraz. El encuentro de Alejandro Magno con elefantes de guerra en la batalla de Gaugamela contra Darío III y en la batalla del Hidaspes contra Poros despertó el interés en estos animales.

Aunque, según Claudio Eliano, Ctesias de Cnido fue el primero en describirlos, la fuente más antigua que se conserva es Aristóteles, que posiblemente se basara en la información del autor anterior, de Mnesiteo, Eudoxo de Cnido o Calístenes. Lo que se duda es que Alejandro enviara un elefante donado por un sátrapa a su maestro.

Según Aristóteles, el elefante era la bestia salvaje más mansa, con capacidad de comprensión, poseyendo atributos humanos como la inteligencia, la sensibilidad, cierta continencia, piedad, docilidad, rectitud y la capacidad de sentir culpa o deprimirse si se equivoca. Se creía que estas cualidades eran producto de una simple imitación, como la de los monos, pero sin mofa. Consideraba que era piadoso porque veneraba a los dioses y al Sol; destacaba su ritmo para bailar, saltar o hacer trucos al ritmo de la flauta o tocar los platillos; su fidelidad se demostraba en su obediencia a su amo, cuyas órdenes recordaba gracias a su extraordinaria memoria; su amor por los humanos se desmostraba cuando correspondía la bondad, acompañando el cadáver de su mahout en la batalla, o protegiendo a los más débiles, espantando las moscas de los bebés dormidos o meciendo sus cunas.

Según Plutarco, las relaciones de la manada siguiendo a los ancianos, sacrificándose por ayudar a los que se quedan atrás o acompañando a los enfermos, eran ejemplares. Además indicaba que en Siria, un elefante llevó a la justicia a un ladrón que robaba a su amo o que estos podían extraer flechas y lanzas de sus compañeros sin causarles daño.

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Todas estas cualidades lo convertían en el siervo perfecto del hombre, por lo que tanto cazarlos como domarlos servía para posicionar al hombre como rey de la creación. Además, eran una arma de guerra devastadora que infligía temor con su presencia. Sin embargo, la bestia también era vulnerable a las flechas y a los ataques en grupo. Es más, era un arma de doble filo porque también sentía miedo, huyendo atemorizado contra sus propios aliados.

Sus orejas se consideraban sensibles tanto a los ataques como a los sonidos de moscas, mosquitos y cerdos. Supuestamente, los sonidos agudos y penetrantes le provocaban un pánico instantáneo. Estas debilidades habrían sido usadas por Julio César en la batalla de Tapso. En la batalla de Zama, los elefantes de Aníbal Barca también huyeron ante el ataque de las tropas de Publio Cornelio Escipión, "El Africano". En la caza de elefantes, Claudio Eliano describía que el sonido de las trompetas, el repique de los escudos y las antorchas acercadas a la cara los hacía huir, cayendo en fosos cavados para este propósito. A pesar de todo, las derrotas sufridas debieron excepcionales y contadas para reducir el temor a estas bestias, pues su uso bélico se mantuvo durante siglos.

Aunque los elefantes en cautividad podrían ser más sensibles, si podían soportar los relinchos de caballo, los gritos y el ruido general de una batalla, no tiene mucho sentido que sonidos puntuales siempre los descontrolen. Es más, no solo bailaban con la flauta y los platillos, sino que los elefantes de guerra llevaban campanas de bronce en sus cuellos.

En De la ira, Séneca indicaba que los elefantes temían a los cerdos. Esta afirmación pudo partir de una obra partida de Aristófanes de Bizancio. Plinio no solo señalaba en Historia natural que les aterrorizaba el mínimo gruñido de un cerdo, sino que añadía que temía a los ratones por encima de todos los animales. Esta sería la primera fuente conservada en relacionar a ambos animales de esta manera, igual que ocurría con las avestruces y su impulso de ocultar la cabeza en el suelo al asustarse.

Cerdos

Plutarco explicaba que el rechazo hacia los cerdos partía del odio, comparando su relación con la de los leones que huían del canto de los gallos. Claudio Eliano afirmaba que los romanos habían alejado a los elefantes de Pirro de Epiro gracias a los gruñidos de los cerdos en la batalla de Ásculo (279 a.C.) o en la batalla de Benevento (275 a.C.). En De natura animalium, añade que en Mégara fueron asediados por Antípatro, por lo que cubrieron a los cerdos en brea y le prendieron fuego. Aunque fueron criados con cerdos para tener menos miedo a sus gruñidos, no pudieron mantener la calma. Polieno corrige a Eliano señalando que quien asediaba no era Antípatro, sino Antígono II Gonatas, quien además habría sido el encargado de criar a los elefantes. Por otra parte, Procopio contaba que, en el ataque de Edesa por el rey persa Osroes I (544 a.C.), uno de sus elefantes atravesó los muros de la ciudad, pero se le hizo huir con un cerdo colgado desde una torre fortificada. Según Suda, esta ciudad era Atenas.

Moscas

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Luciano, en una muestra de que hay cosas que nunca cambian, se quejaba de las moscas, que molestaban incluso a los elefantes introduciéndose en sus pliegues y chupándoles la sangre. Esto partía de la creencia de que tanto los tábanos, mosquitos y moscas tenían una probóscide para penetrar la piel y beber la sangre del animal. Además, este vínculo entre elefantes y moscas va en paralelo con el de las vacas y los tábanos, como el que atacó a Io convertida en vaca. De hecho, los romanos capturaron cuatro elefantes de Pirro y los llamaron "vacas lucanias" ( Luca bos). Este no es un hecho aislado, pues la palabra elefante proviene del fenicio aleph ("el buey"), que también era el nombre de su primera letra y de donde parte nuestra A.

En una fábula de Aquiles Tacio, el león recupera el valor perdido ante el gallo cuando ve a un elefante moviendo sus orejas atemorizado ante un mosquito. En la fábula siguiente, el mosquito presume de molestar a un león pero, cuando está cansado, cae presa de una araña. La fábula describe su probóscide como una trompeta y como una flecha, siendo estas debilidades establecidas del elefante.

Ratón

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Según Plinio el viejo, nada asustaba más a un elefante que un ratón. Supuestamente, sentía tanta repulsión que bastaba con que este tocase el forraje para el paquidermo para que no quisiera comerlo. En este caso, la relación sería más de asco que de pavor. Sin embargo, el temor real, y a veces mortal, provenía exclusivamente de las fábulas. Realmente, no sería hasta el siglo IV d.C., al declarar Basilio de Cesarea admirar más al ratón que al elefante por infundirle terror a pesar de su tamaño, cuando se establece esta situación como cierta.

Esta convicción podía deberse a la combinación de las creencias del cerdo y la mosca. Aunque parezca descabellado, es algo que ocurrió en sentido opuesto. En el griego moderno, hay un proverbio que dice que las moscas (Latín: Musca; Antiguo griego: μυῖα, muia) comen hierro ("La mosca come hierro y el mosquito acero"), algo que en antiguo griego y latín hacía el ratón (Latín: Mus; Antiguo griego: μῦς, mûs) como símbolo de su valor y fuerza.

El elefante presenta enemistades menos conocidas. Una es la que, en la India, las serpientes o gusanos gigantes en los ríos atacarían la trompa del elefante. El enfrentamiento podría haberse creado por su similitud. Otra enemistad es la del elefante y el rinoceronte, que se puso a prueba en Lisboa. Por último, evitaría al carnero, que sería capaz de detener a un elefante enfurecido.

    Zafiropoulos, C. A. (2009). What did elephants fear in Antiquity?. Les Études Classiques, 77(3-4).

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