Abderramán era nieto del emir de Córdoba. Hijo de musulmán y cautiva cristiana, su padre murió veinte días después del nacimiento de Abderramán, por una paliza que le propinó uno de sus hermanastros. Desde entonces pasó a vivir en el harén de su abuelo, en compañía de su madre,el resto de concubinas, hermanastros de su padre, sirvientes, esclavas, amas de cría, eunucos... Al frente del harén se encontraba una de sus tías, concretamente la hermana del que mató a golpes a su padre. Así que es de suponer que la vida de Abderramán en el harén no sería el culmen de la felicidad. Cuando falleció su abuelo, fue Abderramán quien ocupó su lugar en lugar de sus tíos (hijos de su abuelo). Algunas crónicas aseguran que existió una asamblea para proceder a su nombramiento , pero la mayoría opta por creer las tan recurrentes intrigas palaciegas. Sometió a los rebeldes de sus fronteras internas y mantuvo a raya a los reinos cristianos del norte y la expansión fatimí de la frontera sur.
Su sucesor fue su primogénito Al-Akem, que accedió al califato a los 45 años,habiéndose visto privado de mantener trato con mujer alguna (según dicen), durante la vida de su padre, para evitar que formase su propio harén y conspirase contra Abderramán. El nombramiento de Al-Akem , como heredero, provocó también rencillas. Llegando a conspirar abiertamente contra su padre y su hermano, otro de los hijos de Abderramán, llamado Abd-Allah. Este infante es calificado como un hombre de saber, cabal, consciente, y fue condenado a muerte además de por la evidente conspiración porque desaprobaba la mala conducta de su padre, su actuación despótica. Y es que Abderramán III, es calificado por unos como un consumado gobernante, sagaz, inteligente,generoso... y por otros como un déspota, cruel, maltratador , sanguinario, aficionado al alcohol, que no había sentido nada cuando mandó ajusticiar a su propio hijo. Ya dice el refrán que, cuando uno pone el culo al sereno, unos dicen que es blanco y otros que es negro. Abderramán III, ha llegado hasta nosotros con sus luces y sombras, y por supuesto, con su tristeza. Continúo preguntándome, qué llevo a este hombre a llevar una especie de calendario para contabilizar sus días buenos y malos, cómo midió su felicidad, qué entendía por tal.