A estas alturas, con los 53 años esperándome a la vuelta de la esquina, me doy cuenta de que habré pasado una buena parte de mi vida abrazado a causas que parecían tener una mucho mayor nobleza de la que merecían, motivo por el que acabaron defraudándome cada vez que pude constatar el gradiente existente entre lo que ellas me prometían o yo las fantaseaba y lo que finalmente resultaron ser.
"El socialismo fracasa cuando se acaba el dinero... de los demás"(Margaret Thatcher)Con el socialismo incrustado hasta en las trancas de mi vida, me abracé con fuerza al sueño Europeo: me ilusionaba la idea de ser ciudadano del viejo continente, la cuna de nuestra civilización, y llegué a soñar con una Europa de los Pueblos, de la que brotarían toneladas de fraternidad, a borbotones que acabarían desplazando a la fría Europa de los Mercados...
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Hoy y tras muchos años siendo europeo, desde el 1 de enero de 1986, con las noticias que me llegan cada día experimento la repulsión de saberme parte de un grupo de países, evolucionando a muy diferentes velocidades, más pendiente de los dictámenes de los mercados que del bienestar social, un continente en el que a diario se suicidan numerosas personas, ahogadas por tenazas que recortan sus derechos y bienestar.
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Desde que alcancé a tener uso de razón me abracé a la nobleza de la vocación de ser médico, por cuanto pensaba que pocas cosas serían más edificantes que la posibilidad de ganarte la vida ayudando a contener el sufrimiento de los demás. Me sedujo el romanticismo con el que se ha descrito siempre la labor del médico, sin imaginar que distaba de una realidad mucho menos emocionante: la de hipotecar la práctica totalidad de tu juventud en el empeño de obtener un título, la de seguir peleando después, durante muchos años, para salir de la precariedad de unos contratos que, cuando los hay, te sientan en un despacho durante horas de enfrentamiento a pacientes que van desfilando cada cinco minutos, en un acto en el que las más de las veces no te requieren otra cosa que unos vales descuento o demás tipos de papeles, sin que apenas te quede tiempo para apartar la atención de un monitor, y poder mirarles a los ojos...Siempre, desde que con motivo de los días de Unicef de mi infancia empuñaba una hucha con forma de chino o de negrito para, correteando por las calles del pueblo, pedir unas monedas para su causa, soñé con un mundo global en el que la justicia social campase a sus anchas y sin detenerse en fronteras. La globalización llegó y supuso la huida de nuestras empresas hacia países en los que la mano de obra viviría en un régimen de semiesclavitud, deslocalizando nuestra riqueza y minando nuestro bienestar social.
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En fin, me he pasado más de media vida abrazando sueños, sin reparar en el hecho de que todo aquello que yo miraba con los ojos del corazón, era dimensionado por el sistema desde el pragmático prisma, meramente economicista, de las billeteras. La voracidad del Capital lo acaba engullendo todo...