La ciudad costera georgiana de Batumi, confiará en los arquitectos daneses para la suplantación de su veterano acuario. Para ello, el estudio nórdico ha concebido una agrupación de cantos rodados o guijarros, que acogerán los diferentes espacios expositivos.
Teniendo en cuenta lo cerrado y tranquilo que resulta el mar Negro en comparación a los océanos o el más amplio Mediterráneo, no es de extrañar que la playa junto a la que se asentará el edificio esté compuesta por estas pequeña piedras y no de arena. A medio camino entre el post modernismo visualista del que hacen gala los edificios de Las Vegas y las estrategias usadas por Moneo en el Kursaal de San Sebastián, la propuesta de Henning Larsen busca con descaro la inmediata asimilación del edificio con el elemento que representa.
Una apuesta escultórica, visualista y megalítica (nunca mejor dicho lo de megalítica), que solo ciertos presupuestos admiten y que muy pocos arquitectos llegamos a tan siquiera soñar por su dificultad económica.
Lógicamente, cada espacio dispondrá de las especies características de su hábitat, con especial relevancia para el Mediterráneo y el Índico, que disfrutarán de los mayores estanques, al tiempo que estos podrán atravesarse bajo túneles.
Es esta "litos" superior, la que cuadra el conjunto, la que más aporta al carácter escultórico y la hace más asimilable con la arquitectura prehistórica megalítica, pero al tiempo, la menos cómoda, por lo antes expuesto y por la escalera de caracol por la que se accede.