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Adiós mariquita linda, por Pedro Lemebel

Publicado el 01 agosto 2021 por David Pérez Vega @DavidPerezVeg
Adiós mariquita linda, por Pedro LemebelAdiós mariquita linda, de Pedro Lemebel

Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2004; ésta es de 2006.

Ya comenté que había releído Tengo miedo torero –reeditado recientemente por la nueva editorial Las afueras, la única novela que escribió Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952 – 2015), después de unos quince años, y me que había vuelto a gustar mucho. A continuación me apeteció seguir con él y tomé de mis estanterías de libros por leer Adiós mariquita linda, que compré en el verano de 2020 en una librería de segunda mano de Palma de Mallorca.

Adiós mariquita linda es un libro en el que se reúnen treinta crónicas, publicadas en su mayor parte en la revista chilena Clinic. Son textos muy apegados a la primera persona y a la subjetividad personal, y la diferencia entre el concepto de «crónica» y «autoficción» me parece, por tanto, muy difuso.

Las crónicas están agrupadas en diferentes secciones. La primera se titula Pájaros que besan, y contiene cinco narraciones sobre jóvenes que Lemebel conoce en la calle y que acaban siendo sus amantes ocasionales. Lo primero que me llama la atención es que, aunque estaba escrita en tercera persona, la novela Tengo miedo torero, situaba el punto de vista en el de la Loca del Frente, un gay de edad que se enamora de un joven. En la relación que establecen en esta novela, el joven es una persona culta y la Loca no lo es. En estas crónicas existe un paralelismo con la novela, puesto que «la loca» mayor se enamora de jóvenes que, en más de un caso, son heterosexuales; pero también hay una clara diferencia: en el caso de las crónicas la persona culta es «la loca» y los jóvenes suelen ser chicos de baja cultura, escapados a la capital desde pueblos pobres del sur. Este sería el caso, por ejemplo, de «el Wilson», objeto de deseo en la primera crónica, la titulada precisamente El Wilson. «Algo se podrá hacer, cualquier cosa, cualquier trabajo, todo sea por unas monedas, porque no tengo dónde quedarme, y ahora estoy parado en el Hogar de Cristo.», le dice el Wilson a Lemebel en su primer encuentro, tras reconocerlo por la calle y preguntarle si él era el escritor que salió por la tele. En estos textos, Lemebel es ya un escritor reconocido y que disfruta de cierto prestigio social, aunque él parece desear un éxito más sexual que económico y social y que, en gran medida, ese éxito sexual pertenece ya más a su pasado que a su presente. Es habitual que los chicos a los que conoce en la calle le acaben preguntando si los va a sacar en alguna de sus crónicas, y esta parece ser una de sus aspiraciones.

«Escribe para dar a conocer, sin remilgos ni temores; inventa, fantasea, exagera: entonces la crónica se aproxima y se funde con la ficción.», dice la contraportada. Pero antes de leerla, estaba ya pensando que estas crónicas no eran del todo realistas, o que no tenían por qué serlo. Por ejemplo, en Se llamaba José, Lemebel denomina al chico que conoce con el calificativo de «felino triste», un poco más adelante sabremos que en su pueblo le apodaban «el Puma» y más tarde, tras visitar el zoológico, Lemebel le contará al lector que su puma se ha escapado y vaga por las calles de Santiago. El juego de paralelismos entre «el Puma» humano y el del zoológico me parecía demasiado perfecto como para ser real, así que busqué en internet la noticia sobre un ese puma escapado del zoológico, sin encontrarla, como esperaba. Aquí ya me quedó claro que lo que leía podía ser real o ficción y que Lemebel no daba demasiada importancia a esta división, que lo que le interesaba era la coherencia interna de su texto narrativo.

Me ha hecho gracia que en Ojos color amaranto, Lemebel conversa con un joven en la fiesta del Partido Comunista, quien le espeta que hay un error en la escena final de Tengo miedo torero, puesto que desde Laguna Verde no se ve Valparaíso, como afirmaba él en el libro que ocurría, ante el disgusto del autor, quien, a pesar de esto, quiere quedar con el chico para ir a Laguna Verde, comprobarlo y repetir el final de la novela.

La segunda parte se llama Matancero errar, y las crónicas tratan sobre eventos literarios a los que Lemebel es invitado. Lo que se narra aquí casi siempre tiene que ver con la incapacidad del narrador para cumplir con las obligaciones a las que se ha comprometido como autor, o bien porque le tira más la juerga y el deseo sexual o por desavenencias políticas con las personas que le invitan. En este sentido es divertido el texto Welcome, San Felipe, donde Lemebel y su amiga África Sound viajan hasta un pueblo donde van a homenajear a Lemebel, pero éste se preocupa cuando descubre que el alcalde es de derechas y, aunque se había prometido no hacerlo, acabará montando un número en un restaurante en el que coinciden. Imagino que esto será una exageración o una fantasía, pero, en cualquier caso, resulta una narración estimulante y atractiva.

En Volando en el ala derecha se narra un encuentro entre personas destacadas del régimen de Pinochet y Lemebel en un aeropuerto. «Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato, pude decir con la voz estrangulada por el miedo. (…) Nunca después de la dictadura me sentí tan desprotegido como en esa ocasión. Nunca más volví a sentir el terror amargo que se experimentaba cuando ellos tenían el poder, cuando a uno le podía pasar lo peor y nadie sabía, o a nadie le importaba.» (pág. 57). De fondo, siempre existe en estas crónicas una crítica, directa o indirecta, a la pasada dictadura pinochetista.

En Todo azul tiene un color, el tono de las crónicas se vuelve más serio para relatar un viaje, como escritor invitado, a Cuba. Especialmente conmovedoras son las páginas que dedica a un joven que conoce, que es un pintor escapado de un sidario.

El tono más serio continúa en A flor de boca, donde se recorren distintos paisajes de Latinoamérica, como el Perú precolombino, y Lemebel se reivindica como descendiente de nativos americanos.

Chalaco Amor (Sinopsis de novela) es el texto más extenso del conjunto, y en él Lemebel evoca ‒ante un nuevo chico que ha conocido en la calle‒ un viaje del pasado por Perú, a la gente que conoció en él y las aventuras que vivió entonces. En Bésame otra vez, forastero, que sería la siguiente parte del libro, Lemebel muestra fotos tomadas en los viajes de las crónicas anteriores, y dibujos que pintaba entonces.

Luego sigue la parte de las Cartas, donde Lemebel conversa con diferentes personas, algunas ya muertas.

La última parte, Adiós mariquita linda, reúne diversas crónicas que tienen un poco de todos los elementos anteriores. Destacaría el texto Un poquito de pintura para Bosé, donde se habla sobre un desencuentro con el cantante español, que acaba siendo divertido, y El asalto a los chinos gay, donde Lemebel relata el atraco que él y unas amigas sufrieron en un restaurante.

Lemebel en más de una ocasión busca epatar al lector, y elige la descripción de momentos feístas en sus crónicas. De este modo, empieza una tomando el teléfono «sentado en el trono», y contesta «con el mojón colgando». En otras ocasiones, se quiere epatar más desde un punto de vista sexual, como la ocasión de madrugada en la que borracho, Lemebel acaba masturbando a un perro. Como ocurría con el protagonista de Tengo miedo torero, Lemebel a veces habla de sí mismo en femenino y a veces en masculino.

En cualquier caso, el lenguaje es muy rico y exuberante, convirtiéndose en uno de los protagonistas de estas crónicas. Destaco esta construcción: usar un nombre como adjetivo. Dejo aquí algunos ejemplos: «agua chocolate», «noche jungla» o «calle dictadura».

Después de acabar Tengo miedo torero, me ha gustado volver a encontrarme con el humor, la ternura y el pensamiento político de Pedro Lemebel, en Adiós mariquita linda, un libro de textos que al final acaban leyéndose casi como los distintos capítulos de una novela, hermanados por la misma voz narrativa.


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