La ley tiene la palabra
El escenario es un pequeño juzgado en algún pueblito costero del Mar de Barents, en la Península de Kola, al noroeste de Rusia. La representación de la ley, del Estado ruso mismo, es una secretaria de juzgado que lee a mil por hora, sin titubear un instante, sin tartamudear un segundo, sin tomar aire, cierta resolución legal en la que Kolia (Aleksey Serebryakov), un huraño mecánico de pocas palabras y bruscas maneras, va a ser despojado de su propiedad, pues el abusivo alcalde del lugar, Vadim Shelevyat (Roman Madyanov, robándose cada escena en la que aparece), quiere esos terrenos para hacer un jugoso negocio.
La letanía legaloide dura varios minutos: al inicio desconcierta, luego irrita y finalmente provoca en el espectador la carcajada. Para ser francos, no recuerdo ningún antecedente similar. Es cierto que alguien podría citar la enrevesada defensa de Cantinflas en la escena del juicio de Ahí está el detalle (Bustillo Oro, 1940), pero en Leviatánestamos en otros terrenos y el tono, además, es muy distinto.En la mejor comedia que protagonizara Cantinflas en toda su carrera, la palabra servía para escurrir el bulto: hablar mucho no solo para no decir nada, sino para terminar contagiando del sinsentido a todos los demás, es decir, al fiscal, al defensor, al propio juez. Al final de esa delirante escena en Ahí está el detalle, de todas maneras la justicia y la verdad terminaban imponiéndose.En Leviatán, en contraste, la palabrería de la secretaria sí tiene sentido: todo está bien articulado, todo es indudablemente legal, todo se ha ejecutado conforme a derecho. Y, sin embargo, lo que prevalece al final de cuentas es la más grosera y desvergonzada injusticia.En la Rusia de Leviatán la personificación de la ley es esa mujer-tarabilla que recita sin descanso todos los artículos y las disposiciones que han hecho posible el despojo que sufre Kolia en manos del borrachales alcalde Shelevyat quien, llegado el momento, no dudará un instante en intimidar a Kolia en su propia casa y, menos aún, en correr a golpes a cierto abogado citadino, Dmitriy Seleznyov (Vladimir Vdovichenkov), un antiguo compañero de armas de Kolia, quien ha llegado de Moscú en el papel de salvador.El problema es que Dmitriy no representa ninguna solución y sí el agravamiento del problema. Además, el propio Kolia, su joven esposa apagada Lilya (Elena Lyadova) y el hijo adolescente de Kolia de un anterior matrimonio, Roman (Sergey Pokhodaev), tampoco se dejan salvar. A decir verdad, en este pesimista y oscuro filme de Zvyagintsev, Rusia misma no parece tener solución. Y si la ley, a través de la palabra recitada a la velocidad de la luz, es mera caricatura, la fe religiosa está peor representada: en la escena final, un sacerdote ortodoxo articula un largo sermón para consumo de las fuerzas vivas del lugar, para la gente de bien que siempre cae parada, para las personas decentes que conocen bien la ley y que pueden recitar artículos, fracciones y resolutivos legales sin pestañear.Al pueblo llano, se entiende, solo le resta la amargura, el fracaso, el vodka y algún exabrupto genial, como esa secuencia en la que Kolia, Dmitriy y algunos más organizan un picnic en las afueras del pueblo, llevando carne para asar, cantidades industriales de alcohol y unos retratos de todos los líderes soviéticos –de Lenin a Yeltsin- para ser usados para el tiro al blanco. Cuando alguien le pregunta a quien trajo los cuadros si no hace falta el retrato de alguien más cercano en el tiempo –el de Putin, por supuesto, que adorna la oficina del abusivo alcalde-, el tipo responde, socarronamente, que “todavía no hay suficiente perspectiva histórica”. Zvyagintsev, es obvio, no come lumbre. Y viendo cómo se las gastan los juzgados en Rusia y cómo se aplica la ley por esos lares, ¿alguien puede culparlo?El Leviatán pensado por Hobbes, ese imponente “dios mortal” que nos debe ayudar a sobrellevar nuestra triste vida “solitaria, pobre, brutal y corta” es, en la Rusia de Putin, un horrendo monstruo bíblico imposible de vencer. No solo tiene todo el poder posible: también tiene la palabra.La ley y sus procedimientos
En Politist, Adjectiv (Rumania, 2009), segundo largometraje del cineasta rumano Corneliu Porumboiu (opera prima 12:08 al este de Bucarest/2006, ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2006), la palabra y lo que vale está, como en Leviatán, en el centro de la película, un thriller policial desprovisto de acción, pero no de inteligencia ni, mucho menos, de humor.En la obra fílmica anterior y posterior de Porumboiu –en la hilarante 12:08 al este de Biucarest, en la minimalista película futbolera Al Doilea Joc/2014- aparecen las mismas constantes temáticas: un interés en el significado de palabras o conceptos, y una obsesión por saber de reglas y procedimientos, por más absurdos que estos sean.Así pues, en 12:08 al este de Bucarest, la película nos muestra un ridículo programa de televisión en el que se discute la hora y el momento precisos en el que inició la Revolución por la que fue derrocado Ceausescu, mientras que Al Doilea Joc –un arriesgado experimento, inédito en México- el propio director Porumboiu y su padre, un antiguo árbitro retirado, ven la vieja grabación en VHS de un juego de futbol quePorumboiu padre arbitró en 1988 entre dos equipos política y futbolísticamente importantes.Al Doilea Joc carece de puesta en imágenes: lo que vemos es el juego de futbol en tiempo real, con los comentarios “en off” del árbitro retirado y su impertinente hijo cineasta, quien interroga a su papá sobre el juego, el equipo, los jugadores, las reglas y cuándo y por qué debe marcarse un foul, cuándo se marca la ley de la ventaja o por qué en tal o cual momento el árbitro debe dejar pasar un foul para que el juego fluya mejor.¿De dónde viene tal interés de Porumboiu por las palabras y su significado, por las reglas y los procedimientos? El ganador de Cannes lo ha dicho en varias entrevistas: el vivir en un régimen policial y autocrático como el de Ceausescu puede provocar, a la larga, que los ciudadanos dejen de creer en el significado auténtico de las palabras. Todo puede ser manipulado, re-interpretado, usado para el beneficio de quien tiene el poder. De quien tiene la palabra.