Tendría gracia que, a estas alturas, mientras el mundo se derrite, unos viejos punkies con imperdibles en la memoria industrial reconvertida, llagas en el cuero y rebeldes cuentas bancarias, firmen a fondo perdido la banda sonora del vámonos que nos vamos. Ahora que no hay futuro, cuando la vida cobra mayor sentido real, crudo, masoca, sin tiempo para pensar, al capricho de tantas emociones chungas y otras muchas virtualmente edificantes, es lo que hay, un presente rabioso y mucha emoción. Si vuelven, nos darán nuestro merecido.
Tendría gracia que, a estas alturas, mientras el mundo se derrite, unos viejos punkies con imperdibles en la memoria industrial reconvertida, llagas en el cuero y rebeldes cuentas bancarias, firmen a fondo perdido la banda sonora del vámonos que nos vamos. Ahora que no hay futuro, cuando la vida cobra mayor sentido real, crudo, masoca, sin tiempo para pensar, al capricho de tantas emociones chungas y otras muchas virtualmente edificantes, es lo que hay, un presente rabioso y mucha emoción. Si vuelven, nos darán nuestro merecido.