Alejandro lérida hormigo

Por Acalvogalan


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Marisa de la Peña
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Marisa de la Peña
Bio-bibliografía
Alejandro Lérida Hormigo (1979). Diplomado en Ciencias de la Educación, en la especialidad de Educación Infantil, por la Universidad de Sevilla. 1.º Premio de poesía del XII Certamen de Creación “Fronteras de Papel”, convocado por el Ayuntamiento de Sevilla; mención honorífica del jurado del Primer Concurso Internacional de Poesía Breve “Harawiku”, organizado por la Fundación Scorza. Algunos de mis poemas han ido asomando la cabeza en varias revistas, como son, por ejemplo, “Algarrobo”, “Sentido Figurado”, “La rosa profunda”, “Narradores”, etc. Soy el autor del blog http://enarmascontralasoledad.blogspot.com/ Hasta la fecha, no he publicado ningún libro. Poemarios que están, por tanto, en el cajón: Éxtasis (2005), Las noches de diario (2005), Los cuerpos que se buscan (2006), Los espejos vacíos (2007). Hoy por hoy, trabajo en mi nuevo poemario, titulado Paso de peatones (2008-200?).
Poemas
NOVIEMBRE, 13
Sonia, pastel de ron y madrugada,
como una ducha fría en el infierno.
Sonia pinta de azul cualquier averno
con ojitos de niña maquillada.
Sonia lo espera todo o casi nada.
Sonia, carmín, imán, frugal, eterno,
siempre saca calor del peor invierno.
Sonia, sin mes de abril, flor despistada.
Sonia, novia formal de los espejos,
risa del Paraíso, aunque esté lejos.
Sonia, no sé si hay labios más legales,
pubis de sol, envidia de la luna.
Eres desde el principio -tú en la cuna-
como quisieran ser las catedrales.
RETORNO A HANSALA*
*Inspirado en la película del mismo nombre

Piso la más que nunca dudosa luz del día.
Cada reloj del mundo
muestra una hora diferente y triste.
Ojalá que no hubiera amanecido nunca.
Es la muerte que habla con los ojos.
Porque está todo –como dice el dictum–
tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida.
Si lo que digo es cierto,
el alma es una carta con remite,
pero sin dirección.
Y su desnudo es tierra en tantos ojos
mezclado estrechamente con la muerte,
ese final tan lejos de su origen,
esa agua salada, ese segundo...
He ido tantas veces a ver el horizonte
a los pies de esta playa –al Sur del Paraíso–
con vistas a la muerte, ese naufragio
de Dios en mi mirada tantas veces.
No lo hubiera creído,
pero la muerte quiere parecerse al futuro,
sueño que en la distancia es tan brillante.
¿Has visto esta mañana
cómo aprietan los dientes los periódicos
con su duro castigo?
La esperanza no lleva chaleco salvavidas.
Y el silencio que dice lo que no puede oírse
me dice que su rostro podría ser cualquiera.
Silencio que lo es todo y no puede escucharse.
Comprenderás que hoy
el mundo no respira.
Que alguien –por favor- cierre sus ojos
blancos como linternas al borde de los míos,
cubra su piel satén petróleo con la manta.
Entra en mi corazón el mediodía
como un ahorcado en busca de su cuerda.
Son tantos los caminos trazados en los mapas,
que aún sueñan los hombres con los brazos abiertos
con hallar una tierra como un trozo de pan,
un pequeño lugar bajo otro sol,
y buscan dignidad para sus hijos.
Mientras tanto la sombra del crepúsculo
ensaya una sonrisa lamentable.
El sol besa su rostro
entre todas las sombras todavía.
Y enseguida anochece.
Rachid no es otro nombre del destino.
Es repatriar la vida, ese cadáver,
un retorno a Hansala.
La muerte a cualquier hora del día o de la noche.
COBIJO CONTRA LA TORMENTA
Y a la intemperie,
lejos de cualquier cosa parecida a un refugio.
Javier Cánaves
Un paisaje que asiente lo que dices
con la ebriedad del viento
entre las copas rotas de noviembre
con lágrimas y sauces algo antiguos
después de las palabras,
de ese temblor de mano melancólica
al agarrar mi mano,
contagiándome el frío de ese último beso
de amistad que es amor, pero sin alas.
Hoy no quiero pensar si la esperanza
prolonga el sufrimiento
del que ama de frente y da la espalda
al imposible amor,
como una puerta que no cierra bien
por la que pasa el alfiler del frío
a los ojos enfermos de belleza
de quien no toma nota de su miedo
y se mira al espejo –nada más levantarse–
que el amor hiere a veces y la esperanza.
Necesito decirte seriamente,
pero en el mismo banco
del parque donde ahora se abraza una pareja
mientras él se decide a besarla despacio,
con las pocas palabras que no te dije entonces,
sin la lluvia astillada de aquel día,
cuando nos conocimos,
decirte por primera vez
bajo este cielo abierto y sin cicatrizar,
que me abraces más fuerte antes de irte,
que aún pueda recordarte al olvidar quién eres.
Y es el atardecer igual que un puñetazo
que rompe la mandíbula del cielo.
Y a la intemperie dices,
lejos de cualquier cosa parecida a un refugio:
"Que el verano no acabe con nosotros".
Y sé que es el momento
de acercarme a esos labios,
donde nada es mentira
y sin embargo todo parece un largo sueño,
que nuestro beso llegue a madurar despacio,
pensando en otra vida
que podemos llamar adversidad.