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Algunas observaciones ―o advertencias― sobre el Estado ( Spencer / Marcus)

Publicado el 03 noviembre 2020 por Jorge Maqueda @jorgemaqueda
Algunas observaciones ―o advertencias― sobre el Estado ( Spencer / Marcus)

Cuando observamos el estado hoy, entendemos en éste como conservadores: a aquellos que aprueban el régimen del Estado como base de la organización social, política y económica y, se resisten a limitar la intervención gubernamental en todos los órdenes; y en esta línea entendemos principalmente a la derecha, sin embargo, serán igual conservadores comunistas o liberales (demócratas de uno u otro lado), cuando estos secundan las forma del estado y favorecen las medidas dirigidas a aumentar la coacción (imposición) del Estado sobre los individuos, sin importar demasiado las motivaciones últimas de aquellos. En esta línea se explica Spencer, autor normalmente despachado sin contemplaciones en los manuales al uso del pensamiento único vigente, descalificado y relegados sus escritos como de un representante del "darwinismo social". Categoría ésta confusa y que confunde, bajo cuya sombra son recluidos como apestados o locos muchos de aquellos pensadores que, en vez de referirse al progreso o la ingeniería social hablando en favor de la de ciencia y la filosofía social, prefieren apelar sin rodeos a las leyes naturales y de la evolución, al tratar del origen y principio de la acción humana, de su fundamento y legitimidad. Y seria injusto ignorar la voz de Spencer, cuando su palabra sigue sonando, re-sonando tan fresca como la de un bravo trovador cuando se trata de cantar las verdades del barquero.

Uno de los trabajos más conocidos de Spencer es, The Man versus the State,  El individuo contra el Estado, de 1884, año en que Friedrich Engels publica El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, la otra cara del asunto que aquí trato. A lo largo de su libro, Spencer se esfuerza por esclarecer la verdad del liberalismo (democracias y demócratas) acudiendo a las fuentes primarias y a su sentido esencial. Un sentido, a su juicio, que ha sido vulgarmente manipulado por unos y otros, las izquierdas y las derechas, a conveniencia y con descaro, olvidando el fundamento que lo inspira, o debemos ya decir lo inspiraba: "la verdad de que el liberalismo se caracteriza, o caracterizaba antiguamente por la defensa de la libertad individual contra la coacción del Estado (antes monarquías absolutas)".

En 1967 Herbert Marcuse, al analizar en “el hombre unidimensional” algunas tendencias del capitalismo americano, éste observo ya una «sociedad cerrada» y que tal y como advertía Spencer: disciplina e integra todas las dimensiones de la existencia, privada o pública. Dando como resultado: la asimilación de las fuerzas y de los intereses de oposición, integrándolos a un sistema al que se oponían en las etapas anteriores del capitalismo, así como la administración y la movilización metódicas de los instintos humanos, lo que convertía en socialmente manejables y utilizables a elementos explosivos y «antisociales» del inconsciente. El poder de lo negativo, ampliamente incontrolado en los estados anteriores de desarrollo de la sociedad ( como hoy la conocemos) es finalmente dominado y se convierte en un factor de cohesión y de afirmación. Los individuos y las clases reproducen la represión sufrida mejor que en ninguna época anterior, pues el proceso de integración tiene lugar, en lo esencial (mediante un adoctrinamiento, y desde edades tempranas) sin un terror abierto: la democracia consolida así la dominación, aún más firmemente que el absolutismo, cuando la “libertad administrada” y represión instintiva llegan a ser las fuentes renovadas sin cesar de la productividad. Sobre semejante base la productividad se convierte en destrucción, destrucción que el sistema practica «hacia el exterior» exportándola, a escala planetaria.

Es por ello que cabe advertir del peligro que supone este sistema, y de las agresiones permanentes a la libertad del individuo, lo que nos invita a eludir primero el sistema como tal, y señalar después en tanto que los aumentos de esa libertad aparente, suele traer consigo una disminución de la libertad real. Es por lo tanto, que más obstinados ataques a la libertad procederán siempre del Gobierno, sea en forma del corriente mal gobierno o del presumido "buen gobierno". Y es que, sea como sea o tenga el color que tenga, el problema inherente al aparato gubernativo viene de lejos y toca fondo desde el momento en que advertimos la verdad radical de éste: "El Gobierno ha nacido de la agresión y por y para la agresión".

Una agresión que proviene principalmente de dos vías, a saber: las reglamentaciones y las cargas públicas. Las primeras gustan de reproducirse sin control ni medida, por partenogénesis o en un totum revolutum, allí donde ya se habían asentado, o por medio de nuevas parcelas, restringiendo siempre gravemente la actividad individual en aquellas esferas donde antes se circulaba con libertad. Por lo que respecta a las cargas sociales, privan sin más al individuo de la libertad de disponer de sus rentas y ganancias, trasfiriendo tal competencia a los funcionarios públicos (funcionarios, en buena parte innecesarios, creados para proteger los interés del ciudadano, cuando de cierto, su razón no es otra que proteger al estado) y, a partir de ellos o con ellos la extensión irrefrenable de la reglamentación y la necesidad progresiva (¿progresista?) de una mayor intervención del Gobierno, no importa qué asuntos el efecto inmediato es el mismo: daño a la libertad y al bienestar de las personas. Mas al enraizarse en las costumbres y las instituciones de la sociedad (las escuelas, medios y opinión pública) instituye en todos la creencia común –en realidad un espejismo– de que todo debe hacerse para los individuos y nada por ellos. El Estado y el Gobierno se ocuparían así de todo cuando piensa y obra por ellos. Bajo la impronta de esta inercia, añade Spencer, cada nueva injerencia del Estado aviva la opinión de que el Gobierno, acaparando el mayor número de funciones y administrando al máximo, acabará suprimiendo todos los males y asegurando el goce de todos los bienes creando una ilusión que sólo cree el iluso.

¿Quién puede temer, entonces, al ogro filantrópico, al Estado Providencia, ese Leviatán todopoderoso que "aumenta con una mano los males que con la otra quiere remediar", acaso por considerarse más filantrópico que ogro? Spencer acierta de lleno al traer a cuento en este punto la siguiente sentencia de Sir Charles Fox: "Una oficina del Gobierno se parece a un filtro invertido; se envían allí las cuentas claras y salen embrolladas".

Los socialistas y, junto a ellos, "los llamados liberales que les preparan diligentemente el camino" sueñan con que los defectos humanos serán corregidos a fuerza de "buen gobierno". Mientras tanto, los utilitaristas seguidores de Bentham confían en que el Gobierno haga su cometido, "creando derechos que confiere a los individuos", por medio del consenso y el pacto. Olvidan así, unos y otros, que no son las leyes las que crean las costumbres, sino las costumbres las que fundan las leyes, y que los avances de la sociedad han sido siempre el resultado de la acción espontánea de los ciudadanos, no de la actuación reglamentada por el Gobierno o grabada con impuestos. Olvidan, en fin, cuando simplemente no ignoran, que por naturaleza el Estado es siempre contrario al individuo. Y viceversa.


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