Amar es fácil, si sabes cómo

Publicado el 24 abril 2014 por Demoniatentacion

Las relaciones, como las bicicletas, están para disfrutarlas pero con esfuerzo. Reunimos 7 pasos que te aseguran llegar lejos.


Relaciones… ¿Qué jaleo no? Uno de mis tweets favoritos resume una relación en tres frases:  Nunca cambies. Tienes que cambiar. Has cambiado. Magia en menos de 140 caracteres de la mano de @AbiertaMente. Y es que muchas veces, pasados los días de vino y rosas de los primeros años (o los primeros meses), pasamos más tiempo quejándonos de lo que nos molesta del otro, de sus fallos o manías, que celebrando el tiempo a su lado o dando crédito a sus aciertos. Es como cuando te compras un coche y por mucho que lo disfrutes te da la sensación de que te han estafado porque nadie te dijo al probarlo que fuera a consumir tanta gasolina, necesitar varias revisiones anuales o tener que pasar la ITV. Pero eso es lo normal, y no te digo nada si lo que te has comprado es un descapotable. Como decía mi tío, y así aprovecho para dejar los coches a un lado y usar mi vehículo preferido, ¿no querías bici? Pues ahora pedalea.
Las relaciones, como las bicicletas, están para disfrutarlas y para disfrutarlas por mucho tiempo, efectivamente, hay que pedalear. El truco está en cómo hacerlo. En saber que no siempre el camino será llano, que llegarán cuestas arriba pero que a ésta siempre seguirá una cuesta abajo, saber la marcha que hay que usar en cada etapa, tratarla bien y entender que cuanto más larga sea la ruta más problemas te dará, pero sin olvidar que es porque te estará llevando más lejos. En las distancias largas la solución más fácil no siempre es la mejor y por eso hay que estar atentos para no cometer los errores típicos en una relación.
Tirar la toalla.  Cambiar de bici o de relación al primer contratiempo, por ejemplo, no tiene por qué ser la respuesta. Precisamente de esto echa la culpa Erich Fromm al capitalismo y la sociedad de consumo en "El arte de amar". Estamos tan acostumbrados a deshacernos de las cosas que poseemos cuando dejan de satisfacernos, a renovar el modelo cuando un ordenador se nos queda obsoleto o tirar la ropa vieja cuando otra se pone de moda, que acabamos trasladando ese sentimiento a las personas. De hecho, ¿no sentimos a veces que él o ella nos pertenece? Cuando es así nos sentimos con el derecho a exigirle un funcionamiento perfecto, mecánico y, por qué no, adaptado a nuestros gustos y necesidades. Eso puede valer con una cámara de fotos pero las personas no funcionamos de la misma manera y, sobre todo, no somos bienes de consumo. No tenemos dueño. Puede ser más difícil pero también mucho más exitoso adaptarse los unos a los otros y entender que no hay garantías de compra ni reparadores, porque tampoco hay garantías de que el que esté roto no sea precisamente el que quiere hacer el cambio.
Vivir en el pasado.  El rencor y los reproches son otro enemigo de las relaciones. Discutiendo, a veces tendemos a echar en cara cosas que no tienen nada que ver con lo que se está discutiendo. Cuando alguien se ve acorralado empieza a contraatacar reprochando malos comportamientos del otro en el pasado: "Vale, no te he llamado para decirte que no venía a cenar, pero tú el otro día no sacaste al perro y se meo en casa". No recuerdo si el Señor Fromm da su opinión sobre este comportamiento en su libro pero yo tengo la mía propia: "what the fuck!?" ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Deberíamos ser capaces de evitar que las discusiones se conviertan en un intercambio de reproches porque sino pareceremos dos perros persiguiendo el uno el rabo del otro para mordérselo y enfadándose cuando el otro lo consiga.
Despreciar al otro.  Según John Gottman, autor entre otros libros de "The mathematics of marriage" (las matemáticas del matrimonio), lo más importante es no llegar nunca a sentir desprecio. Puede parecer una obviedad pero el desprecio es tan estresante que se ha demostrado que una persona objeto del desprecio por parte de su pareja sufre más resfriados. ¿Cómo se demuestra el desprecio? Bueno, no es lo mismo que uno diga a su pareja "estás totalmente equivocado" que "eres igual que la loca de tu madre." No se trata tan solo de respetar a la persona que se tiene delante sino de no llegar al punto en el que se odia cada cosa que hace. Según Gottman, la crítica continua es una mala señal porque la persona que la practica se posiciona automáticamente por encima del otro, pero el desprecio es peor porque no solo hace eso sino que intenta disminuir al otro, rebajarle, y el diablo se esconde en los detalles.
Ponerse a la defensiva.  Es curioso pero las personas más críticas suelen vivir a la defensiva. Cuando entramos en la dinámica de ver la paja en el ojo ajeno, involuntariamente nos obligamos a mantener la guardia alta para que nadie nos reproche la viga en el nuestro. Así sucede que, muchas veces la persona que "te quiere" se pasa el día haciendo recuento de tus fallos, pero cuando tú le haces ver uno de los suyos reacciona como si hubieras escupido en la tumba de su padre. Una de las características de una relación sana es la libertad para comunicarse abiertamente y si uno se pasa el día bloqueando el discurso del otro enfadándose por cada cosa que le dice, acabará haciendo al otro sentirse como el personal shopper de Franco, diciéndole que el uniforme le queda monísimo solo para que no le fusilen.
Tú nunca esto, tú siempre aquello.   Seguro que lo habéis dicho u oído alguna vez. "Nunca me escuchas cuando te hablo". "Siempre me toca a mi bajar la basura". "Siempre me toca esperarte". "Nunca te acuerdas de mi". Bueno, pues eso nunca es verdad. O sea, casi nunca. Lo que quiero decir es que tendemos a generalizar gratuitamente. No puede ser que siempre llegues tarde o que nunca salude a tu madre. Es una herramienta útil para cortar camino y ganar una discusión pero no es así. Nada es siempre ni nada es nunca. Eso es exagerar.
Insultar.  Esta es otra de esas cosas que nunca han hecho bien a nadie. Está claro que no viene bien a la persona ofendida, la cual se sentirá probablemente despreciada y ya nos ha dicho Gottman que eso no mola y nos hace gastar más en Frenadol, sino que tampoco lleva al ofensor a ninguna parte. Nadie gana una discusión insultando más o mejor. Insultar mejor no existe, de hecho, solo se puede hacer peor. Las personas que insultan lo suelen hacer porque no saben defenderse de otra manera o se quedan sin argumentos antes que el otro y emprenden una huída hacia adelante. Una persona que te insulta a menudo puede que te quiera pero desde luego que no sabe hacerlo bien. Si eres tú quien lo hace, intenta averiguar porqué y de qué te sirve y verás que siempre es mejor irte a dar una vuelta, tomar aire y retomar la conversación más tarde, con la boca lavada y la mente despejada. Es mejor eso que portarte como un gilipollas.   Es broma.
La regla de oro.  Por último, hay una regla que me enseñaron en el cole. La llamaban "La regla de oro" y decía básicamente que hicieras por los otros lo que te gustaría que hicieran por ti. Yo no creo en esa norma. La versión mejorada es hacer por los otros lo que les gustaría que hicieran por ellos y no hacerles lo que no les gustaría que les hicieran, porque las personas somos jodidamente diferentes. Un único copo de nieve y todo ese rollo, por tanto lo que vale para mi no valdrá para el otro y viceversa.
Afortunadamente, si pasamos el tiempo suficiente con la otra persona, si nos hablamos con claridad y respeto, mostrándonos tal y como somos, cada día que pase nos conoceremos mejor y sabremos lo que le gusta, lo que no, lo que nos gusta en común, lo que nos desagrada y lo que no soportamos para, con el tiempo, entendernos y tratarnos mejor y como consecuencia de ello, convertirnos en personas mejores, capaces de amar mejor y de tratar al otro como lo que es; una persona. No un capricho, un ordenador, un coche o, por mucho que me gusten, una bicicleta.
En el fondo amar es fácil. Solo se trata de hacerlo bien.