Hace algunos años participé con este relato en un volumen colectivo dedicado a Elvis Presley. Lo recupero ahora con motivo de la reseña de Being Elvis, de Ray Connolly, que acabo de publicar en el blog. Si aquella reseña intenta acercarse al hombre que hubo detrás del mito, este relato imagina qué pudo pasar por la cabeza de Elvis en los últimos instantes de su vida.
El baño es amplio y está tapizado en dorados y rojo. Desde la taza del retrete, sus ojos vidriosos apenas se sorprenden al ver cómo se va llenando la habitación. En una esquina se contonea Big Mama Thornton agarrada a un micrófono de pie aullando Hound Dog mientras desde la otra esquina Leiber y Stoller aguardan para mostrarle una gran hoja de partituras. Un nuevo éxito, seguro. Pero pronto lo que llama su atención es la figura de Gladys acunando a un niño y siente una punzada de dolor que le desgarra por dentro, por alguna razón cree saber que se trata de Jesse, su gemelo, fallecido durante el parto.
Las lágrimas corren por su cara, pero no le importa. Una figura con traje de presidiario se acerca y abraza a la madre y al hijo. Pero, ¿dónde está él? Él está solo. Sí, he estado solo todas y cada una de mis noches. Sosteniendo con esfuerzo su cabeza, por su cara baja el sudor que todo lo cubre. La tía Delta se le acerca con un bote de pastillas, saca unas cuantas y se las ofrece, pero él las rechaza con violencia. No más, nunca más, al menos no más por hoy, y sonríe mientras observa al presidente Nixon asentir con la cabeza, buen muchacho parece decir.
Su corazón se desboca con furia animal mientras Marion cuchichea en el oído de Sam Phillips y él juguetea con la guitarra al ritmo de una antigua canción de Big Boy Crudup en un descanso de la primera sesión en Sun Records. Por encima de sus hombros aparece la funesta sombra del coronel, empujando con desdén a Marion, a Sam y a Bill Black, susurrándole mentiras al oído. Él le aparta a manotazos, le esquiva, trata de zafarse del abrazo hasta caer de rodillas. La posición es indigna de un monarca, pero ¿quién se acuerda ahora de las actuaciones en televisión o de los conciertos con miles de chicas gritando?, ¿quién se acuerda de todas ellas?, ¿quién quiso acostarse con todas ellas?
Y el llanto se torna en incontrolado, trata de estirar las rodillas, de enderezarse y salir a gatas de ese círculo melancólico, pero solo logra caer sobre su pecho y vomitar violentamente. El sabor agrio le recuerda que no siempre todo fue fácil, que a menudo oía las burlas a sus espaldas.
Trata de incorporarse pero su cabeza da vueltas enloquecidamente. Priscilla, susurra él mientras ve a la novia acercarse al altar tomándole de la mano. Jura que le será fiel, cree haberle sido fiel toda su vida, no importa con cuántas mujeres se acostara, no importa que muchas de ellas se recuesten ahora contra el lavabo con movimientos obscenos y burlándose de la esposa legítima, no las escuches, siempre estuviste en mi alma, le recita conmovido.
El aire se agota en sus pulmones. Su voz ya no brota. Él, que siempre estuvo orgulloso de ella, que temió que el ejercicio físico en el ejército pudiera arruinarla, ve cómo su voz le falla. Pero, al fin, ¿quién no lo ha hecho?, ¿quién ha permanecido a su lado? Ni siquiera él mismo se ha sido fiel, ni siquiera él podría reconocerse en un espejo. Solo los niños pobres de la calle Beale le saludan con respeto, mientras admiran el teléfono descolgado en la pared, tan pobres como lo fue él, tan pobre como lo es hoy, despojado de todo.
Tirado en el suelo, ya rendido, a merced del tiempo que tarden en encontrarle para devolverle a la vida como otras veces, saluda a los Jordanaires que comienzan a entonar Danny Boy y la congregación se agolpa para cantar mientras el predicador baila y alza sus brazos, reza al Señor.
Y su cuerpo ya inerte, queda en el suelo, pero él se eleva como el superhéroe de infancia que quería liberar a su padre de la prisión. Y por encima de la Tierra de la Gracia, bajo el reflejo azul de la luna, vestido con su traje de cuero negro, se bambolea y sonríe mientras comprende que el mundo se moverá siempre al ritmo de sus caderas, y sus trajes dorados vuelven a hacerle sentir la fuerza de la música. Todo está bien mamá, le dice con un guiño a Gladys, estoy tratando de llegar a ti, solo es que hace tiempo que olvidé recordar a olvidar.
Y al fin está en el escenario del International Hotel de Las Vegas, con su traje blanco lleno de lentejuelas y flecos, con su gran banda, y la ovación del público le acaricia, llena sus oídos hasta hacerle olvidar los gritos de Ginger, las carreras por las escaleras, las llamadas telefónicas y la sirena de la ambulancia, porque yanada importa. El Rey ha muerto, ¡viva el Rey!
Being Elvis. Una vida solitaria (Ray Connolly)
Elvis (Generación Bibliocafé)
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