¿Amor o sífilis?

Publicado el 02 diciembre 2015 por Ochoymedio

“…pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor”.
Poema de amor N°13, Darío Jaramillo Agudelo

Para hacer humor hay que hablar del amor (ahora bien, para hacer el amor es muy probable que el buen humor sirva como estrategia). Las relaciones de pareja, los enamoramientos y el sexo son algunos de los campos más fértiles para inventar historias graciosas o hacer bromas. Y si uno es un humorista de 80 años, que ha dedicado media vida a escribir chistes y la otra media a filmar películas (o a hacer ambas cosas al mismo tiempo, escribiendo chistes que van a aparecer en películas) el tema del amor tiene que estar presente en su cine. Sin embargo, como si hubieran leído el poema de Darío Jaramillo, los personajes de Woody Allen —piensen en el que quieran, desde Virgil en Take the money and run (1969) hasta María Elena en Vicky Cristina Barcelona (2008)— son básicamente unos solitarios que tranzan con el amor, que negocian el sentimiento en búsqueda de su propia felicidad, pero que no están dispuestos a dar sin recibir nada a cambio. Su soledad se llama egoísmo y es la base de la mayor parte de los conflictos de pareja y de los apuntes acerca del amor que el maestro neoyorquino incluye en su filmografía. Por eso, más que lecciones acerca de lo que se trata el amor, Woody Allen nos ha mostrado lo que el amor NO DEBE SER si queremos que dure.

 

LECCIÓN 1: LOS CUPIDOS LANZAN DEMASIADAS FLECHAS
Condesa Alexandrovna: Tú eres el amante más extraordinario que he tenido.
Boris: Bueno, es que practico mucho cuando estoy solo
Diálogo en Love and death (1975)

Como el tipo romántico que es en el fondo, detrás de esa fachada de sarcasmo e ironía, Woody cree en el amor a primera vista. Si le hiciéramos caso a lo que nos muestra en muchos de sus guiones, deberíamos pensar que sólo se necesita una mirada atenta y cruzar un par de palabras con la mujer indicada (especialmente si es rubia) para saber que viviremos un tórrido romance o una relación duradera con ella. Ni siquiera tiene que ser una condesa rusa o estar bien presentada: puede llevar ropa deportiva para jugar tenis y estar bañada en sudor después de hacer ejercicio, como en Annie Hall (1977) Da igual. En cuanto al potencial de historias que se desprenden del flechazo, suele ocurrir que aquella mujer que detiene nuestro corazón está comprometida con otra persona. ¿Podría ser peor el asunto? Claro, pase lo que pase, si algo nos ha enseñado Woody Allen es que siempre se puede estar peor, y entonces la chica en cuestión podría ser la amante de nuestro mejor amigo casado, como en Manhattan (1979) No es de preocupar la noticia: como hemos aprendido viendo sus creaciones, bastará con matarlo.

Ahora bien. Sin importar cuán terrible sea la situación, aún si nos enamoramos de la esposa de nuestro hermano, hay que intentar que no se nos note tanto la caída en desgracia (¿o en la gracia?) como a los personajes de Allen. Según su cine todos hacemos cara de estúpidos (eso sí, ninguna peor a la de Jason Biggs en Anything else (2003) cuando conoce al personaje de Christina Ricci) al sentir el flechazo amoroso. Por un momento es como si el aire hubiera decidido acampar en nuestro cráneo y empalidecemos y comenzamos a decir idioteces, y a cambiar nuestra forma de ser hasta parecernos a… una hormiga, por sólo poner un ejemplo, una hormiga que va al sicoanalista porque siente que es una más en la colonia.

Así que cuando sintamos que la flecha de Cupido se ha enterrado en nuestra corazón… demandémoslo, por daños y perjuicios.

LECCIÓN 2: ESTAR ENFERMO ES COMO ESTAR ENAMORADO, PERO SIN TODO LO MALO
Andrew: El sexo alivia la tensión. El amor la causa.
A midsummer night’s sex comedy (1982)

Parece que tuvieran fiebre o un virus tropical. Después del flechazo inicial, los personajes de Woody Allen se enfrentan al amor como lo haría un zombi para intentar comer cerebros. De repente vemos que esos tipos fríos, tartamudos y melancólicos arden por dentro y que sólo quieren estar con la chica que se ha convertido en su obsesión. Entonces se olvidan de todo. De nimiedades, como que ellos mismos están comprometidos con otra mujer, o de cosas realmente importantes, como los lugares donde les gustaría pasar vacaciones. Es tan fuerte el sentimiento que nos parecerá normal cuando el hombre de los sueños de la pobre Cecilia salga de la pantalla del cine para abrazarla (The rose purple of Cairo, 1985): “El amor es ciego” nos diremos sin titubear, como si los hombres hechos de celuloide fueran algo que viéramos todos los días. Aceptaremos como un hecho que Elliot, el personaje que interpreta Michael Caine en Hannah and her sisters (1986) se convierta en una especie de sátiro lascivo que contra toda prudencia convence a Lee, su cuñada, para que mantengan encuentros sexuales en cuartos de hotel. Y lo aceptaremos porque muy para nuestros adentros sabemos que el amor saca lo mejor y lo peor de cada quién.

 

Entre lo mejor está el conocimiento. Los protagonistas masculinos de Woody Allen suelen conquistar a las mujeres usando su sabiduría y no su físico (tal vez porque el protagonista muchas veces es el mismo Allen), hablándoles de filósofos latinos, de poetas norteamericanos, de cuartetos de Bach y melodías de jazz que deben oír. Y lo mejor de todo, lo que nos llena de esperanza a tantos que nos parecemos más a Woody que a Leonardo, es que mujeres como Scarlett Johansson o Charlize Theron caen en el romance con ese tipo de cosas. Es mejor olvidar, para no perder la ilusión, que Allen ha declarado muchas veces cómo aprendió quién era William Faulkner y leyó sus novelas, sólo porque las jóvenes de su tiempo le preguntaban y él necesitaba desesperadamente un tema para hablar. Si hoy aplicáramos la misma teoría, deberíamos estar enterados de los últimos éxitos del reguetón y saber todo lo posible sobre la vida de Maluma.

Al final, lo que sabemos del amor gracias al director neoyorquino, es que puede aparecer en cualquier esquina o en el ascensor que tomamos para visitar a nuestra amante, como en Deconstructing Harry (1997). Que nos lo podemos encontrar incluso en la piel de alguien que no se parezca en nada a nosotros; que, digamos, sea una prostituta con ganas de actuar en pornografía, que jamás ha leído libros que no tengan dibujos. Y porque esas cosas pasan, porque el amor es como todo lo demás, es que vale la pena seguir caminando.

LECCIÓN 3: NO ES BUENO MEZCLAR SEXO CON AMOR
Rita: Para mí, el amor es algo muy profundo, pero el sexo sólo necesita tener un par de pulgadas
Bullets over Broadway (1994)

Si fuera tan fácil acostarse con las mujeres como en las películas de Woody Allen, el mundo sería un lugar mejor. Y si no fuera mejor, al menos sería más feliz. Claro que, si no fuera más feliz, probablemente sí estaría más habitado. Eso sin duda.

El sexo es un hábito saludable en las películas del director neoyorquino. Todos quieren tenerlo, como si fuera un disco de moda o una camisa de diseñador. Hasta los tipos poco agraciados se acuestan con mujeres que parecen modelos, aunque es mejor olvidar que quien escribe las historias es Allen. Pero en general, no hay muchas demoras para los hombres que quieren acostarse con alguna mujer en su cine. Generalmente su deseo se cumple, sin mucha resistencia (incluso Emmet Ray, el personaje de Sean Penn en Sweet and lowdown se extraña de que Hattie, la preciosa mujer muda que conoce en un muelle, le haga todo tan fácil en la primera cita) y ellas quedan agradecidas. En eso tiene mal gusto el neoyorquino (o quién sabe, tal vez malas costumbres) pues es usual que después de tener sexo los tipos le pregunten a ellas si les gustó. Incluso más increíble es cuando ellas, sonriéndole al techo, pronuncian emocionadas frases como “fue fantástico”. Ahí es cuando recordamos que quien escribe los guiones es el mismo tipo que le pidió matrimonio a su primera mujer en una llamada de larga distancia porque no tenía con quien ir al cine en la ciudad donde trabajaba.

Por desgracia, el sexo en el cine de Allen siempre cumple el mismo ciclo. Al comienzo, cuando la relación está empezando, se hace en todas partes, a todas horas y en cada posición imaginable, como si todos fueran aquel par de esposos italianos de Every you always wanted to know about sex but were afraid to ask (1972) que descubrían que la esposa sólo se excitaba cuando existía la posibilidad de que alguien la viera. Después de unos meses, las cosas se vuelven menos frecuentes (es inolvidable aquella escena de Annie Hall donde la pantalla está partida en dos mitades verticales, mostrándonos a los dos protagonistas, Woody Allen y Diane Keaton, en sus respectivas consultas con su analista. Ambos sicólogos preguntan lo mismo: ¿con qué frecuencia hacen el amor? Ella responde que está cansada porque lo hacen casi todos los días, como tres veces por semana. Él en cambio, dice que ahora no lo hacen casi nunca, que apenas tres veces por semana) y al final, el sexo es sólo un bonito recuerdo que comparten dos amigos que comparten la cama.

Por eso hay que estar de acuerdo con Allen cuando dice que el sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores.

LECCIÓN 4: DONDE DICE “THE END” QUE DIGA MATRIMONIO
Harry: No puedo entender por qué la más sofisticada de las mujeres no puede decir la diferencia entre un sensitivo, caliente, y sexualmente apasionado amantazgo y un bueno, sólido, tranquilo y rutinario matrimonio
Diálogo en Deconstructing Harry (1997)

Después de ver muchas películas de Woody un extraterrestre podría pensar seriamente que los seres humanos hemos inventado el matrimonio como castigo, una especie de pago mezquino a cambio de la felicidad plena que los novios tenían antes. Incluso podría llegar a creer que casarse es cometer un crimen, porque a partir de ese momento la esposa se convierte en una molestia que nunca se queda callada, que lo único que sabe es poner problemas, y el marido en un sicópata que sólo piensa en tener sexo a todas horas, tal vez como un remedio para que su mujer se calle.

Pocas secuencias tan dolorosas como la de la fiesta de matrimonio de Interiors (1978) cuando las tres hijas de Arthur deben observar a su padre casándose por segunda vez y dejando definitivamente a su madre con la ilusión de una reconciliación. La terrible desgracia de una de las películas más dolorosas de Woody Allen es que lo triste para ellas no es que su padre se vuelva a casar sino que esté feliz de hacerlo, pues sus propios matrimonios se han convertido en pequeños infiernos.

No se sabe que es peor para un matrimonio, si seguimos fijándonos en el cine del neoyorquino. Si hay un romance extramatrimonial y no se cuenta, la desesperación y la culpa llenan cada minuto. Pero sí se dice la verdad, despiadadamente incluso, en medio de una reunión de amigos, parece que la boda hubiera sido entre dos sicópatas. El éxito del matrimonio dependerá del punto de la película en que se celebre. Si es al principio, nada que hacer. Veremos su decadencia durante el resto de la cinta aunque al final, por esas cosas de la vida, la ex mujer se convierte otra vez en una posibilidad romántica. Si el matrimonio se celebra al final, los novios pueden dormir tranquilos, pues se quedarán así en la historia. Pero si el matrimonio ocurre en la mitad de la película, habrá que tomar medidas, como encontrar a un amante, preferiblemente a dos, uno para cada quién. Ya lo decía Oscar Wilde: el matrimonio es una cadena tan pesada que a veces no bastan dos para cargarla.

ÚLTIMA LECCIÓN: CADA QUIÉN CARGA CON SU DESTINO AMOROSO
La realidad es un asco, la odio, la odio; pero ¿en qué otro sitio se puede encontrar un buen bistec para la cena?
Woody Allen

Pocos apreciaron (bueno, aceptémoslo, pocos apreciamos) la propuesta de Allen en Melinda y Melinda (2004). Sin embargo, la idea de la película, hay que reconocerlo, era brillante. Porque significaba, ni más ni menos, que había dos maneras de vivir la vida, dos maneras de ver el mundo: como una comedia o como una tragedia. Podemos reírnos de que en medio del sexo la erección no sea todo lo sólida que quisiéramos, pensando que la próxima nos irá mejor, o podemos llorar y consultar al sicólogo y torturarnos en jornadas de sicoanálisis para que al final la culpa sea de nuestros padres. Lo que realmente importa, es esa decisión, saber si escogemos el camino de la sonrisa o el del puchero. Porque al final el amor, el sexo y todo lo demás, son sólo temas. Y como nos ha mostrado durante 40 años Woody Allen, los temas son los mismos. La manera de contarlos es la que vale.

“Sentía un curioso hormigueo por todo el cuerpo: estaba enamorado o tenía sífilis.
Virgil Starkwell en Take the money and run (1969)

Artículo publicado originalmente en el N°87 de la Revista Kinetoscopio