Revista Opinión

“AMUL Y LOS OJOS NEGROS” (II). Un relato de Sandra Arévalo Domingo

Publicado el 22 septiembre 2018 por Ydelgado

El reino de Amristar se encontraba rodeado por los ríos Ravi y Beas. Estos habían contribuido en parte al desarrollo económico de la comunidad india aunque nunca fueron vitales para la supervivencia de los amristaríes ya que se desconocía la manera de sacarles un mejor aprovechamiento.

Cuando Harib llegó al trono se topó con la oposición de sus súbditos. Su predecesor se había dedicado a dilapidar las arcas públicas en costosos caprichos personales y en banquetes palaciegos que continuamente celebraba en su honor. Harib no empezaba pues su mandato con buen pie. Era necesario un cambio de rumbo, alejarse cuanto antes de la pésima imagen que tras de sí había dejado el antiguo monarca. Pero por más que le daba vueltas al asunto, no sabía qué hacer. Quizás, distanciándose una temporada de las intrigas de la corte, le ayudaría a tomar perspectiva, encontrar una solución al problema que le tenía tan consternado. No tardó mucho en decidirse. Viajaría al norte, pasaría algunas semanas en el palacete de verano, a orillas del río Ravi, encompañía de Indhira, su esposa, y sus tres hijos: Amul, Shaila y Nara.

“AMUL Y LOS OJOS NEGROS” (II). Un relato de Sandra Arévalo Domingo

El trayecto transcurrió sin novedad, solo cuando por fin la familia llegó a su destino estalló una gran tormenta que trajo consigo lluvias torrenciales. Y aunque en el norte de la India estas acostumbran a ser abundantes, ni los ancianos del lugar pudieron rememorar un diluvio parecido. Amul, Shaila y Nara se vieron obligados a permanecer entre las paredes de palacio, sin posibilidad de salir y disfrutar de la naturaleza, tal y como les hubiera gustado. Al tercer día, el viento se llevó el temporal, regresó la calma y reapareció un cielo azul, límpido, sin sombra de nubes. Los niños se precipitaron al jardín impacientes por correr a sus anchas y disfrutar del sol que tanto habían echado de menos. Al cabo de un rato, después de tanto trote y de tanta carrera, acordaron jugar al Kidi Kada, un juego parecido a la rayuela que consistía en desplazar una piedra, a puntapiés y a la pata coja, por varias casillas dibujadas en el suelo, y que en ese momento estaba de moda en las escuelas. Lo primero que necesitaban era conseguir una piedra algo plana y fue Amul quien en seguida se hizo cargo de la tarea.

De los tres hijos del rey Harib, Amul demostraba ser el más valiente a pesar de su enfermedad. Eso no significaba que no tuviera sus miedos, claro que los tenía, como cualquier niño, pero él era de los que encaraban los problemas de frente. Si alguien necesitaba ayuda, él estaba allí para tender su mano. Si alguien era insultado, él abogaba por los derechos del ofendido, y si algo parecía un imposible, Amul no desistía hasta alcanzarlo. ¿Por qué? Ni él sabría responder. Solo tenía la certeza de que en su interior algo le impedía quedarse impasible, dejar pasar las cosas, limitarse a observar cómo sin más transcurrían los acontecimientos y los días. Sin embargo, era muy distinto cuando estaba junto a Naisha. Su amiga irradiaba una energía especial. A su lado, sentía como si un astro del universo hubiera descendido a la Tierra con el propósito de deslumbrarle el alma a todo aquel que se detuviera a contemplarlo. Sin duda, Amul había quedado cegado por aquel destello.

La piedra que necesitaban para el Kidi Kada no podía ser muy grande y tampoco demasiado pequeña. Amul echó andar convencido de que no tardaría en encontrar una que cumpliera con las exigencias de sus hermanos. Por el camino tropezó con una pareja de ratas bandicoot. Siempre había soñado con poseer uno de aquellos roedores ágiles y astutos, y siempre se topó con la negativa de la señora Indhira, su madre. Dirigía sus pasos hacia el río. Allí encontraría guijarros de todos los colores, formas y tamaños. Le gustaban en especial los cuadrados porque, además de ser bastante raros, tenían las puntas romas, perfectas para marcar en el suelo las casillas del juego. De repente, divisó una piedra rosada dentro del agua cristalina que parecía coincidir con sus deseos. Como de ninguna manera quería mojarse, intentó cogerla una y otra vez primero alargando un brazo, intentándolo después con el otro, pero no hubo forma. Dándose por vencido, se metió en el agua. Desde que Amul contrajo aquella extraña enfermedad, padecía constantemente problemas digestivos, acompañados, la mayoría de las veces, de fuertes dolores de estómago y náuseas. Inclusive su cuerpo se había vuelto hipersensible al contacto del agua fría. Muchos niños y adultos de Amristar sufrían aquel mal incurable. Ni siquiera en Europa, donde al parecer también había llegado la enfermedad, se había descubierto un tratamiento efectivo. Lo más curioso, es que en el momento en el que Amul entró en el agua, experimentó una repentina sensación de bienestar, sus dolores desaparecieron como por milagro. De todas maneras, en ese momento, sin prestarle mayor atención,Amul cogió la piedra y regresó junto a sus hermanos.

A partir de entonces, tomó por costumbre bañarse a diario en el río. Cada día se encontraba físicamente mejor. Aquellos días tumbado en la cama retorciéndose de dolor, parecían quedar lejos. Una vez estuvo seguro de que su mejoría era un hecho, quiso consultarlo con su padre. Harib había sido discípulo de un sabio y gracias a él, había adquirido valiosos conocimientos en medicina. Una vez reconoció el estado de salud de su hijo, Harib concluyó con imensa alegría que Amul era un niño completamente sano.

“AMUL Y LOS OJOS NEGROS” (II). Un relato de Sandra Arévalo Domingo

Pronto la buena noticia se convirtió en un rumor a voces. Niños, jóvenes, y ancianos de todo Amritsar, aquejados de la misma enfermedad que había sufrido el pequeño príncipe, acudían a sumergirse en las aguas del río Ravi con la esperanza que en ellos también obrara el milagro. Y así fue. En todos los casos, y sin una explicación aparente, los enfermos regresaban sanos y felizmente agradecidos a sus hogares.

También a Europa llegaron ecos de las bondades de ciertas aguas fluviales descubiertas en algún punto geográfico de la India. España, Francia y Prusia fundaron la denominada Liga Sanadora, una organización cívico-militar que se dedicaría a programar los viajes, así como a custodiar a las personas convalecientes que se desplazaran al territorio asiático. A principios de 1875, sin haber solicitado permiso a las autoridades indias correspondientes, cientos de europeos llegaron a Amristar. Viajeros que en seguida se rindieron a una realidad que superaba con creces sus expectativas, pues, de camino hacia el río Ravi, iban descubriendo ciudades llenas de colorido y numerosos mercados callejeros colmados de puestos donde uno podía encontrar todo tipo de especias, telas y alimentos.

Cuando Harib tuvo conocimiento de lo que sucedía, previo el peligro. Aquella alianza extranjera pronto querría hacer negocio, explotar económicamente un recurso natural que no le pertenecía. Si no detenía a tiempo a los extranjeros, Amristar terminaría convertida en una colonia sometida a los intereses de otras naciones. Si aquel oscuro presentimiento se hacía realidad, se violaría uno de los principales derechos humanos: el derecho a ser libre y a no ser sometido a la esclavitud ni la servidumbre. Bajo ninguna circunstancia lo permitiría. La orden de Harib a su ejército fue contundente: los soldados debían cerrar el paso a la Liga Sanadora. Bajo ninguna circunstancia se le permitiría el acceso al Ravi.

Al mando del ejército europeo, los capitanes Rivas, Rocher y Wagner, desprovistos de las armas necesarias y con un número insuficiente de soldados en sus tropas, respondieron a la prohibición del bando indio con un ataque inesperado, convencidos de que estos se rendirían sin apenas ofrecer resistencia. Pronto reconocieron su error. Los militares habían subestimado el carácter y la resistencia del ejército del rey Harib, viéndose en la urgente necesidad de reclamar refuerzos al continente.

Mientras tanto, los enfermos españoles, franceses y germanos soportaban la espera con inquietud. Albergaban la esperanza de que el conflicto se solucionaría pronto, que en unos días, las aguas milagrosas del río, les devolvería la salud.

Cuando los contingentes de refuerzo llegaron al lugar de la contienda descubrieron consternados el desgaste y el desánimo en el que estaban sumidos sus compañeros, pues el enemigo se había hecho con el control. La llegada de nuevos soldados y arsenal de repuesto supuso un gran alivio para los tres capitanes de la Liga. Les permitió concentrarse en urdir y poner en práctica operaciones de avance y otras estrategias militares hasta ahora jamás vistas por el jefe Harib y su ejército. De entre ellas, la más aterradora, y también la más inhumana, era el secuestro indiscriminado de nativos, sobre todo mujeres y niños, con el propósito de debilitar mentalmente al enemigo y así forzar su rendición. Hechos atroces que vulneraban, desde cualquier perspectiva, la libertad e independencia de los amristaríes.

Las tácticas empleadas por ambos bandos distaban mucho entre sí, pero a la hora de luchar se compaginaban de tal forma que ninguna de las partes quedaba por debajo de la otra, ya que los métodos que sacaban ventaja sobre unos eran compensados con los puntos fuertes que debilitaban al otro. La situación de hostilidad se había enquistado en un círculo vicioso sin visos de solución. Seis meses habían transcurrido desde la llegada de las tropas extranjeras . La guerra indo-europea parecía no tener un final próximo.

Con el descubrimiento de las aguas sanadoras, Harib se había ganado la lealtad y el apoyo de su pueblo. El momento era decisivo para recuperar la valía de su linaje y demostrar a sus súbditos el coraje que corría por sus venas. Su lugar estaba en el campo, librando batalla, defendiendo, como un soldado más, la libertad de su patria.

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