Musuk NolteEscrito por PFM
Anclada cerca del mar, la casona roja de Magdalena recibe cada noche a cientos de espectadores desde hace cincuenta y cinco años. Más de medio siglo de trabajo sostenido del grupo de teatro Yuyachkani.
La primera obra que vi fue Sin Título, técnica mixta. Se lo contaba a Rodrigo, que estaba conmigo mientras esperábamos su nueva puesta en escena: Antes de irnos para siempre.
En Sin Título no existía una barrera entre actores y espectadores: uno se desplazaba siendo parte del contexto narrado. No solo importaba la forma de contar, sino cómo el público se integraba a la creación, en resonancia con lo que ocurría en las calles durante los años 2000.
El teatro no era ajeno a la situación del país. Por lo menos, no el de Yuyachkani. Ahí radica gran parte de su valor: la creación artística no escapa hacia mundos fantásticos olvidando lo que ocurre fuera de esa caja negra; por el contrario, nos abre a la sensibilidad de sentir lo que ocurre con los otros: con las que terminan esterilizadas. Con los desaparecidos.
Y ahí mismo radica el arte: en la capacidad de sentir como otro.
Tanto Aristóteles como Artaud coinciden en que el teatro debe provocar una transformación visceral y profunda en el espectador a través del impacto emocional, rechazando la idea del arte escénico como un simple entretenimiento superficial.
Desde que salí por primera vez de esa casa en Magdalena, no he dejado de ver sus obras: Los músicos ambulantes, Cartas de Chimbote, Con-cierto olvido... Cada una muestra una realidad del Perú que aún nos cuesta comprender, que todavía no logramos ver.
Entonces ocurre la magia: el teatro no es pasivo; exige una afectación directa y real en el cuerpo y en la mente de quien lo mira. No vemos solo para entretenernos. Vemos para comprender. Aristóteles y Artaud entienden el teatro como una medicina, una forma de limpieza del alma a través de una sacudida emocional.

Antes de irnos para siempre explora, desde la música y la dramaturgia, el paso de los años haciendo teatro en el Perú: las obras, la creación y cómo, curiosamente, todo se siente tan cercano, como si nada hubiera cambiado.
Entonces surgen las preguntas: ¿cuál es el objetivo de crear si nada cambia? ¿Qué utilidad tiene la denuncia si todo parece mantenerse igual o incluso peor?
Ana Correa, Augusto Casafranca, Rebeca Ralli, Teresa Ralli, Julián Vargas y Alejandro Siles, bajo la dramaturgia de Miguel Rubio Zapata, ofrecen una obra que no solo los cuestiona a ellos, como actores y actrices, desde sus propias creaciones, sino también al público que presencia esta dura interpelación. Incluso cuestionan al propio teatro cuando preguntan: ¿quién viene a tomarles la posta?
Casafranca, después de un profundo silencio, responde:
—Yo no veo que venga alguien.
Boom.
Entonces, como espectadores, quedamos sobre la cuerda floja. Presenciamos todo, pero no desde un lugar seguro. La pregunta es válida: ¿quién es capaz de tomarles la posta? ¿Quién podrá ser plural? ¿Quién podrá decir y no solo sonreír? ¿Quién hará que el otro sepa, pero sobre todo sienta, aquello que aqueja a su semejante, a su igual?
La función democratiza la experiencia. Nos coloca a todos en el mismo apuro, en el mismo asunto humano: sentir, presenciar y estremecernos.
Entonces la gente se levanta y aplaude.
Aplaude.
Les aplaude.
La función ha sido espectacular, y agradezco que este teatro exista. Que ellos sigan dando función y que sean otros cincuenta y cinco años más, porque personas como ellos, actrices y actores como ellos, siguen siendo necesarias hoy más que nunca en el Perú.
