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Antología de la Ciudad y Martin Heidegger — El «ente» y «ser» de un deus ex machina [2/4]

Publicado el 08 junio 2017 por Gerald Dürden @GeraldDurden
Antología de la Ciudad y Martin Heidegger — El «ente» y «ser» de un deus ex machina [2/4]

El Tiempo se escurre y el Espacio se obstruye. Tus brazos se alzan y con un bramido proclamas: yo soy, pero no fui, y siendo estoy sin ser.

- Askopos, Carborúndum de las Antígonas.

Una de las motivaciones más remarcables de Heidegger fue su propósito de "destruir" - Destruktion- o "deconstruir" - Abbau - la tradición intelectual mediante una revisión de la interpretación originaria del "ser". Descubrir el "ser" o redescubrir al ser humano en un sentido distinto al impuesto por el positivismo, sirviéndose de la fenomenología interpretativa o hermenéutica. Precisamente, el positivismo inunda la Ciudad como estandarte de un indómito progreso irreversible, atractivo en justa medida tanto para los reacios o como para los partidarios de la efectiva mezcolanza de carne y metal. Nostálgicos de una Humanidad obsoleta o enfebrecidos por los radicales excesos sintéticos, el hecho irrenunciable debe concretarse en una trastocada consideración de las máquinas que no debe afirmarse en su apreciación reduccionista como "herramientas", como someras mejoras de un cuerpo humano necesitado de miembros o articulaciones desmembradas, inutilizadas. En la Ciudad, el extraño es aquél incapaz de atisbar la magnificencia de unos componentes que han cobrado vida e integridad propia, que direccionan a una interrogación perpetua sobre los posthumano. ¿Seré máquina o todavía humano? ¿Soy dos en uno, o dos por separado? ¿Cómo soy realmente? Este tipo de incógnitas existenciales no han conseguido disiparse, pues la Ciencia ofrece el medio, el cómo y el qué, no un implícito porqué. Humano o máquina, extraña dualidad que entraña desconcierto sobre la "entidad".

En la tradición cartesiana, imperante en la jungla de neón que es la Ciudad, para captar el "ser" de un "ente" se requiere de una orientación proporcionada por un atributo, un rasgo del "ente". Sin embargo, los ciudadanos desertores que se atreven a desmerecer su entrópico equilibrio, como Heidegger, mascullan entre susurros "hacer ver desde sí mismo aquello que se muestra, y hacerlo ver tal como se muestra desde sí mismo". Escrutar en el "ser" la esencia, mas la esencia es el "ente", pero no el "ser", una sensible diferencia ontológica. El "ser" y su estructura se sobreponen al "ente", siendo el "ser" trascendental en tanto que implica posibilidad y una radical individualización. "Ser" es existencia, y queda claro que un ciudadano "existe" independientemente de ser humano o posthumano; y su esencia es la estructura. "Ente" es todo lo que "es", lo que puede ser nombrado, y los "entes" participan del "ser": "ser es aquello desde lo cual reciben su determinación los entes y los entes son todo aquello que se nos presenta de alguna forma".

El "ser" de un "ente" no es un "ente". La existencia comprende un "ser" en algo nombrado mundo, horizonte de los "entes". Heidegger lo acota en cómo se podría determinar al "ente" en cuanto "ente". El "ser" es vida, acción, posibilidad, mientras que "ente" es soporte, aquello que puede "ser". Y si cualquier "ente" es, ¿cuál es el "ente" de un posthumano? En calidad de grotesca combinación, tendente a la inducción de un dislocamiento indentitario sobre sí mismo, el "ente" de un posthumano podría bifurcarse entre lo "natural" y "artificial" en un ininteligible desdoblamiento de conciencia que le imbuye de desconcierto y le acicatea a deambular por las memorias en la infructuosa búsqueda de una resolución a su abatimiento.

Las máquinas y los humanos sienten. Razonan y se alinean, se justifican ante sus superiores y no pueden parar de cerciorarse del éxito y del fracaso. Las máquinas se sienten atraídas hacia unos códigos y algoritmos y los humanos hacia la carne. Entonces, no puedo evitar cuestionarme cuál era la diferencia entre un humano y una máquina. Y casi siempre lo comprendo.

Cuando caí a lo más inocuo y hondo del Sector 7, lo entendí. Supe por primera vez un porqué. Suspendido a kilómetros de altura, con el árido y desnudo suelo del Sector 7 expandiéndose en una planicie inconmensurable, averigüé el único porqué de mi existencia. Las máquinas son calculadoras y frías, no tienen instinto. Un instinto que me condenó lanzándome a una nada inhabitable y muda.

En Todos nos hemos sentido alguna vez alineados, este anónimo ciudadano siente la imperiosa ansiedad de delimitar si es un humano o un posthumano completo, un deus ex machina. Su solución a esta disyuntiva la achaca al instinto, una capacidad innata de los seres humanos no reproducible por los algoritmos de una máquina. Por instinto, él se precipitó a la vastedad del Sector 7 desde uno de sus muros de contención. Ostensible diferencia de la que se extrae que el asunto del "ente" podría trazarse en la separación taxativa del humano y la máquina, en una concepción de "entes" paralelos, contenidos en el mismo recipiente. Un posthumano, ¿es dos "entes" simultáneos? El hombre se hace y rehace a sí mismo con tecnología, y la misma le incita una ofuscación sobre si debería seguir contemplándose como ser humano o como máquina, en un eterno retorno irresoluble. Y si a un posthumano le remuerde esta divergencia de su "ente", ¿significa que podría albergar dos Dasein?

Un Dasein, según Heidegger, es un "ser" abierto al mismo como existencia y generalidad, no como parte, pues si solamente se contempla un aspecto de la totalidad, el pensamiento fundamental se oculta. Dasein es prolongación, sucesión, multiplicidad de realización, articulación como posibilidad, como posibilidades ofrecidas, construcciones de posibilidades, realidad, potencia, destino: "ser en la vida y mediante la vida". Si los dos "entes" de un posthumano, tanto humano como máquina, pueden "ser" y pueden ser Dasein, alcanzando una distinción en sus funciones vitales: humano es instinto, humano es amor, humano es sentimiento; máquina es cálculo, máquina es conexión con el ciberespacio, máquina es ejecución y frialdad; humano es sensibilidad, humano es comunicarse con otros "entes", "ser" dentro de los límites radicados en la "naturaleza"; máquina es piratear otras máquinas, comprender códigos binarios, y toda función restringida a la permitida por los aumentos injertados. Estipulando este "enfrentamiento" o confrontación entre humano y máquina, se percibirían dos Dasein coexistentes, que se manifiestan en un espacio concreto y significativo.

Si un posthumano existe en el "ahí" y es un "ser" que, como el Dasein, se abre a la totalidad de si existencia, en realidad, ¿no sería una totalidad parcial? Si un posthumano acciona su "ser maquinal", ¿no descuida su "humanidad"? Si examina su "humanidad", ¿descuidaría la maquinal? ¿No se interpone una "desconexión" que obstruye la vinculación entre humano y posthumano? Es decir, una vez que el humano se ha aventurado en los senderos del aumento, se produce una situación de extrañamiento que desemboca en la asunción de un "yo" maquinal, una renovada identidad capaz de reflexionar sobre un inédito "ser", pero conservando retazos de individualidad anterior. Se podría acotar que, en un mismo cuerpo, orgánico y total o parcialmente sintético, residen dos Dasein simultáneamente.

Sendos Dasein son autónomos, sin embargo, por fuerza de convergencia en la misma persona, fortuitamente establecen enlaces que desenlazan en una entropía sobre el "ser". Un juego de identidades, un duelo de "yo", una "personalidad disociada", inducida por el acoplamiento de partes artificiales que transmutan el humano en ciborg, puesto que en la Ciudad lo humano es una transición al posthumano, magnánimo "ente" independiente y distinto del primero en tanto que supone un compartimento evolutivo divergente y aislado. Cuando se produce la metamorfosis, el humano desaparece, reemplazado por el posthumano.

La máquina fue tragada agónica por la serpiente. Resurges de tu estupor. Un cartel de salida. Una puerta de acero. Miles de aspas y luces. Agazapado, discurres. Un muro. Una cúpula. Un alambicado estallido y retomas tu devaneo incongruente. Y ella asciende. Una entidad errática, incorpórea, materializa su inconsistente voluntad en un obtuso, difuso, neutro absoluto. El Tiempo se escurre y el Espacio se obstruye. Tus brazos se alzan y con un bramido proclamas: yo soy, pero no fui, y siendo estoy sin ser.

En esta cita introductoria de Askopos se proyecta la disyunción entre el humano que sufre "un alambicado estallido y retomas tu devaneo incongruente". Y ella asciende, "Una entidad errática, incorpórea, materializa su inconsistente voluntad en un obtuso, difuso, neutro absoluto". El "neutro absoluto" -descrito distendidamente en el siguiente capítulo- supone una de las identidades que puede asumir un posthumano, que existe como "yo soy, pero no fue, y siendo estoy sin ser".

Te desvaneces. Recaída en tu apartamento. Pantalla: extracto panorámico de la Ciudad que acaricias con el índice y anular. Transmutación. Sucesión: una oveja eléctrica pastando en llanuras de titanio. Felicidad. Como lágrimas en la lluvia tus erudiciones se extinguen por el ardor de una abrasadora ambrosía. Dime quién eres. Fedón. Dime quién eres, Fidias. ¿Alguna vez te congraciaste con la apatía?, resuena en un televisor. Sonríes. Fedón me atacó apostado en una pasarela. Fedón me humilló en el corredor. Fedón me reprendió en el ascensor. Fedón es el hombre colgado número dos.

Desactivo el sensor. Embriagadora ciudad durmiente. Asesino. ¿Esclarecedor? Qué poca importancia merece la persistencia. Subsistencia afirmada en crispada coexistencia. Confinamiento. Cero. Hexadécima cadena enlazada a un input saliente. Identificador: empatía. Reprobable sensación. Pedazo de carne degollado. Despersonalización. Destello.

En este párrafo se puede apreciar plenamente. Mientras que el humano es "ente" y Dasein, que realiza una serie de acciones sometido a los designios de la vida fáctica; el posthumano del segundo párrafo existe como "ser maquinal" innominado. Simplemente, "es" y ve, siendo Dasein en la medida en que está inserto en la vida misma, renunciando a las nociones formales de espacio y tiempo como se muestra en Composición congruente sobre la celeridad manifestada por el actuador empático en máquinas y otros artefactos:

Agazapado impotente sobre un imponente plinto de piedra hincado como punto neurálgico de un océano embravecido de remanente basugre desparramada por la inocuidad de un espacio sostenido por el cimiento reforzado de azulejos rejuntados con yeso. Cuadrados blancos, ascéticos, de embarullados reflejos por sedicioso intrusismo de fulgores neónicos contenidos en finas barras pendidas por alambres de un techo desdibujado, constreñido por abscisas y ordenadas desmontadas en números cartesianos de desarraigadas incógnitas que proporcionan desajustadas proporciones euclidianas. Geometría cuántica cuantificada por sombras danzantes en un fondo translúcido, reflectante por arenosa cristalería que acoge dubitativa el lienzo de una ciudad apesadumbrada por una hedionda niebla helicoidal purpúrea, rojiza, anaranjada. Algarabía atronadora reverberada por ventiladores de ruinosas aspas que crepitan desacompasadas en una pared cercana a un portón deslizante, dispuesto longitudinalmente en relación a la apotema cruzada por un triángulo escaleno que parte en diagonal de la impronta grabada, maquiavélica, por las posaderas del harapiento, desfigurado, malnacido, estúpido, réprobo, pusilánime, desabrigado, medio aumentado hombre agazapado sobre el plinto de piedra recubierto por plásticos policromados y estampados arbitrarios. Ese mísero avaro, FEDÓN, sostiene un artilugio ovalado. Un actuador empático que destella tenues tonalidades parduzcas a través de un par de leds atornillados sobre una pantalla táctil que plantea una elección: SÍ o NO.)


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