Ropas decimonónicas, picaportes de fabricación yanki pero reforma asturiana, anuncios a los que el tiempo estrelló y otros que nacieron estrellados. La publicidad también nos cuenta, ¡y quién puede dudarlo!, cómo era la sociedad en la que le tocase nacer. Hoy rebuscamos entre varios ejemplares de EL COMERCIO de 1883 a 1926 para echar un vistazo a algunos de los anuncios más curiosos y llamativos (por bien o por mal) del viejo Gijón.
Lo yankee era bueno (o lo fue, al menos, hasta la guerra de Cuba), pero nosotros, en Asturias, podíamos mejorarlo. Así era el último grito en picaportes en 1889, el año en que el anuncio se publicó en EL COMERCIO. Periódico, por cierto, en cuya fundación también participó el supraescrito Calixto Alvargonzález. Fue, además de gijonés de pro, su primer director.
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Al Pasaje, popular comercio que tenía el último grito de la moda, ofrecía a principios del verano de 1893 estos trajes de baño tan modernos como, desde luego, incómodos. Una muy mala opción si uno quería bañarse, pero… ¿y lo que vestía?
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Una mujer dentista de finales de siglo. Para que luego digan. María, esposa del que fuera cirujano dentista de la reina Isabel II, Agustín Blanch Pastor, pasó por Gijón en 1893 ofreciendo sus servicios como experimentada dentista y las últimas novedades de la técnica desarrollada por su ilustre marido, que años atrás había perfeccionado la implantación de dientes de oro, para los ricos, y de caucho, para los pobres. Para estos, por cierto, se ofrecían consultas gratis con horario ampliado: de 9 a 12 y de 15 a 18 horas, siempre en su habitación -eran otros tiempos- del hotel Suisse, que estuvo sobre el emblemático café Colón, en la esquina entre Munuza y Corrida.
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En 1914, el vino Arza se vendía en el 32 de Pi y Margall, con gran éxito dadas sus supuestas propiedades medicinales que el publicista no dudaba en realzar en verso y con un humor que hoy, la verdad, resultaría bastante escandaloso. En este caso, con la imaginaria carta de un chulo alabando el producto que ha hecho ponerse más gorda que un botijo a su lumi.
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Año 1924. El pobre publicista no tenía ni idea de que, algunas décadas después, lo de coger el símbolo hindú que representaba, entre otras cosas, al dios del sol, sería de todo menos afortunado. ¿Cómo saber que, por aquellos mismos años, cierto partido político alemán estaba teniendo exactamente la misma idea que él?
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Esta publicidad del reloj Longines, también de 1924, hubiera sido, sin embargo, una mala idea ayer, hoy y siempre. O, cuanto menos, inquietante.
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