Sigfried se embarcó a Suecia con sus tres sobrinos, los monjes Santos Sunaman, Unaman y Wiaman (15 de febrero). Desembarcaron en Gothland, donde inmediatamente celebraron la Eucaristía, con asombro de muchos, que nunca habían visto un culto tan hermoso como aquel. La leyenda dice que Jarl, señor del lugar, luego diría al rey que durante la misa, cuando el obispo levantó sus manos a lo alto, había visto a un niño hermosísimo en manos de aquel, que miraba a todos con una bella sonrisa. Es un milagro que suele leerse de otros santos, como San Hugo de Lincoln (17 de noviembre) o San Alto de Altomünster (5 de noviembre y 9 de febrero, traslación de las reliquias).
Olaf se entrevistó con el santo, aprendió nuestra fe católica y al poco tiempo se bautizó junto su familia y muchos de su pueblo. Luego dio al santo el castillo de Husaby, para que lo convirtiera en una iglesia. Desde allí empezó el santo la evangelización activa de los suecos, apoyado por sus sobrinos y otros presbíteros ingleses que se le unieron posteriormente. No siempre fue fácil, sufrieron mucho por el Evangelio, pues incluso sus tres sobrinos fueron asesinados en Växjö, y sus cuerpos arrojados a una sentina por paganos a los que amonestaron por su vida licenciosa. Los asesinos fueron descubiertos y se libraron de la muerte gracias a que Sigfried intercedió por ellos, perdonándoles y abriéndoles las puertas del cielo con el bautismo. Tampoco aceptó la “multa de sangre”, que consistía en que los asesinos debían pagar una suma a los parientes más cercanos del muerto. Sigfried tampoco aceptó dinero, y aún más, logró que el rey aboliera esa costumbre.
Sigfried levantó la catedral de Växjö por indicación de un ángel, en el sitio donde habían sido hallados milagrosamente las reliquias de sus santos sobrinos. Este martirio no le desalentó, sino que le reafirmó en su misión, que completó con éxito sobre 1030, cuando entró al cielo. Fue enterrado en la catedral de Växjö y canonizado por el papa Pascual II en 1155. Durante la persecución de los herejes luteranos hacia los católicos en el siglo XVI, sus reliquias fueron destruidas.
San Claudio de La Colombière, presbítero jesuita.