Arriba

Por Calvodemora

De estos me creo casi cualquier cosa que me cuenten. Dos que se saludan a dos palmos qué cosas no haran a ras de tierra. De lo que hicieron en el cine se alimentó mi primera juventud mitológica, la que veía películas en la bendita segunda cadena de la ahora un poco más triste Televisión Española. Es cierto que luego viré en mis apetencias cinéfilas y cambié el claqué y la alegre música de Gershwin o de Porter por el blanco y negro tristísimo de las historias de Bergman. No hay comparación, ahora que lo pienso. Ganan Kelly y Astaire al gris genio nórdico. Lo miran al centro exacto de la cordura y de la alegría de vivir, allá donde esté eso, y le hacen unos pases aquí y allá, perdiéndose en las sombras, regresando como alegres fantasmas con el ritmo atado al corazón. Será que con los años uno se hace sencillo de corazón y ya no gusta en dejarse embaucar en las otrora lúdicas tramas de la metafísica. Me muero por dar un brinco, pero ya no estoy para piruetas. Ciertamente, cosa de la prudencia y no haber estado jamás en forma, prefiero ver las acrobacias ajenas. Las que jalea la alegría. Mañana, bajado de la nube de la foto, igual me dan ganas de tirar de estantería y me busco unas fresas salvajes y las dejo que me abatan un poco. Una fiesta también las fresas, por supuesto. Todo depende del momento. El de ahora es ingrávido y sincopado. Un día de estos, sin pensarlo mucho, se lo cuento a mi amigo Antonio y nos encontramos a dos palmos del suelo.