Debe, es consciente de ello, su vocación literaria a Juan Marsé. Tras las tardes con Teresa vino el resto de sus títulos, además de lecturas sobre su persona, sus pocas entrevistas, artículos que hablaban de él… hasta que en alguna ocasión llegó a pensar que era su mismisimo alter ego: republicano, anticlerical, izquierdista, huidizo, feo, sentimental, bruto, despegado, amante de la buena mesa…
Sin embargo, a veces lo olvida (otros autores, otras novelas, otras ficciones, otras realidades) y luego lo recupera cada cierto tiempo… y una y otra vez vuelve a aquel autorretrato escrito por el catalán en el que se refleja tan bien y que ve a un hombre….
…siempre pertrechado para irse al infierno en cualquier momento. El rostro magullado y recalentado acusa las rápidas y sucesivas estupefacciones sufridas a los largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos idiotas y banderas depravadas. Las facciones se traban, compulsivas, antes de desmoronarse. Se trata de un sujeto sospechoso de inapetencias diversas y como deslomado, desriñonado y despaldado. Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón de la memoria. No ha tenido mucho gusto en haberse conocido, habría preferido pasar de largo de sí mismo, pero acepta resignado el saludo hipócrita del espejo y la broma pesada de la vida: al nacer se equivocó de país, de continente, de época, de oficio y probablemente de sexo….
Qué familiar le resultan esas palabras, y cuánto le molesta no haberlas escrito él mismo.