Y claro que somos adultos y no vamos a permitir que una estupidez así nos arruine la noche, aunque estés sudando tanto que al aferrar la colcha con una mano que es una garra la sientes de inmediato mojada y no puedas evitar temblar como si mil témpanos de hielo se dedicaran a recorrerte la espalda, pero sabes que lo único que puedes hacer es arrodillarte de manera cómica con las piernas contra el frío suelo, agacharte mientras apartas tus zapatillas de andar por casa con la repulsión otorgada a algún desagradable insecto, levantar despacio las sábanas y encender la lámpara de la mesita de noche, único y mudo testigo, darte cuenta de que tienes los ojos cerrados, abrirlos de golpe y hallar por un segundo el alivio de la vulgaridad de un suelo habitado quizá por una pelusa perezosa para de inmediato sucumbir al susto mortal que llega a pararte el corazón ahí mismo.
No hay nada debajo de la cama, pero al otro lado alguien (o algo) levanta tembloroso la colcha y se asegura de que de verdad no hay nada.