Barrio de los Austrias en Madrid

Publicado el 15 octubre 2026 por Rmartin


El término Madrid de los Austrias tiene una acepción histórica. Dicha expresión se emplea para designar la evolución urbanística, de la ciudad entre los reinados de Carlos I, primero de los Austrias españoles, y Carlos II, con el que se extinguiría la rama española.    Durante el reinado de Carlos I, la ciudad se dividía en dos núcleos: el recinto comprendido dentro de la muralla cristiana, de origen medieval, y los arrabales. De esta manera podemos señalar que el casco urbano se extendía, de oeste a este, desde el Palacio Real hasta la Puerta del Sol; y, de norte a sur, desde la plaza de Santo Domingo hasta la plaza de la Cebada. A partir de 1561, siendo ya capital por deseo del rey Felipe II, la ciudad creció, principalmente hacia el este, vertiginosamente. El plano de Madrid realizado por Pedro Teixeira en el año 1656, da una idea precisa de las dimensiones del casco urbano, en tiempos de Felipe IV. Por entonces, la villa estaba rodeada por una cerca, mandada construir por el citado monarca en el año 1625, situada, hacia el norte, sobre las actuales calles de Génova, Sagasta, Carranza y Alberto Aguilera (los bulevares); hacia el sur, sobre las rondas de Toledo, Valencia y Embajadores; hacia el este, sobre los paseos del Prado y Recoletos; y hacia el oeste, sobre los terraplenes del valle del río Manzanares. Extramuros, se situaban los jardines y recintos palaciegos del Buen Retiro, en la parte oriental de la ciudad; la Casa de Campo, en la occidental; y de El Pardo, en la noroccidental.    La cerca de Felipe IV había sustituido a una anterior, de tiempos de Felipe II y que pronto quedó obsoleta. La cerca fue erigida para detener el crecimiento desordenado que experimentaba la ciudad, actuando como una auténtica barrera urbanística, que limitó su expansión hasta que fue derribada en 1868.

En el plano turístico, a diferencia de los límites históricos, establecidos por la cerca de Felipe IV, la zona se circunscribe a los barrios administrativos de Sol y Palacio, ambos pertenecientes al distrito Centro. Serían las áreas de influencia de las calles Mayor, Arenal, Segovia, carrera de San Francisco, Bailén y Toledo y de las plazas de la Cebada, de la Paja, Mayor, Puerta del Sol y de Oriente. Aquí encuentramos conjuntos monumentales construidos en los siglos XVI y XVII, cuando reinó en España la dinastía Habsburgo, como en épocas anteriores y posteriores. Es el caso de las iglesias medievales de san Nicolás de los Servitas (siglo XII) y san Pedro el Viejo (siglo XIV), y del Palacio Real, erigido en el siglo XVIII.

La calle de Toledo vista desde la Plaza Mayor


Madrid, había acogido, en numerosas ocasiones, las Cortes del Reino y, desde la época de los Trastámara, era frecuentada por su riqueza cinegética. Además, San Jerónimo el Real, fue elegido por la monarquía como escenario de la jura de los príncipes de Asturias como herederos de la Corona. El primero en hacerlo fue Felipe II, el 18 de abril de 1528, quien 33 años después fijaría la Corte en Madrid, y la última Isabel II, el20 de junio de 1883. Carlos I, el primer monarca de la Casa de Austria española, impulsó diferentes obras arquitectónicas y urbanísticas en Madrid. Tal es el caso de la conversión del primitivo castillo de El Pardo en palacio, que estaba situado en las afueras del casco urbano. Las obras fueron dirigidas por el arquitecto Luis de Vega, iniciándose en 1547 y concluyendo en 1558, reinando su hijo Felipe II. De este proyecto sólo se conserva el Patio de los Austrias. Otro de los edificios que el monarca ordenó reformar fue el Real Alcázar de Madrid, un castillo de origen medieval, que fue pasto de las llamas en 1734. Duplicó su superficie con diferentes añadidos, entre los que destacaban el Patio y las Salas de la Reina y la llamada Torre de Carlos I, a partir de un diseño de Luis de Vega y Alonso de Covarrubias. También entre los proyectos urbanísticos promovidos por el monarca, figura la demolición de la Puerta de Guadalajara, acceso principal de la antigua muralla cristiana de Madrid, y su sustitución por una más monumental, con tres arcos, que fue levantada hacia 1535 a la altura del número 49 de la actual calle Mayor y que, el 2 de septiembre de 1582 desapareció en un incendio. Durante su reinado, se inauguró el santuario de Nuestra Señora de Atocha, que data de 1523, y que fue derribado en 1888, ante su mal estado, y reconstruido como basílica, posteriormente.    En 1541, se dispuso la ampliación de la Iglesia de San Ginés, situada en la calle del Arenal, mediante un anejo parroquial en la calle de La Montera, que recibió el nombre de San Luis Obispo. Abrió sus puertas en 1689, en tiempos de Carlos II, y fue incendiado en 1935. Sólo se conserva su fachada principal, que fue trasladada e integrada en la estructura de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en la calle del Carmen.    El Convento de San Felipe el Real, de 1547, fue uno de los puntos de encuentro más importantes del Madrid de los Austrias. Su lonja recibió el sobrenombre de mentidero de la villa, por los rumores que allí se fraguaban. El edificio, destruido en 1838, poseía un relevante claustro renacentista, compuesto por 28 arcos en cada una de sus dos galerías.    Otro templo de la época es la Iglesia de San Sebastián, que tuvo que ser reconstruida tras ser alcanzada por una bomba durante la Guerra Civil.
Pero la construcción religiosa de mayor interés arquitectónico, llevada a cabo en Madrid durante el reinado de Carlos I, es sin duda, la Capilla del Obispo. Fue levantada entre 1520 y 1535, como un anejo de la iglesia, de origen medieval, de San Andrés. Una iniciativa de la familia de los Vargas, una de las más poderosas del Madrid medieval y renacentista.
En 1552, el religioso Antón Martín creó el Hospital de Nuestra Señora del Amor de Dios, que estuvo en la calle de Atocha, cerca de la plaza que lleva el nombre de su fundador. En 1529, el rey Carlos I ordenó que el Real Hospital de la Corte, hasta entonces de carácter itinerante, puesto que acompañaba a la Corte en sus desplazamientos, quedara establecido de forma fija en Madrid. Su edificio, conocido como Hospital del Buen Suceso, lo componían un recinto hospitalario y una iglesia, que fueron concluidos en 1607. A mediados del siglo XIX, se procedió a su derribo dentro de las obras de ampliación de la Puerta del Sol, donde se encontraba.
De las residencias palaciegas, cabe mencionar la de Alonso Gutiérrez de Madrid, tesorero del emperador, cuya estructura fue aprovechada, durante el reinado de Felipe II, para la fundación del Monasterio de las Descalzas Reales. El Palacio de los condes de Paredes de Nava o Casa de San Isidro, donde tiene sus instalaciones el Museo de los Orígenes, se encuentra en la plaza de San Andrés, que fue construido en el solar de un antiguo edificio donde, vivió Iván de Vargas, quien, en el siglo XI, dio alojamiento y trabajo a san Isidro, y que data de la primera mitad del siglo XVI. La Casa de Cisneros data del año 1537 y está construida en estilo plateresco. Situada entre la calle del Sacramento y la plaza de la Villa, su primer propietario fue Benito Jiménez de Cisneros, sobrino del cardenal Cisneros, de quien toma su nombre.
En 1561, el rey Felipe II estableció la Corte en Madrid, lo que provocó un aumento vertiginoso de la población vertiginoso. Para hacer frente a este crecimiento demográfico, el Concejo de Madrid, respaldado por la Corona, elaboró un proyecto de ordenación urbanística, consistente en la alineación y ensanchamiento de calles, el derribo de la antigua muralla medieval, la adecuación de la plaza del Arrabal (antecedente de la actual Plaza Mayor) y la construcción de hospitales, hospicios, orfanatos, instalaciones de abastos y templos religiosos. Felipe II puso al frente de este ambicioso plan al arquitecto Juan Bautista de Toledo. Pero, la falta de medios y el desinterés mostrado por la Corona para aportar recursos ralentizaron su desarrollo. Como consecuencia, se produjo un crecimiento urbano rápido y desordenado, preferentemente hacia el este del centro histórico, dada la accidentada orografía de la parte occidental, orientada a los barrancos y terraplenes del valle del río Manzanares. Los nuevos edificios se fueron construyendo siguiendo la dirección de los caminos que partían de la villa y, a su alrededor, surgió un entramado de calles estrechas. El camino que conducía hasta Alcalá de Henares (actual calle de Alcalá) capitaneó el crecimiento hacia el este; al igual el que llevaba a San Jerónimo el Real, sobre el que se originó la carrera de San Jerónimo; por el sudeste, la expansión tomó como eje principal el camino del santuario de Nuestra Señora de Atocha (actual calle de Atocha); mientras que, hacia el sur, las nuevas casas se alinearon alrededor del camino de Toledo (calle de Toledo) y; por el norte, la referencia urbanística estuvo marcada por los caminos de Hortaleza y de Fuencarral, aunque por estos dos últimos lados de la ciudad, el crecimiento fue más moderado.
La intensa actividad inmobiliaria de este periodo, no fue suficiente para satisfacer la demanda de viviendas, por parte de cortesanos y sirvientes de la Corona. Situación que llevó al monarca a promulgar el edicto Regalía de Aposento, mediante el cual los propietarios de inmuebles de más de una planta estaban obligados a ceder una de ellas a una familia cortesana. Este decreto favoreció el desarrollo de las llamadas casas a la malicia, un tipo de vivienda con el que sus propietarios intentaban evitar el cumplimiento de la norma, mediante diversas soluciones. En 1590, la Corona y el Concejo crearon la Junta de Policía y Ornato, organismo presidido por el arquitecto Francisco de Mora, con el que se intentó poner fin a los desarreglos urbanísticos provocados por la rápida expansión de la ciudad.
Felipe II promovió la realización de diferentes infraestructuras urbanas, tal es el caso del Puente de Segovia, la calle Real Nueva (actual calle de Segovia) y la Plaza Mayor. Las dos primeras formaban parte del mismo plan, consistente en la creación de una gran avenida, que, salvando el río Manzanares por el oeste, conectase el antiguo camino de Segovia con el Real Alcázar. Finalmente, sólo pudo ejecutarse el puente, atribuido a Juan de Herrera, mientras que la avenida quedó reducida a unas nivelaciones del terreno sobre el barranco del arroyo de San Pedro y al derribo de varios edificios, que dieron origen a la calle de Segovia, terminada en 1577. Con respecto a la Plaza Mayor, levantada sobre la antigua plaza del Arrabal —por aquél entonces, centro comercial de la villa—, el monarca encargó su diseño, en el año 1580, a Juan de Herrera. Se demolieron los edificios primitivos y dieron comienzo, en 1590, las obras de la Casa de la Panadería, proyectada por Diego Sillero. Pero sería su sucesor, Felipe III, quien diera el impulso definitivo al recinto. Felipe II continuó con las reformas y ampliaciones del Real Alcázar, además ordenó la construcción, en las inmediaciones del palacio, de la Casa del Tesoro, las Caballerizas Reales y la Armería Real. Pero tal vez su proyecto más personal fuese la Casa de Campo, a la que convirtió en un recinto palaciego y ajardinado para su recreo. Se debe a un diseño de Juan Bautista de Toledo, a modo de conexión con el Monte de El Pardo. Fueron levantados distintos edificios religiosos y civiles: el Monasterio de las Descalzas Reales que fue fundado en 1559 por Juana de Austria, hermana del monarca, y en 1561 comenzaron las obras del Convento de la Victoria, que, como aquel, estuvo muy vinculado con la Corona. En 1583 abrió sus puertas el corral de comedias del Teatro del Príncipe (en cuyo solar se levanta ahora el Teatro Español). En 1590, fue inaugurado el Colegio de María de Córdoba y Aragón (actual Palacio del Senado), que toma su nombre de una dama de la reina Ana de Austria, principal impulsora del proyecto. Entre los palacios nobiliarios, destacaremos, en la plaza del Rey, la Casa de las Siete Chimeneas, actual sede del Ministerio de Cultura, cuyo primer propietario fue Pedro de Ledesma, secretario de Antonio Pérez, el cual tenía su casa en la calle de Atocha, mientras que, en la plaza de la Paja se encontraba el Palacio de los Vargas.
Llegamos así al reinado de Felipe III, quien en 1601, pocos después de subir al trono, retiro la capitalidad a Madrid, trasladándola a Valladolid; aunque Madrid consiguió recuperarla cinco años después, tras pagar a la Corona 250.000 ducados y el compromiso por parte del Concejo de abastecer de agua potable al Real Alcázar, entre otras infraestructuras. Con tal fin, se realizaron los denominados viajes de agua (conducciones desde manantiales cercanos a la villa), entre los cuales cabe destacar el de Amaniel. De ellos también hubo otros beneficiarios, a través de las fuentes públicas. En 1617, se creó la Junta de Fuentes, encargada de su mantenimiento y conservación. Se proyectaron numerosos edificios religiosos y civiles, algunos de los cuales serian inaugurados por Felipe IV. Es el caso de la Colegiata de San Isidro; la nueva fachada del Real Alcázar, obra de Juan Gómez de Mora; y del Convento de los Padres Capuchinos, en El Pardo, fundado por el rey en 1612. Las nuevas edificaciones se construyeron con mayor calidad arquitectónica que anteriormente, al tiempo que se imponía un estilo propio, típicamente madrileño, de aire clasicista y con clara influencia herreriana, aunque también se observan rasgos prebarrocos. Además, se establecieron arquetipos arquitectónicos, así en las casas palaciegas, quedaron definidos por un trazado de planta rectangular, dos o más alturas de órdenes, portadas manieristas, cubiertas abuhardilladas de pizarra y torres cuadrangulares con chapiteles rematados en punta, en la línea escurialense. Este esquema, es uno de los que mejor definen la arquitectura madrileña de los Austrias, con ejemplos tan notables como las Casas de la Panadería y de la Carnicería, en la Plaza Mayor; el Palacio del marqués de Camarasa, en la calle Mayor; el proyecto de reconstrucción del Palacio Real de El Pardo, incendiado el 13 de marzo de 1604; y la ya citada fachada del Real Alcázar.
Por su parte, el Palacio de los Consejos (también llamado del duque de Uceda) es un precedente en lo que respecta a la organización del espacio y fachadas, aunque carezca de las torres herrerianas. Diseñado por Francisco de Mora, contó con la colaboración de Alonso de Trujillo, realizándose entre 1608 y 1613.
En lo referente a los templos religiosos, en la mayoría de ellos se utilizó como referencia el modelo jesuítico, de planta de cruz latina, con origen en la Iglesia del Gesú en Roma; la Colegiata de San Isidro, que, diseñada en tiempos de Felipe III, fue terminada con Felipe IV. Pero, entre todos, merece mención especial el Real Monasterio de la Encarnación, fundado por Margarita de Austria, esposa del rey. Su fachada, es obra de Juan Gómez de Mora —aunque puede que fuera proyectada por su tío, Francisco de Mora—, una de las más imitadas en la arquitectura castellana del siglo XVII y buena parte del XVIII.
La lista de edificios religiosos levantados durante el reinado de Felipe III es amplia: el Convento de San Ildefonso de las Trinitarias Descalzas (Trinitarias), del año 1609, situado en el Barrio de las Letras y en él fue enterrado Miguel de Cervantes; el Convento del Santísimo Sacramento, fundado en 1615 por Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda, valido del rey, del que sólo se conserva su iglesia (actual Catedral Arzobispal Castrense), levantada en tiempos de Carlos II; el Monasterio del Corpus Christi o de las Carboneras y la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, empezados en 1607 y 1611, respectivamente, y ambos se deben a Miguel de Soria; la Iglesia de San Antonio de los Alemanes, de 1606, una de las más singulares del primer tercio del siglo XVII, por su planta oval; las iglesias de San Ildefonso en 1619 y de los Santos Justo y Pastor, hacia 1620, se encuentran entre las últimas fundaciones religiosas llevadas a cabo antes de la muerte del monarca en 1621. La primera, destruida durante la Guerra Civil Española, fue reconstruida en la década de 1950.
Pero, sin duda, el proyecto más importante realizado por Felipe III fue la Plaza Mayor, en 1619, cuando finalizó las obras, iniciadas por su antecesor, con un nuevo diseño, obra de Juan Gómez de Mora, arquitecto que también fue responsable de la Casa de la Panadería, la cual preside el conjunto, si bien su aspecto actual corresponde a la reconstrucción realizada por Tomás Román, tras el incendio acaecido en 1672. Además de este recinto, se adecuaron otras plazas, como la de la Cebada y la desaparecida de Valnadú, esta última resultado de la demolición en 1567 de la puerta homónima. Otro de sus logros fue la reorganización de las riberas del río Manzanares y del Real Camino de Valladolid.
No podemos obviar la escultura, donde destaca la estatua ecuestre del propio rey, traída desde Italia como obsequio del Gran Duque de Florencia. Realizada en bronce, fue comenzada por Juan de Bolonia y terminada, en 1616, por su discípulo, Pietro Tacca. Estuvo emplazada en la Casa de Campo, pero en 1848, fue trasladada, por orden de Isabel II, al centro de la Plaza Mayor, donde actualmente se exhibe.
Felipe IV, ha sido considerado un mecenas de las letras y de las artes, principalmente de la pintura. Durante su reinado, Madrid se convirtió en uno de los principales focos culturales de Europa y donde se fraguaron muchas de las grandes creaciones del Siglo de Oro español. La ciudad albergó la mayor parte de la colección pictórica del monarca, una de las más importantes de la historia del coleccionismo español. En cuanto a la arquitectura, se levantaron numerosos edificios, al tiempo que se construía una nueva residencia real cerca del Prado de los Jerónimos, el Palacio del Buen Retiro desplazó hacia el este gran parte de la actividad política, social y cultural de la villa, que, hasta entonces, gravitaba alrededor del Real Alcázar, situado en el extremo occidental.
La arquitectura palaciega de este periodo siguió el modelo post-escurialense, de rasgos barrocos, que comenzó con Felipe III. Este aparecía en su estado más puro en el desaparecido Palacio del Buen Retiro, cuyo origen fue el Cuarto Real, un anexo del Monasterio de los Jerónimos, que, desde tiempos de los Reyes Católicos, era frecuentado por la realeza para su descanso y retiro.
Siguiendo una iniciativa del Conde-Duque de Olivares, en 1632 Felipe IV ordenó al arquitecto Alonso Carbonel la ampliación del recinto y su conversión en residencia veraniega. El palacio fue concebido como lugar de recreo, función remarcada mediante una configuración articulada alrededor de dos grandes patios, diseñados a modo de plazas urbanas. La Plaza Principal reservada a la Familia Real, mientras que la Plaza Grande, de mayores dimensiones, era utilizada para la celebración de fiestas, actos lúdico-culturales y eventos taurinos. La Plaza Principal, se concluyó en 1633, un año después de realizarse el encargo, mientras que, las obras de la Plaza Grande, el Picadero, el Salón de Baile, el Coliseo y los jardines se prolongaron hasta 1640.
Durante la Guerra de la Independencia, el recinto sufrió graves desperfectos, siendo demolido durante el reinado de Isabel II, ante la imposibilidad de recuperarlo. Sólo se conservan el Salón de Reinos y el Salón de Baile (Casón del Buen Retiro), con importantes transformaciones con respecto al diseño original. En lo que respecta a los jardines, el Parque de El Retiro hereda el trazado de la época de Felipe IV, aunque su fisonomía actual responde a múltiples remodelaciones de periodos posteriores, principalmente en los siglos XVIII y XIX; aunque aún se mantienen el Estanque Grande y la Ría Chica.
Además del Buen Retiro, el monarca mostró su predilección por el Real Sitio de El Pardo, donde mandó construir el Palacio de la Zarzuela, actual residencia de la Familia Real, y la ampliación de la Torre de la Parada, partiendo de un diseño de Juan Gómez de Mora, erigido como pabellón de caza por Felipe II y que resultó completamente destruido en el siglo XVIII.
Dos interesantes exponentes de la arquitectura civil, son el Palacio de Santa Cruz y la Casa de la Villa, ambos proyectos de Juan Gómez de Mora en el año 1629. El primero albergó la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y la Cárcel de Corte y, en la actualidad, acoge al Ministerio de Asuntos Exteriores. Se estructura se ciñe alrededor de dos patios cuadrangulares simétricos, unidos mediante un eje central que sirve de distribuidor y acceso al edificio. La horizontalidad de su fachada principal, que da a la Plaza de la Provincia, queda rota por los torreones laterales de inspiración herreriana y la portada con dos niveles de triple vano. Fue terminado en 1636, siendo objeto de diversas reformas en siglos posteriores. En lo que respecta a la Casa de la Villa fue diseñada como sede del gobierno municipal y Cárcel de Villa. Sus obras comenzaron en 1644 y finalizaron en 1696. Junto a Gómez de Mora, colaboraron José de Villarreal, a quien se debe el patio central, Teodoro Ardemans y José del Olmo.
Entre las residencias nobiliarias, figuran el Palacio del duque de Abrantes, construido por Juan Maza entre 1653 y 1655 y transformado en el siglo XIX, y el Palacio de la Moncloa, erigido en el año 1642, por iniciativa de Melchor Antonio Portocarrero y Lasso de la Vega, conde de Monclova y virrey del Perú, su primer propietario. La estructura actual corresponde a la reconstrucción y ampliación llevadas a cabo en el siglo XX, tras los daños sufridos durante la Guerra Civil.
La arquitectura religiosa del reinado de Felipe IV presenta dos fases, coincidentes con los procesos evolutivos que se dieron en el arte barroco español a lo largo del siglo XVII. En la primera del siglo, se mantuvo la austeridad arrastrada del estilo herreriano, con escasos y calculados motivos ornamentales, salvo en los interiores, que, sin embargo, aparecían profusamente decorados; mientras que, en la segunda mitad del siglo, el gusto por las formas favoreció un progresivo alejamiento del clasicismo y la incorporación de motivos naturalistas en las fachadas. Dentro de la primera corriente, denominada barroco clasicista, se encuentran la Colegiata de San Isidro, la Ermita de San Antonio de los Portugueses y el Convento de San Plácido.
La Colegiata de San Isidro fue fundada como iglesia del antiguo Colegio Imperial. El templo se debe a un proyecto del jesuita Pedro Sánchez de hacia 1620, iniciándose su construcción en 1622. A su muerte, en 1633, se hará cargo de la obra el hermano Francisco Bautista junto con Melchor de Bueras. Es de planta de cruz latina y destaca por su fachada monumental, realizada en piedra de granito y flanqueada por dos torres. Fue la catedral provisional de Madrid desde 1885 hasta 1993.
La Ermita de San Antonio de los Portugueses que estuvo ubicada en una isla artificial, en medio de un estanque lobulado, dentro de los Jardines del Buen Retiro. Fue edificada entre 1635 y 1637 por Alonso Carbonel y derribada en 1761, para levantar, sobre su solar, la Real Fábrica de Porcelana de la China, también desaparecida. Su torre cuadrangular, rematada con chapitel herreriano, y su suntuosa portada, configurada por cuatro grandes columnas de mármol blanco y capiteles de mármol negro, eran sus elementos más notables.
El edificio del Convento de San Plácido, obra de Lorenzo de San Nicolás, que data de 1641. La decoración interior es la parte más sobresaliente y en él se conserva un Cristo yacente de Gregorio Fernández.
Conforme avanzaba el siglo XVII, los exteriores sobrios fueron perdiendo vigencia y se impuso un estilo plenamente barroco, sin apenas concesiones al clasicismo. Esta evolución se puede apreciar en la ya citada Casa de la Villa, que, dado su prolongado proceso de construcción (el diseño es de 1629 y el edificio se terminó en 1696), fue incorporando diferentes elementos ornamentales en su fachada clasicista, acordes con las nuevas tendencias.
La Capilla de San Isidro es un claro ejemplo del apogeo del barroco. Construida como un anejo de la iglesia de origen medieval de San Andrés para albergar los restos mortales de san Isidro, la primera piedra se puso en 1642, partiendo de un proyecto de Pedro de la Torre. En 1657, José de Villarreal realizó un segundo proyecto, cuyas obras fueron inauguradas por Felipe IV y su esposa Mariana de Austria, para ser terminada en 1699.
Junto a la basílica neoclásica de San Francisco el Grande (del siglo XVIII), se halla la Capilla del santo Cristo de los Dolores para la Venerable Orden Tercera de San Francisco, realizada por el arquitecto Francisco Bautista. En su interior sobresale la decoración barroca, con especial mención al baldaquino, hecho en maderas, jaspes y mármoles, donde se guarda la talla del Cristo de los Dolores.
El Convento de Nuestra Señora de la Concepción o de las Góngoras es otro ejemplo del barroco madrileño. Debe su nombre a Juan Jiménez de Góngora, ministro del Consejo de Castilla, quien procedió a su creación, por encargo del rey, como ofrenda por el nacimiento de su hijo Carlos (Carlos II). Fue inaugurado en 1665 y ampliado en 1669, según un proyecto de Manuel del Olmo.
Cabe destacar la reconstrucción de la Iglesia medieval de San Ginés, llevada a cabo, a partir de 1645, por el arquitecto Juan Ruiz. Es de planta de cruz latina, de tres naves, con crucero y cúpula.
Las numerosas fundaciones religiosas llevadas a cabo con Felipe IV generaron una importante actividad escultórica. Hacia 1646 se estableció en la Corte Manuel Pereira, a quien se debe el retablo de la Iglesia de San Andrés, desaparecido durante la Guerra Civil, y la estatua de San Bruno, considerada una de sus obras maestras, conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Fuera del ámbito religioso, la producción escultórica se desarrolló a través de la ornamentación de calles y plazas, mediante la construcción de fuentes artísticas, como la Fuente de Orfeo, un diseño de Juan Gómez de Mora, que fue terminada en 1629, y los encargos reales, entre los que sobresale la estatua ecuestre de Felipe IV. Es esta la primera escultura a caballo del mundo en la que éste se sostiene únicamente sobre sus patas traseras. Obra de Pietro Tacca, quien trabajó sobre unos bocetos hechos por Velázquez, contando con el asesoramiento de Galileo Galilei. Estuvo inicialmente en el Palacio del Buen Retiro y, en tiempos de Isabel II, fue trasladada a la Plaza de Oriente.
Felipe IV ordenó la construcción de una cerca alrededor del casco urbano, mediante la cual quedaron establecidos los nuevos límites de la villa. Desde la fundación de Madrid en el siglo IX, había sido costumbre cercar el caserío, bien con una finalidad defensiva (murallas musulmana y cristiana), bien para el control fiscal de los abastos e inmigración (cerca medieval de los arrabales y Cerca de Felipe II). La Cerca de Felipe IV impidió la expansión horizontal de Madrid hasta bien entrado el siglo XIX, cuando fue demolida y pudieron acometerse los primeros ensanches; y, además, favoreció un crecimiento vertical, dando lugar a las corralas, viviendas dispuestas en varias alturas y organizadas en corredera, alrededor de un gran patio común. De la citada cerca, realizada en ladrillo y mampostería, aún se mantienen en pie algunos restos, como los situados en la Ronda de Segovia, en los alrededores de la Puerta de Toledo.
El Puente de Toledo es otro de los proyectos urbanísticos impulsados por Felipe IV. Su función era enlazar directamente el casco urbano con el camino de Toledo, salvando el río Manzanares. Fue construido por José de Villarreal entre 1649 y 1660, a partir de un proyecto de Juan Gómez de Mora. Destruido el puente por una riada en 1671, durante el reinado de Carlos II, se levantó uno nuevo, que también desapareció de igual manera. La estructura actual, corresponde al primer tercio del siglo XVIII y es obra de Pedro de Ribera.
Con la llegada al trono de Carlos II, se frenó el ritmo constructor del reinado anterior, sobre todo en lo que respecta a las edificaciones civiles. Entre éstas, tan sólo cabe mencionar la realizada en 1680: Puerta de Felipe IV, que fue erigida en honor a María Luisa de Orleáns, primera esposa de Carlos II. Trazada por Melchor Bueras, estuvo inicialmente emplazada en la Carrera de San Jerónimo, hasta su traslado, a mediados del siglo XIX, a la calle de Alfonso XII, donde sirve de acceso al Parque de El Retiro.
En cuanto a las fundaciones religiosas, se levantaron algunos templos que abandonaron el aspecto austero de la primera mitad del siglo XVII e incorporaron las tendencias barrocas. Es el caso de la Iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, que forma parte del convento del mismo nombre. Fue trazada en el año 1668 por el arquitecto Sebastián Herrera Barnuevo, si bien su proyecto fue transformado por Gaspar de la Peña, Juan de Torija, Pedro de la Torre, Francisco Aspur y Pedro de Ribera, que intervinieron, en diferentes fases, hasta la conclusión del conjunto en 1720. El edificio destaca por su exterior profusamente ornamentado, en especial la torre que flanquea uno de sus lados, con abundantes motivos naturalistas en su parte superior y alrededor de los vanos. El gusto por las formas también está presente en la Iglesia de las Calatravas, situada en la calle de Alcalá. Es un diseño de fray Lorenzo de San Nicolás, terminado por Isidro Martínez y Gregorio Garrote. Presenta planta de cruz latina y, en su crucero, se alza una cúpula con tambor de ocho vanos, cuatro abiertos y cuatro cegados. La capilla mayor está adornada con un retablo de José Benito de Churriguera, realizado en tiempos de Felipe V.
Del Monasterio del santísimo Sacramento, fundado por Cristóbal Gómez de Sandoval en la época de Felipe IV, sólo se conserva su iglesia, actual Catedral Arzobispal Castrense. El templo se construyó con Carlos II, entre 1671 y 1744, a partir de un proyecto firmado por Francisco Bautista, Manuel del Olmo y Bartolomé Hurtado García. Su fachada, labrada en sillares de granito, se estructura en tres niveles horizontales y está rematada por un frontón circular. La decoración exterior consiste en diferentes molduras que recorren los vanos, con motivos naturales, y en un relieve dedicado a san Benito y san Bernardo, instalado en el nivel intermedio.
Pese a las corrientes barrocas del momento, el Convento de las Comendadoras de Santiago se aproxima más al arquetipo arquitectónico de la primera mitad del reinado de Felipe IV, caracterizado por su sobriedad. El edificio, que empezó a construirse en 1667, destaca por su iglesia, de planta de cruz griega, fachada inspirada en el modelo del Real Monasterio de la Encarnación y torres con chapiteles herrerianos en los lados.
Y con esto ponemos fin a la descripción —bastante extensa— de este importantísimo barrio de Madrid.