Benjamin Black: El otro nombre de Laura

Publicado el 09 abril 2014 por Francisco Ortiz
   
   No son pocos los que aseguran que el mejor escritor de novela negra que ha existido jamás es Benjamin Black, seudónimo del gran escritor irlandés John Banville. Quizá ningún otro ha escrito tan bien dentro del género, ni ha creado personajes tan bien definidos ni escenas tan sólidas, con una base literaria de tan alta escuela. No puede negarse que el género ha sido practicado en exceso por autores que se acercaron a él y ya nunca lo dejaron y levantaron algunos muros que ahogaron sus propios logros. Con la aparición de Black/Banville la novela negra ha dado un paso de gigante en su valoración académica, sumando un nuevo hito que supera incluso al anterior, cuando con Ross Macdonald la novela negra entró en la universidad para ser estudiada y tenida en cuenta de manera seria y permanente.    El otro nombre de Laura es la segunda novela del ciclo que Black dedica a Quirke, forense inmerso en una crisis vital aplastante. Lo más destacable de este buen libro es la manera en que el autor mueve a sus personajes, tanto física como emocionalmente, por una historia de amor, pasión y muerte, elementos que aparecen en algunas novelas negras y en muchas tragedias. No es fácil a estas alturas sorprender con argumentos titiriteros que no sean al final una caja vacía o llena de simple humo, y no es menos cierto que la novela negra de calidad no fía al descubrimiento del asesino la pasmación de sus mejores virtudes. Black lo sabe y por eso se decanta por la indagación en los personajes y sus móviles, sus desesperanzas y miedos y anhelos. Y para eso levanta un escenario -la Irlanda de los 50 del pasado siglo- tan creíble que ya no solo parece real, sino solo suya, literariamente suya, quiero decir, como los mundos de Borges son solo suyos, o los de Bradbury o los de Poe: mundos que nacen para una literatura y se vuelven inmortales en la obra de un autor no menos inmortal, sin que importe si han sido captados/atraídos de un mundo reconocible o tan solo imaginado. Y en ese escenario inserta a varias desarraigadas, incrédulas almas en pena y aún inocente búsqueda que a ratos se dejan embelesar y hasta se entregan a otras almas, pero son amargamente sabedoras de que en el fondo todo apunta a la pérdida y a la soledad última si no se encuentra un remedio que acerque a la comunicación sincera.  Lo que hace de esta novela magníficamente planeada y escrita una excelente novela negra, el canto melodioso de un poeta desengañado y lúcido, ávido transmisor de belleza y de tristeza, de verdad y consecuencia.