Pues bien, al final está el final. O mejor, el comienzo. Ya ha dado vd. un punto final a su vida y a su obra (¡Qué jodido, por si acaso, te dejas ahí una misteriosa caja!). Digamos que su vida acaba con puntos suspensivos.
La novela no se lee hasta que se acaba. Es el momento, ahora que se ha acabado, de empezar por el principio. No sé cómo se las apañó, deduzco que la suya era una de esas inteligencias poco comunes: no es vd. un director de cine, es un director de orquesta. En sus películas los actores no interpretaban un papel sino una partitura. Como movidos por una mano firme y a la vez elegante, los personajes de sus películas se mueven según la sinfonía de la vida, dotando a los papeles de una realidad pura, ni cargada de un drama eterno, ni de una alegría desbordante.
En fin, para vosotros, mortales, es el adiós al subversivo, al cínico, al libertario transformado en libertino. ¿Qué vamos a hacer ahora que en el paraíso reinarán la subversión, el cinismo -¡el cineísmo!- y el libertinaje?