−¿Así está bien, señor, o lo cargo un poco más? –Pregunté mientras decidía si era un cliente propicio.
−Amigo, deja la botella de whisky aquí y estará estupendo.
Su respuesta me convenció y después de beberse cuatro chupitos sin apenas concederse un descanso me entrometí.
−Perdóneme señor pero… tan temprano, ¿por qué quiere emborracharse?
−No creo que sea asunto tuyo, camarero.
−Me va a disculpar pero sí que lo es, ¿y sabe por qué?
−Evidentemente no, y tampoco me importa, pero me temo que me vas a venir con la cantinela de que el alcohol te destrozó la vida.
Sonreí. Luego dije:
−Teme mal. Recopilo historias. Observo con atención a los clientes y cuando encuentro uno interesante, sencillamente le pregunto por esa historia que lleva encima. Algunos no queréis contar nada, otros me mandáis a la mierda, pero unos pocos os animáis y yo os escucho. Luego os escribo y quedáis en mis cuadernos. Allí os colecciono.
−No quiero ser maleducado pero, ¿por qué no te vas a la mierda?
Le pedí disculpas y me fui al otro extremo de la barra. Él siguió con su White Label. Era cuestión de tiempo. Quince minutos más tarde me llamó.
−¿Acaso me ayudaría en algo contarte mi historia, ya lo hice otras veces y a profesionales, y no me ha servido de gran ayuda?
−Yo no dije que contarlo fuese a ayudarle. Pero tiene razón, es una tontería lo que hago, no se moleste.
Volví a alejarme. El bar estaba vacío y pensé que podría escucharle sin una sola interrupción. Un chupito más tarde volvió a llamarme.
−Ven aquí de una maldita vez y no te hagas de rogar. Bien sabes que entre tú y la botella me tenéis atrapado ¡Pero no esperes una gran historia!
−Eso no debe juzgarlo usted y tampoco yo. Sería trabajo de quien lo leyera cuando lo escriba después de que me lo cuente, pero no se lo enseño nunca a nadie.
−Hablas raro, supongo que lo sabes.
Le invité a que empezara con un gesto de mi mano. Me obedeció, en su tono había cierta agresividad.
−¿Qué día es hoy?
−Lunes.
−Lunes ¿qué?
−Lunes veintinueve de febrero del 2016, señor.
−Eso es más preciso. Y no hay mejor fecha para hacer una promesa, y quien dice promesa dice propósito. Hoy hace doce años que soy esclavo de mi palabra.
Se calló y le serví otro vaso, su lengua necesitaba otro tirón. Sirvió
−Mi mujer me obligó a prometer que dejaría el alcohol, me lo pidió en bisiesto y se le ocurrió concederme una borrachera cada cuatro años. Acepté porque tiene la sonrisa más bonita que veré nunca. Y supongo que esta es toda mi historia.
Se sirvió otro chupito, yo ya había perdido la cuenta. No le detuve. Estaba seguro de que no había acabado. Me miró con los ojos enrojecidos y continuó con voz pastosa.
−¡Diablos, tal vez no sea la historia más interesante que hayas oído nunca, pero tú empezaste y llegaré hasta al final! Tenía la sonrisa más bonita y con ella espantó el rostro más feo de la enfermedad. En sus últimos meses yo me di a la bebida porque no podía verla sufrir de ese modo, sin embargo ella se mantuvo firme, agradecida al hecho de seguir respirando. Murió a los pocos días de mi promesa y desde entonces sigo atado a la palabra que le di… y te aseguro que hoy pienso emborracharme hasta caer al suelo.
Fue a por otro chupito pero le retiré el vaso. Me miró, por un segundo nos retamos. Habló con voz lastimera.
−Me he vuelto a casar. Algunos días hasta consigo olvidarme de ella. La sigo venerando pero trato de no hacer daño a mi segunda esposa… ¿Sabes lo que he aprendido? Que la vida mata pero hasta que lo hace hay que vivir. Y ahora cóbrame que necesito emborracharme en el próximo bar.
Le acerqué la botella de whisky hasta su mano temblorosa y le dije:
−Ya me has pagado, amigo.
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