Botatung (2)

Por Tiburciosamsa

II

La expedición que fuera comercial e intentaba convertirse en turística, estaba compuesta, como se ha dicho, por tres personas. Una de ellas, la de mayor edad, de unos 45 años, respondía al angélico nombre de Rafael, poco acorde con su interés en la comercialización de los deletéreos instrumentos que se agolpaban en el lujoso catálogo. Tenía el rostro partido por un impresionante bigote de puntas meticulosamente rizadas que parecían ponerle la nariz entre paréntesis, a pesar de soportar el peso de unas gafas redondas de cristales sensibles al sol. Se tocaba con un sombrero de ala bastante ancha, que dejaba escapar una mata de pelo que constituía la envidia de sus dos acompañantes.Llevaba una sahariana abierta hasta la mitad del pecho, dejando entrever un torso velludo salpicado por algunas canas, ceñida por un cinturón de aspecto vagamente militar. Completaban su indumentaria unos pantalones holgados con muchos bolsillos, de color caqui unpoco más oscuro que la sahariana, y unas botas tobilleras con cordones. El otro miembro de la misión comercial, de nombre Luis, más joven, lucía unas entradas más que incipientes y su atuendo era de corte más civil que el de Rafael. Delgado, de rostro estrecho y mandíbula algo huidiza, caminaba con pasos largos y decididos. Estaba a punto de suceder a Rafael al frente de la delegación empresarial y el viaje era para él una especie de puesta de largo en el sector; en cuanto al tercero, el encargado de las presentaciones oficiales, Jaime, era de estatura mediana, cara redonda, también con lentes, y un cráneo a medias despoblado, vivo testimonio de la derrota sufrida por el pelo en su batalla contra la calvicie. Llevaba un traje de verano de color claro, con unas mangas largas de las que apenas asomaban las puntas de los dedos, lo que intentaba contrarrestar impulsando los brazos hacia delante para permitir la salida de unas manos cortas y regordetas. Tenía un cierto aire de despiste, acentuado por los ojos apagados detrás de las gafas de gruesos cristales y se movía arrastrando un poco los pies, como con desgana. Estaba próximo a la cuarentena, como el más joven de los comerciantes y el vientre empezaba a asomarle un poco por encima del cinturón; a veces, se subía el pantalón como si no hubiera decidido aún si cubrirse el vientre con él opermitir a la incipiente barriga desbordarse por encima del cinturón. Imbuido de su anterior misión de presentador oficial, parecía dispuesto a continuar representándola, por lo que se acercó al viejo, que continuaba barriendo ajeno a la llegada de los tres extraños, concentrado en el lento movimiento de la escoba, un instrumento de mango corto que manejaba con una sola mano, avanzando lentamente ante la puerta.Jaime se puso ante él, obligándole a levantar la vista del suelo para averiguar qué obstáculo se interponía al avance de su escoba. Miró a los tres visitantes y sonrió lentamente, esperando la pregunta. Jaime, hablando muy despacio, preguntó por Madre Victoria, y el viejo, sin dejar de sonreír, movió la mano libre hacia la puerta y bajó de nuevo la vista a la vez que reanudaba el movimiento de la escoba.

Jaime, seguido por los otros dos, enfiló el arco de piedra, coronado por una virgen de aspecto vagamente oriental, y entró en el asilo mientras el viejo continuaba barriendo ahora a su espalda, con el mismo movimiento lento y concentrado, pasando las briznas de la escoba lentamente sobre las junturas de las losas, por las que asomaban pequeños penachos de hierba.

Tras el zaguán, el asilo se abría a un claustro vagamente gótico en que el austero ladrillo rojo y las nervaduras de piedra contrastaban con la vegetación tropical. Jaime se dirigió a una novicia, que, sonrisa en ristre, partió en busca de la colectiva Madre Victoria, regresando al cabo de un rato con una monja bajita, con un hábito gris y toca del mismo color. La recién llegada se presentó como Sor Ignacia, y estrechó la mano de los visitantes. Hablaba español con cierta dificultad, como si se asombrara de poder seguir entendiéndose en un idioma que había dejado de utilizar cotidianamente. Tenía unos sesenta años, la cara surcada de arrugas e iluminada por una sonrisa beatífica, que le prestaba al rostro esa alegría que da el ejercicio constante de una fe aceptada de forma total, sin reticencia alguna, una fe utilizada como depósito de cualquier preocupación y panacea indiscutible contra los males del mundo; sonrisa de confianza infantil, de completa aquiescencia a una obediencia libremente asumida que se convertía en permanente reválida de la libertad de elección. Se movía con ligereza, como si el depósito de las preocupaciones en una instancia superior le concediera una levedad que la hacía casi ingrávida. Recibió las noticias del país que había abandonado hacía casi medio siglo con curiosidad infantil, con una mezcla de asombro y seguridad en los designios de una Providencia inescrutable por definición. Guió a los recién llegados por el claustro y entraron juntos en una habitación pequeña, con la pintura descascarillada, presidida por un cromo de San Francisco de Asís enmarcado en madera oscura. Invitó a los visitantes a sentarse a una mesa cuadrada en el centro de la habitación y se sentó a su vez, con las manos cruzadas sobre la mesa y el torso inclinado hacia delante, dispuesta a escucharles. La puerta se abrió y entró otra religiosa, de edad avanzada y con la misma alegría ingenua reflejada en la cara. Las dos monjas escucharon las noticias de su país, tan lejano en el espacio y en el tiempo, y una novicia nativa trajo unas tazas pequeñas de té chino, fragante y humeante.

La ingenuidad de las religiosas, su aspecto infantil, desarmó a los visitantes, que, en aquella habitación presidida por el Santo de Asís, no se encontraban con valor para indagar sobre las posibilidades de cambio, auténtico motivo de su visita al asilo, pues un viajero anterior les había informado de que el chófer del asilo, ejercía de avezado cambista, conseguidor de piedras preciosas – el afamado rubí de sangre de pichón- y agente de viajes por el interior del país. Por fin, Jaime consiguió juntar el valor necesario para referirse al asunto con circunloquios que no hacían sino despertar la perplejidad de las religiosas, de forma que finalmente se vio obligado a expresarse con mayor claridad:

-No sé, hermana, tal vez usted pudiera indicarnos donde se puede cambiar...

La religiosa no experimentó sorpresa alguna. Con la misma voz dulce y sin apear la seráfica sonrisa dijo:

-¿Cambio hijo mío? Sor Josefa, ¿a cómo va el dólar?

-A cuarenta y dos, Madre.

Los tres viajeros respiraron aliviados y procedieron a sacar los dólares de la cartera, dispuestos a realizar en el asilo tan ventajoso cambio, pues el mercado oficial no pasaba de los ocho kyats por dólar. Sor Josefa se levantó y volvió poco después con un gigantesco fajo de billetes astrosos de baja denominación.

-Perdonad, pero ya sabéis que ahora solamente circulan estos billetes. Hay que ver, qué desastre, qué maldad...la última vez que lo hicieron le dejaban cambiar a la gente hasta dos mil kyats en billetes nuevos, pero esta vez, así, sin avisar, y no se puede cambiar nada. Esta misma mañana ha venido una feligresa con cuatro billetes, los ahorros de toda su vida, que de pronto se han convertido en papel mojado... Ay Señor, Señor... Y nosotras necesitamos dinero para los ancianos...

La hermana contaba el dinero como los banqueros, con el fajo apoyado sobre la mesa y separando los billetes con los dedos índice y medio, bajo la atenta mirada de su compañera ymusitando las cantidades a medida que los billetes pasaban rápidamente entre sus dedos. San Francisco sonreía beatíficamente desde la blanca pared, contemplando a sus dos devotas servidoras cambiar las divisas de aquel grupo formado en apariencia por un explorador ydos sujetos con corbata.Al término de la operación de cambio, Rafael, con una sonrisa algo untuosa, puso sobre la mesa doscientos dólares adicionales para ayudar al asilo. A veces ha de haber mercaderes en los templos.


Solucionada la apremiante cuestión del cambio, con beneficio para ambas partes contratantes, los viajeros ya más relajados, comentaron a las religiosas su intención de conocer el resto del país. La voz cantante correspondió ahora a Sor Ignacia, que inmediatamente se encargó de conseguir un vehículo que,soslayando la supervisión de la agencia oficial de turismo, pudiera transportar a los viajeros al interior del país, una vez descartada la posibilidad de utilizar los servicios de las líneas aéreas interiores, que no se caracterizaban precisamente por su extrema fiabilidad, ni en punto a horarios ni en lo tocante a la seguridad.

-Nada, ni se os ocurra ir en avión, que no se sabe nunca si llega ni cuándo llega. Aunque nuestro chófer no está, nosotras os conseguimos una furgoneta que os lleve a Mandalay o donde vosotros queráis, no faltaba más. Hay dos chicos musulmanes que se dedican a eso, y mañana mismo irán a buscaros al hotel. Mientras tanto, aquí hay que ver la Gran Pagoda y un centro de meditación interesantísimo, aquí al lado. Ahora mismo nos vamos para allá, que de verdad merece la pena.

Uniendo la acción a la palabra, loa religiosa se levantó, recogió los dólares de encima de la mesa mientras los visitantes guardaban sus astrosos billetes y todo el grupo salió de la habitación. De camino a la puerta, entraron en la pequeña capilla del asilo, donde Sor Josefa se apresuró a poner las divisas a buen recaudo, disimulándolas bajo una imagen de San José,de la vara florida, reclutado en esta ocasión para desempeñar las funciones de San Carlos Borromeo, celestial patrono de los banqueros, posiblemente por razones de coincidencia onomástica con la ecónoma del asilo.

El grupo salió del edificio; a la puerta, el anciano continuaba barriendo con parsimonia. Una de las monjas subió a una furgoneta de caja abierta y en ella se acomodó el resto del grupo menos Sor Josefa, que quedó a la puerta del asilo diciendo adiós con la mano. Sor Ignacia conducía con la misma confianza ciega en la Providenciaque lo hacía todo, y saltando alegremente sobre los baches, tomaron una pista de tierra y bajaron hacia un edificio blanco situado en la ladera de una colina. Al llegar, la monja aparcó la furgoneta y dirigió al grupo al interior. En patio un joven vestido de blanco andaba muy lentamente, concentrado en sus propios movimientos. El grupo entró en una sala grande, presidida por la estatura de tamaño natural de un monje budista envuelto en una túnica color teja. Se oía una continua salmodia que un grupo de occidentales, con túnicas blancas y la cabeza afeitada, escuchaba sentado en el suelo en posición de loto. De pronto, la salmodia se interrumpió y un monje se acercó a la estatua. Pulsó un resorte en la base de la estatua y se abrió una trampilla en el estómago del monje, revelando la existencia de una magnetofón de casette instalado en sus mismas entrañas. El bonzo, impasible, dio la vuelta al casette, cerró el estómago del monje y la salmodia volvió a resonar por el amplio salón. En silencio, la monja guió al grupo a una oficina casi desnuda de mobiliario, donde otro monje con gafas redondas les saludó en voz muy baja y, a instancias de la monja, explicóque el centro estaba dedicado a la meditación de acuerdo con las enseñanzas del fundador, un monje de reconocido prestigio que había ejercido su apostolado en Estados Unidos. Los estudiantes pasaban dos semanas en el Centro, practicando la meditación, única forma de conseguir un visado de estancia superior a una semana. Se practicaba tanto la meditación estática como la dinámica, un ejemplo de la cual era la especie de ballet lento que el grupo había contemplado a la entrada. Sor Ignacia explicó que el monje director y ella eran buenos amigos, y que ella misma había participado en uno de los cursos de meditación. Tras escuchar las explicaciones del director, los tres expedicionarios y la religiosa recorrieron las instalaciones del Centro y luego lo abandonaron. La monja les llevó al hotel y se despidieron.

El Hotel Strand, que fuera la joya del imperio hotelero de los hermanos Sarkis, dos emprendedores negociantes libaneses, no se habíasalvado de la decadencia. Su airosa estructura colonial reclamaba a gritos una mano de pintura que le devolviera su antiguo esplendor.En el interior se apreciaba el mismo deterioro, tanto en los salones, adornados con macetas polvorientas en que languidecían escuálidas palmeras, como en las habitaciones, grandes y de techos altos, con un mobiliario desvencijado que se mantenía entero por pura inercia. En el comedor, un amplio salón con arañas de cristal cubiertas de polvo, un decrépito camarero del tiempo de la colonia, escrupulosamente vestido de blanco, informó a los viajeros de que la cocina estaba cerrada. Los tres viajeros salieron a la noche tropical, y un taxista les indicó un restaurante cercano al aire libre. Bajo las ramas de un árbol, una mesa larga, corrida, con bancos de madera adosados, acogió a los tres viajeros que recibieron una serie de platos a cual más picante, mientras las cucarachas se paseaban tranquilamente por la mesa. Los comensales, respetuosos, se limitaban a ahuyentarlas con la mano, con cuidado de no aplastarlas.