Me ovillo abrazada a mis rodillas, parapetada bajo estas mantas, me hago aún más pequeñita de lo que soy. Quizá sea este frío invernal que me acobarda. Pocas horas por delante para dormir antes de que suene el despertador y muchos los pensamientos que me llevan una y otra vez hasta tu boca haciendo tarea imposible conciliar el sueño.
Cierro los ojos mientras me concentro en respirar lenta y profundamente, resuenan en mis oídos los latidos de mi corazón, intento calmar esta ansiedad devoradora. Quizá sea esta la manera que tiene mi cuerpo de echarte de menos. Insignificante sin ti. Vacía como la funda de un edredón olvidada en un armario.
Cambio de postura. Sería capaz de calcular la velocidad angular de las manecillas del reloj; el sonido del segundero cual grifo que gotea y lo llena todo, detalles que a tu lado paso por alto. Quizá me haces más falta de la que me permito aceptar. Dos y diez de la mañana, en breve pasará el camión de la basura, sí, no te rías, también le tengo pillada la hora.
Doblo la almohada, me aferro a ella e incluso me atrevo a echarle una pierna por encima, como si fueses tú. Sonrío al imaginarte convertido en algodón mullido y blandito. Quizá estoy peor de la cabeza de lo que imaginas. Aquí en mi soliloquio particular, insomne perdida, no como cuando estás a mi lado, que me duermo casi sin darme cuenta.
Y de repente siento el calor de tu pecho en mi mejilla, el roce de tu barba en mi cabeza, noto como tu respiración me acuna, una de tus manos acaricia mis lumbares, cierro los ojos, me dejo llevar, se me escapa un suspiro liberando tensiones de las que no era consciente ser presa.
Quizá sea que para lograr mi sueño te necesite. Quizá sea que te quiera de esa manera que describen los libros y poetas, quizá sea amor. Me siento caer al fin, liberada al confesarme a mí misma lo que verdaderamente siento…
Quizá seas tú el camino a la cumbre.
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