Nos acercamos al Festival de Cannes esta semana para ofrecer nuestra habitual mirada a las secciones paralelas que se encuentran al margen de la competición oficial. Entre los títulos que se presentan en secciones como la Quincena de Realizadores, Un Certain Regard y ACID se pueden encontrar algunas película notables que también tendrán relevancia a lo largo de la temporada, entre ellos varios largometrajes de animación que posteriormente pasarán por las secciones competitivas del Festival de Annecy. En nuestro primer acercamiento a estas secciones vamos a hablar de historias en las que el entorno de la ciudad o del país tiene la capacidad de transformar a sus protagonistas. Nos trasladamos a países como Francia, Costa Rica y Haití para comentar otros títulos que se salen de los focos mediáticos del Festival de Cannes.
Blaise
Dimitri Planchon, Jean-Paul Guigue
Francia 2026 | 82' | ACID | ★★★★☆
Festival de Annecy '26: Contrechamp
La vida de un adolescente que simplemente quiere integrarse en la sociedad pasando totalmente desapercibido se revela como un objetivo complicado cuando la propia familia es tan disfuncional que acaba envuelta en una espiral de situaciones absurdas. El personaje de Blaise Sauvage (Timéo Béasse) fue concebido por el artista Dimitri Planchon (1977, Francia) para un cómic que tenía su nombre como título, Blaise (2009, Glénat), publicado en tres volúmenes, pero en realidad no tenía tanto protagonismo como el que ha adquirido posteriormente. La propuesta del autor pasaba más bien por construir un entorno familiar complejo que inevitablemente influía en el desarrollo de un joven que no terminaba de sentirse integrado dentro de una sociedad en constante crisis, pero las historias no se centraban exclusivamente en él. La adaptación en formato de serie corta que se estrenó años después, Blaise (Arte, 2016), formada por treinta episodios de tres minutos cada uno, ya abordaba al adolescente como un protagonista principal, mientras mantenía a sus padres Carole (Léa Drucker) y Jacques (Jacques Gamblin) como secundarios que conformaban la familia Sauvage como un entorno poco propenso a llevar una vida aparentemente normal. Diez años después, los personajes han dado el paso hacia una historia cinematográfica que ha pasado por la selección organizada por la Asociación de Cineastas Independientes para su Difusión (ACID) dentro del Festival de Cannes, antes de competir en la sección Contrechamp del Festival de Annecy el próximo mes de junio. Blaise (Dimitri Planchon, Jean-Paul Guigue, 2026) mantiene a los mismos responsables de la serie, con Jean-Paul Guigue como co-director y montador de la productora Je Suis Bien Content, y el regreso de los actores que pusieron voz a los personajes en la serie de televisión. Pero de manera inteligente, la película no hace ninguna referencia ni al cómic ni a la serie, de forma que se propone como una historia independiente a la que nos podemos acercar sin tener aquellos referentes, y que, en todo caso, puede servir como una adecuada introducción a este mundo tan particular que conforma la familia Sauvage. Aunque es cierto que mantiene todavía en algunos momentos esa estructura de microhistorias que les suceden a los protagonistas por separado. La principal diferencia respecto a la serie es que Blaise entonces tenía doce años y en el largometraje ya ha alcanzado los dieciséis, situándose en una etapa mucho más complicada, y a punto de iniciar su primera relación sentimental con Joséphine (Nina Blanc-Francard), otra joven con la que comparte esa permanente desconexión con el mundo que le rodea. También hay una cierta suavización de la sociedad en la que viven los personajes, que en los cómics se adentraba completamente en el caos de una dictadura política, pero que en la película está menos mencionada como tal, aunque la búsqueda del amor lleva también a Blaise a radicalizarse. Ahora un adolescente que se tiene que enfrentar a sus propios desafíos existenciales, porque difícilmente encontrará el apoyo de sus padres, que lidian cada uno con sus propios dilemas. La película comienza con una reunión en la que la directora del colegio (Isabelle Ferron) traslada a los padres de Blaise su preocupación porque el joven es demasiado solitario y no tiene amigos: "¿Quiere usted decir que está aislado porque es uno de esos jóvenes superdotados que no se adaptan a su entorno?, pregunta Carole, esperanzada. "No", responde la directora.
En casa de los Sauvage, el padre Jacques no ha trabajado nunca en su vida y también tuvo una vida solitaria en el colegio, pero según él por la profunda alergia que le provocaba el detergente con olor a manzana que se utilizaba para limpiar la escuela. Preocupado por la imagen que transmite a los demás, sufre una grave crisis cuando una amiga de su esposa le confiesa que pensó que era un completo idiota la primera vez que le conoció. Así que aprovecha las visitas al psicólogo escolar para tratar el aislamiento de su hijo, para desahogarse él mismo y apropiarse de las sesiones de terapia. Mientras, su esposa Carole ha comenzado a trabajar en una empresa de gravas y arenas, y también trata de ofrecer una buena imagen ante sus empleados, aunque se esfuerza demasiado por ser amable al mismo tiempo que debe lidiar con un jefe narcisista que sueña con conseguir un contrato para una ambiciosa obra en el Palacio del Elíseo. Cada uno de los personajes se construye en torno a sus diferentes maneras de comunicarse: Blaise, con su reticencia a expresar la más mínima opinión; Carole con su ansiedad social; o Jacques, que tiene una idea muy precisa de cómo deberían verlo los demás. La propia Joséphine se inventa una personalidad completamente falsa, y personajes secundarios como una estrella de la televisión que sufre por su propia fama conforman una variedad de soledades que tratan de parecer normales ante el resto de la sociedad. Blaise captura el espíritu de las comedias francesas de los años setenta, y se pueden encontrar algunos aspectos referenciales a películas como Dillinger ha muerto (Marco Ferreri, 1968), pero sobre todo a través de la alegre música de toques jazzísticos creada por Alexis Pecharman y Denis Vautrin, quienes utilizan las voces superpuestas del cuarteto vocal Les Grandes Gueules, de una forma que recuerda a la música de Vladimir Cosma para las comedias dirigidas y protagonizadas por Pierre Richard que también hablaban de personajes con personalidades descritas en sus títulos, como El distraído (1970), Las desgracias de Alfredo (1972) o El supertímido (1978). Aunque en este caso hay mayores dosis de mordacidad y de humor negro que habla sobre las flaquezas de nuestra sociedad a través de personajes que precisamente son incapaces de integrarse dentro de ella. Parte de la acertada dosis de comedia negra se encuentra en la forma en que los personajes tratan de ser aceptados haciendo lo que piensan que se espera de ellos, como Joséphine, quien acaba siguiéndole la corriente a Blaise, que precisamente es un joven que no tiene ninguna iniciativa propia. Aunque hay una expresividad menos política que en los cómics, la historia aborda ciertas formas de activismo social como una forma de expresión más superficial y aparente que realmente convencida, lo que finalmente se muestra a través de determinados actos impulsivos, como la provocación a los antidisturbios, que en realidad no contribuyen a reforzar la causa, sino todo lo contrario. La película mantiene la técnica 2D de fotomontaje que utilizó Dimitri Planchon en sus tiras cómicas, y que se trasladó a la serie de televisión, de manera que los personajes tienen extrañas expresiones que se encuentran dentro de un tono realista pero con una especie de desproporción entre los rostros y los cuerpos, y una perspectiva imperfecta en los fondos. Hay una sensación de incomodidad provocada por el diseño de los personajes que al mismo tiempo transmite esa disconformidad con la que ellos mismos se enfrentan a las situaciones más absurdas. Y esa es la característica principal de una película de animación para adultos que consigue situarse a medio camino entre la sátira y cierto grado de ternura en la descripción de estos personajes imperfectos.
Soy tu animal maternal
Valentina Maurel
Bélgica, Francia, México 2026 | 105' | Un Certain Regard | ★★★☆☆
La familia disfuncional se coloca en el centro de las dos películas que ha dirigido hasta el momento la realizadora franco-costarricense Valentina Maurel (1988, Costa Rica), y en cierta medida reproduce el mismo tipo de estructura en su segundo drama que el que construyó en su debut Tengo sueños eléctricos (Valentina Maurel, 2022), que participó en el Festival de Locarno y reflejaba el deseo de una adolescente por marcharse a vivir con su padre. Recuperando a los mismos actores que interpretaban los personajes principales de aquella, la directora establece una conexión que no es realmente una continuación pero que adquiere resonancias con su anterior largometraje, asumidas por ella misma cuando manifiesta que sentía la necesidad de seguir ahondando en ese tipo de personajes. Sin embargo, en Soy tu animal maternal (Valentina Maurel, 2026) la figura del padre Nahuel (Reinaldo Amien) está desplazada de un núcleo familiar que es principalmente femenino, pero no por ello menos disfuncional. Elsa (Daniela Marín Navarro) es una joven que se marchó a Europa y que regresa a Costa Rica sin saber exactamente si se quedará o se volverá a marchar, para encontrarse cierto caos vital en su hermana pequeña Amalia (Mariangel Villegas), que vive sola en la casa familiar donde anhela la presencia de su niñera Dora (Rose Mary Mora), ya demasiado mayor para seguir cuidándola, y que parece estar a punto de tener un ataque psicótico, con obsesiones como sentirse vigilada permanentemente por pedófilos ("ya has pasado la edad para eso", le dice su hermana), y las visiones de espíritus que le hablan. Mientras, Isabel (Marina de Tavira) es una madre contradictoria, que parece sentirse incómoda con la maternidad, pero también con el recuerdo de un pasado en el que escribió un libro de poemas eróticos que tuvo gran influencia en la cultura costarricense, y cuya reedición provoca un regreso momentáneo, pero también embarazoso, hacia lo que pudo haber sido como escritora. Es un personaje complejo que está mejor desarrollado que el del padre, que se siente solo como un reflejo momentáneo al comienzo de la película, y aunque no se trata de un retrato autobiográfico, hay referencias personales al entorno familiar de Valentina Maurel, hija del actor y escritor César Maurel, y de la poetisa y actriz Ana Istarú. El propio título de la película está basado en un poema de su madre. La reedición del libro que escribió Isabel y que fue un éxito en los años ochenta también provoca cierto trastorno en Elsa porque su explícito contenido erótico le provoca cierta incomodidad, y ella misma parece tener una relación con el sexo algo complicada. En las contradicciones que se plantean entre estas tres mujeres se consolida la fortaleza de un guión que trabaja bien los personajes desde sus propias perspectivas. Elsa aporta la mirada moldeada por sus años en Europa, con una intención de arreglar el caos que siente a su alrededor, y que está representado por una ciudad de San José, capital de Costa Rica, que generalmente se sitúa fuera de las rutas turísticas porque sus propios habitantes la consideran como una ciudad fea y hostil, con edificios que se derrumban para construir aparcamientos y una autopista que la rompe en dos mitades y la llena de tráfico y vehículos de transporte. El reflejo de esta ciudad es permanente y establece un trasfondo urbano que parece oprimir a los personajes. Pero Amalia tiene una mirada mucho más amplia dentro de su desorden, que se representa en la también desordenada casa en la que habita y que comparte en algunos momentos con un grupo de cuidadores de perros de pelea que no parecen las amistades más recomendables para suavizar su inestabilidad psicológica. Ella habla con los muertos y menciona sueños en los que aparentemente puede predecir acontecimientos cercanos, pero para Elsa son solo un reflejo de los problemas mentales que está desarrollando su hermana. El guión establece con habilidad el contraste entre esas dos perspectivas: la centroamericana, que cree en espíritus y se siente cómoda en la ambigüedad de una cierta posverdad donde los puntos de referencia tradicionales se disuelven, y la europea que transmite Elsa, la que pretende ser la más juiciosa y trata de poner orden, pero desde una posición de superioridad, aunque conforme se desarrolla la historia descubrimos que quizás ella no representa el centro de la narrativa, sino que es la que está más desincronizada con su entorno, envuelta en las consecuencias del desarraigo: "No vengas a decirme que es tu hermana la que está loca. Vos no estás tan cuerda", le dice su madre durante una acalorada discusión. El trabajo de dirección de Valentina Maurel se sostiene en decisiones creativas que aportan solidez a la historia, cámara en mano que enmarca a los personajes a veces dentro del caos urbano de San José, en planos generales que las envuelve en el interior de esa frialdad de una ciudad tan caótica. La manera en que Soy tu animal maternal desarrolla a sus personajes los sitúa dentro de un contexto de lazos familiares que están siempre a punto de quebrarse, pero que se mantienen unidos a pesar de todo. Más que sobre una reconciliación, la historia habla sobre la admisión de las contradicciones, y en realidad se establece un arco narrativo más sólido en el personaje de Elsa que en el resto de los personajes, cuando en cierto modo se da cuenta de que no se siente integrada en ese mundo que dejó atrás. Solo cuando escuchamos un poema escrito por Isabel, casi al final de la película, se concreta la idea de que se trata de una historia sobre personajes que se sienten perdidos en un país pequeño como Costa Rica en el que también hay una cierta pérdida del sentido de la realidad. Y la elección de la canción espiritual "Jai Rama Chandra" (1982) de Alice Coltrane en los créditos finales demuestra también la percepción mística que contrasta con ese toque de realismo urbano que adopta la película.
Marie Madeleine
Gessica Généus
Haití, Francia 2026 | 104' | Cannes Premiere | ★★★★☆
Lo urbano también es un elemento esencial en el contexto en el que viven los personajes de esta historia, aunque en este caso la mirada se amplía hacia un país como Haití, constantemente atravesado por la inestabilidad económica y por una sociedad que mantiene en la marginalidad a determinados grupos sociales. El comienzo de Marie Madeleine (Gessica Généus, 2026) se establece con planos de luces y nocturnidad para reflejar que el entorno moldea a sus protagonistas de una manera que no les permite escapar de sus propias realidades. En la ciudad de Jacmel el mar, la selva y las iglesias forman un paisaje que dibuja un entorno marcado por vidas cotidianas en constante lucha, que absorben una cierta libertad cuando se entregan al deseo alejadas de las reglas religiosas, como le ocurre a Marie Madeleine (Gessica Généus), cuyo nombre representa a la santa que se dedicaba al trabajo sexual y fue la primera testigo de la resurrección. Ella también se dedica a la prostitución en las noches haitianas, y cuando sufre un colapso es rescatada por Joseph (Béonard Monteau), el hijo del pastor radical Jacques (Edouard Baptiste), quien la acerca a un hospital donde le dicen que no tienen tiempo para atender a putas. Pero, al contrario que en el Nuevo Testamento, será Marie Madeleine quien acabará salvando a Joseph, descubriendo un mundo de libertad en el que el deseo homosexual que ha mantenido escondido puede eliminar las ataduras a las que ha estado sometido. Es una película que absorbe las ambigüedades de sus personajes y se construye a partir de los conceptos contrapuestos. Frente al burdel "La Belle Epoque" ha situado el pastor Jacques su particular templo para difundir el protestantismo que ha ido impregnando progresivamente el país, difundiendo sus ideas a través de mensajes en la emisora local, y describiendo a las trabajadoras sexuales como una amenaza terrenal para el acceso al paraíso celestial. Pero al mismo tiempo, esta cercanía permite el encuentro entre Joseph y Marie Madeleine, los nombres cristianos que establece la directora para sus dos personajes principales. Ella, consumida por el alcohol, encuentra en él un gesto de altruismo que no es habitual dentro de la sociedad haitiana para quienes ejercen su profesión, mientras que él accede a la idea de libertad que no había conocido mientras estaba envuelto en su propia frustración por no poder mostrar sus verdaderos sentimientos. La habitación de Marie Madeleine se acaba convirtiendo en un refugio, un espacio personal que es difícil encontrar en ese entorno constantemente vigilado, en el que coexisten el presente y la memoria, grabada en la pared, sobre su abuela, a la que engañaron para que viajara a la isla, siendo abandonada como muchas otras mujeres. También es el lugar donde entrega su cuerpo con una cuchilla de afeitar en la boca para contrarrestar la violencia que puede surgir de las masculinidades agresivas con las que tiene que lidiar cada noche. En el caso de Joseph, su afición a la fotografía le permite acceder a lugares diversos, marcados por las contradicciones de la sociedad haitiana, y se identifica con la expresividad de la poesía de Yanick Jean (1946-2000, Haití), una poetisa y pintora a la que siempre se ha definido por la descripción de los sentimientos, pero cuya obra ha sido reivindicada en los últimos años por la investigadora queer haitiana Nathalie Batraville como de alto contenido político.
Marie Madeleine es una representación bastante vívida de un pueblo haitiano que la propia directora Gessica Généus (1985, Haití) define como "viviendo en varias dimensiones a la vez", con una forma particular de enfrentarse a las adversidades cotidianas que les rodean constantemente, desde la corrupción política hasta las consecuencias de un pasado que transmite ecos de los ancestros. La difícil situación de la comunidad queer, la inestabilidad del gobierno, el caos de las instituciones públicas como los hospitales o las escuelas, están presentes de una manera u otra a lo largo de una película que coloca a sus personajes en el centro narrativo, pero les rodea de un entorno que es tan hostil que encuentra comodidad en las diatribas exaltadas del pastor Jacques, un religioso que no transmite la fe a través de la solidaridad en el presente real, sino que se limita a predecir condenaciones y finales del mundo provocados por el pecado del sexo desenfrenado. Pero la violencia también se reproduce en una secuencia en la que una paliza refleja uno de los recuerdos de la directora, cuando en su infancia vio cómo apaleaban a un hombre hasta la muerte por robar un plátano. Esta representación de Haití como un lugar vibrante y sensorial, pero que también muestra su condición de espacio peligroso y violento, provoca que los deseos ocultos de Joseph encuentren cobijo en la vida emancipada de Maria Madeleine. Hay lugar para la bondad, incluso en la madame del burdel, Natacha (
Gaëlle Bien-Aimé, una de las pocas actrices profesionales haitianas) o para la belleza en la probable futura esposa de Joseph, la joven Mélody, interpretada por la hermana de la directora, Mélissa Mildort, que también es protagonista de uno de los momentos musicales más hermosos de la película. Los sonidos de las motocicletas y el ruido de la ciudad son esenciales para recrear la atmósfera de Jacmel, y la presencia del Atlántico refleja la historia de la conciencia negra haitiana. En medio de las calles pobladas por iglesias que se improvisan, los mensajes religiosos que transmite el pastor a través de la emisora de radio se convierten en amenazas permanentes, resonando en medio de ellas una frase a la que se hace referencia en la película, atribuida a la cantante y activista Nina Simone (1933, Estados Unidos-2003, Francia): "Les diré lo que significa la libertad. No tener miedo".