Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà

Publicado el 05 abril 2021 por Daniel Daniel Pérez Castrillón @Mangrii
Canto yo y la montaña bailaIrene Solà (trad. de Concha Cardeñoso)AnagramaRústica / digital | 200 páginas | 16,90€ / 9,49€

Me ha vuelto a pasar. Oh sí, me ha vuelto a pasar. Salgo de mi zona de confort y descubro joyas. Bueno, descubrir tampoco es la palabra en este caso. Más bien disfrutar, porque Canto yo y la montaña baila lleva ya pubicada un par de años. Es más, incluso en este mismo blog Carla (a.k.a. Café de Tinta) lo recomendó. Sin embargo, nada me había preparado para lo que iba a encontrar. Nadie que haya leído o entrado a leer la novela de Irene Solà puede saber lo que va a experimentar con exactitud. Si, por que Canto yo y la montaña baila, más que una historia, es una experiencia. Es una aventura envolvente repleta de sensaciones, mezcla de lirismo, costumbrismo y un leve realismo mágico que permean por la piel y te hacen sentir la pura montaña pirenaica. O la montaña, simplemente.

Probablemente, eso es solo quedarse en la superficie. Es muy difícil hablar de esta novela, de verdad. Más aún, tratar de decir de que va. En realidad, no es más que un despliegue de elementos que construyen un escenario rural y montañoso a través de una escritura tan poética como detallista. Sin embargo, es la originalidad de los dieciocho narradores, pasando desde un rayo hasta un corzo o un oso, donde aparece la magia y crea cierta fascinación (o rechazo) por la novela. Canto yo y la montaña baila se va deshojando como una flor en monólogos internos mientras parece no contar nada, pero a la vez cuenta muchas cosas. Historias pequeñas, anécdotas, sensaciones y momentos de los habitantes (humanos o no) de un pequeño pueblo de Los Pirineos.


El verdadero protagonista, pese a la multitud de narradores, sigue siendo el paisaje. La montaña, con su fauna y su flora. La propia naturaleza. El resto, es un mero instrumento para Irene. Herramientas que sirven para reflejar la ruralidad de un pueblecito de montaña como Camprodon y evocar todas esas vidas que algunos no sentimos tan lejanas. Quizá no similares, porque están inspiradas y ancladas en la región Pirenaica, pero si cercanas en sentimiento. El escenario sobre el que contar leyendas y tradiciones, historias de espíritus y de brujas. Pero también de personas. De muertes trágicas y familias destrozadas. De amores y desamores. De triunfos y derrotas. De oportunidades y condenas. Un relato que refleja eso de que el tiempo pasa, pero a veces no olvida.

No nos engañemos. Pese a su buena fama y el Premi Llibres Anagrama 2019 o European Union Prize for Literature, Canto yo y la montaña baila no es un libro para todo el mundo. Requiere esfuerzo por parte del lector, gusto por la prosa lírica y conectar al completo con la novela. Quizá, sea un caso algo similar a la siempre recomendable Me trago el igualma. Las voces narradoras trascienden la página, una y otra vez, pese a no siempre llegan a conquistar del todo al lector. Sin embargo, algunos episodios fascinan por completo (acordaros cuando leáis el del corzo o el oso). Algunos, piden leer y releerse por el mimo y cuidado con que están construidos y redactados. Donde nada falla, todo encaja y nada resulta excesivo. Otros, quizá dejan frio al lector y no terminen de tener un remate potente. Sin embargo, y de eso estoy seguro, todos te llevan a sentir, vivir y respirar la montaña.

Otros enlaces de interés:TrotalibrosUn libro al día