Carta a la madre que soy

Por Coachingparamamas

Querida yo,

Necesito que te detengas un momento. No mucho. Solo el tiempo que tarda en leerse una carta. El tiempo que llevas sin escribirte a ti misma.

Quiero que sepas algo que a veces se te olvida entre el ruido y el movimiento y la lista interminable de cosas por hacer: lo estás haciendo bien. No perfecto. Bien. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque a veces el mundo no te lo deje ver con claridad.

Acepta tus equivocaciones. No como fracasos, sino como evidencia de que estás intentando cosas. Las madres que no se equivocan son las que no se atreven. Tú te atrevas. Y eso, aunque duela, es exactamente lo que tus hijos necesitan ver: que equivocarse no es el final de nada, sino el principio de algo mejor.

No dejes que el miedo te paralice. Ni que te nuble. Los miedos van a estar ahí, eso no cambia. Pero escúchalos como se escucha la lluvia desde dentro de casa: estás al tanto, sabes que existe, y aun así sigues moviéndote. El miedo informa. No decide. Eso lo decides tú.

Confía. Confía en lo que ya sabes, en lo que ya has aprendido, en lo que has construido con cada día difícil que has atravesado. No necesitas la validación de nadie para saber que la mujer que eres hoy tiene criterio, tiene instinto y tiene amor suficiente para sostener lo que tiene entre manos.

Y hablando de validación: no permitas que nadie juzgue tus decisiones como madre. Nadie vive tu vida desde dentro. Nadie conoce el contexto completo, las noches que pasaste pensando, los sacrificios que hiciste en silencio, las veces que elegiste a tus hijos cuando podrías haber elegido otra cosa. Tus decisiones son tuyas. Tómalas, sostenlas, y si hay que cambiarlas, cámbialas tú. Pero desde tu criterio, no desde el juicio ajeno.

Haz pausas. Mira hacia atrás de vez en cuando, no para quedarte, sino para ver cuánto camino hay detrás. Hay una versión de ti de hace cinco años que daría mucho por saber lo que sabes hoy. Ese conocimiento no cayó del cielo. Lo ganaste. Reconócelo.

No dejes que el tiempo te robe los momentos con ellos. No siempre hacen falta planes ni ocasiones especiales. A veces es una conversación en el coche. Un rato en silencio compartido en el sofá. Una mirada que dice aquí estoy, te veo. Eso también es presencia. Eso también se queda.

Agradece cada lágrima y cada risa por igual. Las dos son reales. Las dos dicen algo verdadero. Las dos son tuya y de ellos. La vida no solo pasa en los momentos bonitos que guardamos en fotos. Pasa también en los que preferimos olvidar y que, sin embargo, son los que más nos cambian.

Date permiso para ser madre. Y también para ser mujer. Las dos cosas caben. Las dos cosas son necesarias. La mujer que eres fuera de la maternidad no le quita nada a la madre que eres. Al contrario, se la alimenta. Tus hijos no necesitan una madre que se haya borrado a sí misma para estar completamente disponible. Necesitan una mujer que les enseñe con el ejemplo que una vida propia no es egoísmo. Es dignidad.

Recuerda que todo pasa. Las etapas difíciles pasan. Las noches largas pasan. Las dudas más agudas pasan. Y de todo lo que pasa queda algo: aprendizaje, madurez, una capa más de la persona que estás siendo. No se pierde nada que haya servido para algo.

Y quiero que sepas esto también: la madre que eres hoy quizás no es la misma que eras ayer. Quizás no eres la misma madre para cada hijo, porque cada uno llegó en un momento distinto de tu vida, y tú eras otra persona en cada uno de esos momentos. Eso no es inconsistencia. Es crecimiento. Es que tú también estás viva, también cambias, también aprendes.

Pero hay algo que no cambia.

Siempre vas a estar en sus vidas. Siempre. No como figura perfecta ni como madre de manual, sino como la persona que estuvo. Que no se fue. Que cuando no supo qué hacer, se quedó de todas formas.

Y el día en que veas en lo que se convierten, ese día que todavía no ha llegado y que llegará, te vas a sentir orgullosa de ellos. Completamente, profundamente orgullosa.

Pero también, y esto es lo que más me importa que recuerdes hoy, te vas a sentir orgullosa de ti.

De la madre que fuiste. De la mujer que no dejaste de ser. De la montaña rusa que subiste sin soltar las manos.

De todo eso, orgullosa.

Con todo mi amor,

La madre que ya eres

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