El día no había empezado mal. Era una típica mañana de invierno. Los primeros rayos del sol hacían que tuviera la sensación de que la temperatura era agradable, pero en cuanto alguna nube furtiva lo ocultaba, la brisa del norte me clavaba un puñal de frío en mi ya de por sí maltrecha espalda.La noche anterior me había acabado acostando a las tantas. Como siempre había sucumbido a la tentación y me había dejado liar.Con los ojos aún entrecerrados por la falta de sueño cogí el coche y me dispuse a dar comienzo a mi sesión de recados.Mi primera parada fue el taller donde tenía la motosierra para reparar el tirador que había roto unas semanas antes. Ya sabía que la reparación no iba a ser barata porque la pieza tenían que mandarla venir ex profeso de la casa oficial y además no la vendían por separado así que tenía que por culpa de un puto muelle de mierda comprarme el tirador entero.El dueño estaba atendiendo a un señor mayor y a su hija, que estaban viendo una desbrozadora para el yerno, así que tras unas amables palabras me indicó que debía esperar un rato. Como los clientes se empeñaron en preguntar acerca de las virtudes y precios de todas y cada una de las máquinas allí expuestas el rato se fue convirtiendo en minutos, en muchos minutos, tantos que más que horas me llegaron a parecer años o tal vez lustros. Ni que decir tiene que tanta espera provocó que el señor mayor sea a partir de ahora “el puto viejo” y su hija “la puta gorda”. Viejo y gorda no contentos con darles mil y una vuelta a las puñeteras desbrozadoras también pusieron sus asquerosos ojos sobre los cortacéspedes. -¡Pero si estamos en el puto invierno, me cago en dios, ya!, pensaba yo-Mira papá, este es el que mejor nos iría que el que tenemos está ya muy cascado y cualquier día nos deja tirados.Esa misma suerte le deseaba yo al viejo y a la gorda, se notaba que ella era la típica hija aprovechada que le quiere quitar los cuartos que, viendo a qué alturas de mes estamos, supongo acaba de ingresar el viejo. Y él es el típico viejo resabiado que conoce bien a la hija que tiene y que no va a caer en la trampa tan fácilmente.El dueño del taller oliéndose que no iba a haber venta aprovechó la ocasión para endosarles un catálogo de con otros modelos que no tenía en stock y poder así, mientras ellos lo ojeaban, y la gorda le señalaba un puto soplahojas de esos; atenderme a mí.El dueño tras entregarme la máquina y enseñarme la pieza rota me dijo con una gran sonrisa en la boca, que al final la cosa me iba a salir ¡¡¡¡5 euros más barata!!!! No soy un experto en el tema pero creo que eso no te da ni para una mamada de una puta de carretera.En fin, que tras ver como el dueño me encendía la máquina para mostrarme que todo estaba en perfecto estado y me daba unos consejos de uso para evitar en la medida de lo posible la pieza se volviera a romper, metí la máquina en el coche y salí pitando para el supermercado.Miré el reloj del salpicadero y me maldije para mis adentros.-¡Mierda!, ya es hora punta de marujas, seguro que hay cola en la charcutería.Mi plan para el resto de la mañana consistía en hacer la compra, volver a casa cagando leches, hacer las camas, ducharme, prepararme algo de comer y a currar.Los problemas empezaron en el parking. Un señor de avanzada edad, al que a partir de ahora llamaré “el puto senil del coche” estaba atrancando la entrada tratando de intentar aparcar su Citroen C5 en una plaza donde ni tan siquiera cabía un Smart. Al final la atronadora sinfonía de cláxones de la orquesta de vehículos que hacían cola amenizando la maniobra hicieron cambiar de idea al puto senil de los cojones, que se largó a una velocidad que sería de vértigo, pero para un caracol reumático. Y detrás de él toda la orquesta antes mencionada, pero ahora ya sin hacer sonar los instrumentos.No había sitios libres en las plazas de aparcamiento así que tuve que esperar a que alguien se largara. De pronto veo a una señora de mediana edad cruzando entre los coches y llave en mano activando la apertura remota del vehículo, vitoreada por éste con un alegre destello de la intermitencia.
Para no tener que perder el tiempo tratando de abrirme paso entre típica la maruja ensimismada que escudriña la estantería y su carro estratégicamente colocado de modo que pueda estorbar lo máximo posible a los demás clientes, había aparcado el mío al lado de un congelador, justo en la zona donde estaban las tartas heladas, lugar de poco tránsito en esta época del año. Me deslizaba entre los estantes con la agilidad, rapidez y destreza de un profesional del patinaje artístico, escogiendo este o aquel producto y pensando en la bronca que me esperaba en casa si me equivocaba y no traía exactamente el que mi mujer me había pedido (cosa bastante frecuente por mi parte, todo hay que decirlo). De vez en cuando levantaba la cabeza y miraba hacia el marcador donde indicaba en qué número iba en la charcutería, no fuera a ser que hubiera ausencias y que me pasara la vez sin darme cuenta.