CEREMONIA DE AMOR PERROS DE CANA .Martín Faunes Amigo

Publicado el 09 abril 2013 por Adriana Goni Godoy @antropomemoria

CEREMONIA DE AMOR PERROS DE CANA
Martín Faunes Amigo
Para Pepe Carrasco y Juan Carlos Gómez,
llamados también “Pepone” y “Loquillo”, respectivamente.

Con un saludo para los tatas Donoso y Miguel González,
viejos y nobles prisioneros.

“La vi venir, su caminar era lento y cansado,
daba la impresión de que llevaba al mundo entero sobre el lomo”
María Angélica Benavides, Pirifulaifa.

Nadie supo de dónde vino o por qué estaba ahí cuando llegamos, semi libre, semi
preso, en esa cárcel precaria que era Puchuncaví. Cuando a nosotros nos obligaron
a ir allá desde Grimaldi, él salió a movernos el rabo y a lamer nuestras heridas. Le
pusimos por nombre “cototo”, no porque no tuviera una prominencia arriba de la
cabeza, de hecho, aunque muy tenue, la tenía, y así y todo tenue, alcanzaba para
darle una apariencia de perro de dibujos animados bastante chistosa. Sin embargo,
no era la razón de que le hubiéramos puesto así, ese nombre fue una broma de
Pepone o del Loquillo: “debió nacer después del golpe, por lo tanto es un cototo”.
Cototo, hoy lo veo todavía entre las alambradas, sigiloso, pasando de un pabellón al
siguiente, o escondido debajo de las bancas hasta alcanzar alguno de los
mendrugos que nosotros, a pesar de las circunstancias, siempre podíamos arrojarle.
Y por las noches, como el canero que era, desaparecía por algún escondite secreto,
o escaparía quizá más lejos, por algún agujero hacia esos eucaliptus que crecían
tras las alambradas. Se escondía el cototo en cuanto el sol desaparecía, y se restaba
así de nuestras tertulias anteriores al toque de queda. Es que el campo de
concentración Puchuncaví era vigilado con rigor por las noches; y no sólo por
guardias, sino por acechadores de colmillos brillantes peores aún que los propios
guardias, y conste que hablo de guardias que no habrían dudado en disparar ante
cualquier movimiento más allá de las covachas.
Los guardias significaban para nosotros un peligro, pero no para el cototo. Él sabía
mantenerse alejado de ésos que más de una vez lo habían querido alcanzar a
puntapiés, o peor, le habían disparado como a pato de feria. Es que ese quiltro
busca vidas olfateaba a los uniformes y las botas militares desde lejos, y por
supuesto reconocía también el olor a pólvora de los fusiles, así que pasaba
esquivándolos de un cuarto a otro, de una celda a otra. Así fue como se convirtió en
testigo de todo lo que ahí pasamos, de lo bueno y de lo malo. Asistió a nuestras 
presentaciones teatrales, a nuestros recitales, si hasta aullaba mientras
cantábamos. Estuvo presente por lo menos en una de las veces que Pepone montó
en cólera porque su equipo de básquet perdió. Lo recuerdo porque el cototo al verlo
encolerizado, lo llamó al orden a mostrada de colmillos y gruñido limpio. Y estuvo
también presente cuando aquel boina negra constitucionalista que tenían preso con
nosotros, logró escaparse. Tal vez fue el propio cototo el que lo ayudó.
Presente en todo. También en aquellas jornadas duras que los milicos llamaban “de
convencimiento”, y en otras chistosas, como cuando el trío de compañeros que
llamábamos “los patria o muerte”, ésos que recibían paquetes con ostras y nunca
fueron capaces de convidarnos, montaron en pánico cuando el propio Pepone, por
bromearles les arrojó un fusil de utilería diciéndoles “aquí tenemos armas
compañeros, a luchar por la libertad, patria o muerte venceremos”.
Testigo de todo. Participante activo en nuestra huelga de hambre por los 119. Él era
también nuestra compañía en la celda de solitaria cuando ahí nos confinaban,
porque él y sólo él era el único con posibilidad de visitarnos; y cómo no, si se me
metía por cualquier agujero. Era además un valiente, si hasta se atrevía a
amenazar a los milicos -desde lejos, claro-, cuando éstos nos daban de esa dosis
tan suya de crueldad.
Definitivamente, aquel perro multiracial, era nuestro compañero, uno más entre
nosotros en esa cana semi clandestina llamada Puchuncaví, otrora balneario
popular construido por el compañero Allende, para regocijo de cabras y cabros
proletas. Pero el verdadero peligro nocturno al que se exponía el cototo, y era por
eso que desaparecía, era una pareja de ovejeros alemanes que los guardias por las
noches soltaban y que de haberlo sorprendido lo habrían hecho pedazos. Es que el
cototo con suerte le llegaría al cogote tanto a ella como a él. “Lobo” y “loba”, ésos
eran sus nombres. Por lo demás lobo y loba no eran un peligro sólo para él, cuando
los guardias nos castigaban obligándonos a correr por el patio hasta extenuarnos,
soltaban también a lobo y loba que si nos alcanzaban –generalmente nos
alcanzaban-, nos daban dentelladas salvajes por los tobillos.
Y porque lobo y loba eran para nosotros un peligro, fue Schmitz, un científico preso
con nosotros, quien discurrió la estrategia de ganárselos. Con loba no pudo, pero sí
con lobo. Empezó por darle pedacitos de pan y sacrificó también algunos escasos
“manjares”, convencido de que podría llegar a cebarlo. No se equivocaba, a los
pocos días lo tenía comiendo en su mano. Nadie muerde la mano de quien le da de
comer, tampoco lobo; y cuando la estrategia de Schmitz fue imitada, lobo dejó de
ser un peligro. Bien por nosotros, incluyendo al cototo, porque los guardias se
dieron cuenta de que ya no era el animal fiero que necesitaban y lo devolvieron a su
cuartel de origen. Claro que loba se puso más agresiva. Parecía querer hacer su
tarea y también la de su compañero ausente; pese a ello, escapar de un perro no es
lo mismo que escapar de dos, y nosotros, con el amansamiento y la ausencia de
lobo tuvimos un tremendo alivio.
Hago notar, de todas maneras, que loba se esmeraba en reemplazar a su ex
compañero, pero sólo hasta donde su naturaleza femenina podía permitírselo. Es
que la naturaleza y las hormonas son terribles de poderosas; no fue por eso para mí
una sorpresa muy grande, cuando el propio Pepone vino corriendo a decirnos
“vengan a ver, cómo el cototo copula con loba”. Por supuesto, igual corrí a celebrar
la hazaña de nuestro querido compañero que había llevado a la perra de raza a una
acequia para alcanzarla; situación que la hembra, loca de deseo, había aceptado
contenta y le permitía por eso al noble quiltro vibrar sobre ella de lengua afuera. Y
no sólo vibrar. En realidad, el cototo temblaba y temblaba, y después de una serie
de tiritones y jadeos, se fue a pique de lado y quedó semi hundido en el fango; no
obstante, gracias también a su naturaleza, unido siempre a su amante que se
tendió también para permitir que su cuerpo continuara penetrado por el del cototo.
Una escena maravillosa, final de una ceremonia de amor surrealista, cuyo telón de
fondo fue el crepúsculo rojo de Puchuncaví y, lógicamente, nuestra ovación, porque
junto a su triunfo triunfábamos también nosotros, todos nosotros.
Cosa extraña: triunfaba el amor por sobre el odio en Puchuncaví de mil novecientos
setenta y cinco, y nosotros caneros sabíamos que eso así nomás no iban a
permitirlo. De hecho entre nuestra risa, se escuchó la voz de un soldado que nos
gritaba desde la torre: “¡qué están haciendo ahí, mierda!”. Y ahí no estoy seguro.
Pudo ser el científico o Pepone, o pudo ser el Loquillo o yo mismo, lo cierto es que
una voz convincente salida de alguna de nuestras gargantas respondió: “¡estamos
contando chistes!”. Acto seguido, sin ponernos de acuerdo, estrechamos el círculo
para que el guardia no pudiera ver el descanso de los amantes. Lo hicimos de
manera automática sin importarnos que para conseguirlo muchos tuviéramos que
meternos en la acequia hasta las rodillas. Qué importaba. Yo lo único que temía era
a la frase siguiente del guardia, que con seguridad sería “¡dispérsense, mierda!”.
Fue un par de minutos fatales en que tal como yo, todos esperábamos y sabíamos
que de suceder, el cototo sería muerto de un balazo. Los guardias jamás permitirían
que uno de la cana gozara con una de ellos, aunque esa “una”, hubiera gozado
tanto como había gozado el perro canero. Fueron dos minutos de angustia, pero esa
segunda frase lapidaria del guardia nunca llegó, en vez de eso Pepone forzó una risa
emitida como tras otro chiste, y su risa fue imitada por todos, y así después de un
momento, otra vez la risa y otra. Quizá el guardia pensó que era mejor que
estuviéramos allí en frente suyo riéndonos como idiotas, porque así podría
controlarnos mejor, y por eso nada más nos dijo, aunque pudo ser también por esa
magia divina que siempre protege a los amantes; el caso fue que nosotros
continuamos en nuestro círculo estrecho, simulando risas, hasta que la feliz pareja
pudo separarse. Fue hermoso. Es que loba había cambiado, nos parecía ahora
amorosa con él y lo era también con nosotros, y el cototo la guió por detrás de las
chozas hasta un rincón a cubierto donde, muy juntos, durmieron la siesta.
Perro canero. Se me ocurre que la definición es acertada. Y si me preguntan qué
pasó con él, o mejor, “qué paso con esa pareja”, les cuento que su amante loba,
seguro, tuvo sus cachorros contenta en la perrera del regimiento, porque tal como
ocurrió con lobo, cuando los guardias entendieron que ya no significaba un peligro,
la devolvieron al cuartel, y allá lobo, su antiguo compañero, imagino, debió acogerla
de nuevo, asumiendo también las criaturas. No asumir a los hijos de la mujer sólo
porque no hayan sido producto de la pasión de esa mujer con uno, me pareció
siempre que es una tranca estúpida propia sólo de nosotros los humanos.
La partida de loba ocurrió unos días antes de la partida del cototo, quien se
despidió de ella con un lamer y lamer que todos en Puchuncaví le celebramos. Sin
embargo la partida de la cana para el cototo, como se podrá ver, no fue tan fácil. Un
viejo prisionero a quien llamaban “el tata Donoso”, y que iba a ser liberado en
algunos días más, manifestó deseos de llevarlo consigo; cuestión más que acertada,
porque loba en el cuartel, de seguro no daría todavía señales de estar en cinta, pero
era obvio que cuando las diera, le iban a sacar la cuenta y concluirían que el cototo
era el único varón posible padre de los quiltritos y, para vengar el honor de las
fuerzas armadas y de orden, querrían venir a Puchuncaví a cocerlo a balazos.
Conveniente entonces la decisión del viejo que ahí estaba con sus pocas
pertenencias junto al perro que de algún modo había entendido que partiría de la
cárcel con ése, su libertador. Todo bien. Desafortunadamente, un oficial joven quiso
perjudicarlos. Se acercó para eso prepotente y le rugió al viejo: “¡usted no se lo
puede llevar, porque este quiltro no estará preso, pero es de aquí!”. Aclaro que el
tata Donoso era tan viejo que todavía hablaba de “el traidor Videla”, y así como viejo,
no atinó y nada alcanzó a hacer o a contestarle; aunque claro, no habría valido la
pena que le hubiera contestado ninguna cosa tampoco, ya que de todas maneras, el
propio quiltro escapó del puntapié con que el oficial quiso “echarlo pa’entro”, y
corrió hacia las alambradas que traspasó por algún agujero en la arena, por donde
desapareció como desaparecía de costumbre todas las noches.
Media hora después, cuando a la entrada del campo se estacionó una citroneta
destartalada donde la familia del viejo vino a buscarlo, apenas éste levantó la
puerta de la maletera para guardar sus pilchas, el cototo surgió como de la nada y,
mientras el viejo besaba a su mujer y cada uno de sus críos, abrazaba a su mujer,
sin que nadie lo advirtiera, de un salto se escondió entre esas mismas pilchas que
el viejo allí había puesto. Partió así de polizonte con el viejo y su familia por el
camino más bello que existe; ése que conduce a la libertad.
Yo sé que puede resultarles difícil aceptar que esta historia sea verdadera ciento por
ciento, y no es mi intención obligarlos tampoco a que la crean. No obstante, para
confirmar esta verdad y sólo para hacerle honor a ella, hoy empeño mi palabra y
doy fe de su autenticidad diciendo también con firmeza, que nada aquí se ha
exagerado… no lo voy a saber yo, si yo mismo soy ese viejo prisionero de apellido
Donoso, comunista de partido, que, una vez en su casa con su mujer y sus hijos, se
encontró entre las pilchas a ese perro extraordinario que se vino callado y
escondido para recuperar conmigo su libertad en ese episodio milagroso ocurrido
hace ya una treintena de años.
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Juan Carlos Gómes Iturra, estaba casado y era integrante del Comité Central MIR y
ex preso político. Cayó muerto el 21 de junio de 1979 en Santiago cuando tenía 27
años, tras ser herido a bala en una pierna y en la espalda. De acuerdo con la
declaración de su acompañante, él y Juan Carlos fueron introducidos en un
vehículo policial que se mantuvo en el mismo lugar del enfrentamiento. Por esta
razón, su acompañante, que veía cómo Juan Carlos se desangraba, empezó a dar
gritos y golpes de pie en las puertas del furgón con el fin de que dieran auxilio
médico al herido. Sin embargo, uno de los aprehensores, al escucharlo, abrió la
puerta del furgón, preguntó qué ocurría y, golpeó salvajemente a Juan Carlos
Gómez en sus heridas, provocándole un aumento de la hemorragia. Sólo una hora
más tarde el herido fue trasladado al Hospital Barros Luco, donde se constató su
fallecimiento.
José Carrasco Tapia, era periodista, director de la Revista Análisis. Tenía dos hijos,
era dirigente del MIR. En la madrugada del 7 de septiembre, bajo estado de sitio y
con toque de queda, un comando de agentes de la CNI lo secuestró de su casa.
Echaron la puerta del departamento abajo y lo empujaron subiéndolo a un vehículo
que emprendió veloz carrera. Iván, su hijo mayor salió corriendo detrás, pero nada CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez –Archivo Chile Sida 6
pudo hacer. Lo asesinaron en un costado del Cementerio Parque del Recuerdo.
Doce balas en la cabeza y una en un pie. Después huyeron. Han pasado quince
años y sus asesinos siguen amparados en el anonimato, aunque ya hay pruebas
suficientes contra ellos para que la justicia los condene.
El día que asesinaron a José Carrasco, asesinaron también a Felipe Rivera Gajardo,
electricista, militante del PC, en Pudahuel; y también a Gastón Vidaurrázaga
Manríquez, profesor, militante del MIR, en San Bernardo. Horas después fueron
encontrados los cadáveres de los tres secuestrados, acribillados a balazos. Al día
siguiente, esto es el 9 de septiembre, fue raptado desde su parcela, Abraham
Muskatblit Eidelstein, publicista, militante del PC, del sector Casas Viejas. Su
cuerpo apareció acribillado horas después en un canal de regadío contiguo al
camino que conduce a Lonquén. Todos estos asesinatos se produjeron en represalia
por el atentado al ex dictador Augusto Pinochet.
Juan Carlos Gómez y Pepe Carrasco, participaron en la recordada y famosa huelga
de hambre que los prisioneros políticos del campo de concentración de Puchuncavy,
realizó para protestar contra la gran mentira que significó el montaje perodístico
llamado “El listado de los 119″. Entre los participantes en esta huelga, se contaban
militantes y dirigentes del MIR, algunos de los cuales fueron asesinados con
posterioridad a su liberación, entre ellos los compañeros mencionados, así como el
marino Carlos René Díaz Cáceres, muerto en lo que se presume fue una explosión
provocada por la CNI, en el año 1982, y Eduardo Charme, dirigente del Partido
Socialista, asesinado en un falso enfrentamiento el 14 de septiembre de 1976.
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La desconocida historia de Gómez y los DD.HH.
29/04/2006 La Tercera
En su airada respuesta a la abogada Pamela Pereira
en la Radio Cooperativa, José Antonio Gómez le
enrostró que él también fue víctima de violaciones a
sus DD.HH. en el régimen militar y que ella no podía
decir “que todos los dolores son de ella”. “Mataron a
mi hermano, metieron preso a mi padre, mis
hermanas estuvieron exiliadas y presas, yo estuve
preso, me torturaron”, dijo en la entrevista radial en tono golpeado.
En efecto, aunque no es un secreto, tampoco es vox pópuli que el ex ministro de
Justicia fue detenido a los 17 años y pasó por varios recintos que el régimen utilizó
como centros de represión. Estuvo preso en el Estadio Nacional, la Escuela Militar y
la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea, donde fue torturado de diversas
maneras. “A mí me pasaron las atrocidades más grandes, como a tantos otros que
sufrieron atropellos en la dictadura”, relata Gómez.
Mirándose las manos, explica que “me fusilaron en falso, me sacaron las uñas, me
pusieron corriente, por años tuve las marcas de las torturas y señales en mis
muñecas”. Ello, tras ser detenido en octubre de 1973 en la casa de su actual esposa.
¿El motivo? Gómez lo atribuye a que era público que su grupo de amistades y su
familia eran proclives al gobierno de la Unidad Popular. “Un día detuvieron a uno de
nosotros, él comenzó a entregar nombres y nos detuvieron a varios”, recuerda el ex
ministro.
Su familia también vivió los rigores de la represión. El hermano mayor de Gómez,
Juan Carlos Gómez Iturra -hijo del primer matrimonio de su padre-, dirigente del
MIR, fue detenido por Carabineros en 1978 y asesinado en Lo Valledor cuando el
hoy senador ya tenía una activa participación política en la universidad. Según
supo su hermano posteriormente, a Gómez Iturra “lo mataron a palos dentro de un
furgón”.
Su padre, José Manuel Gómez López, periodista del bombardeado diario Puro Chile
-y hermano del también periodista Mario Gómez López- también estuvo preso y
sufrió golpizas. Sus hermanas, Cecilia y Flavia, partieron al exilio en Cuba y luego a
Francia, donde ambas permanecen hasta hoy. “La destrucción de mi familia fue
total, de la noche a la mañana todo lo que era normal se volvió anormal”, relata hoy
el senador radical.
Gómez -quien integró la Comisión Valech, pero no declaró en ella para no ser juez y
parte- insiste en que mencionó su historia al responder a Pereira “para mostrar que
a mí no me pueden contar cuentos en este tema, no me pueden poner en la vereda
de enfrente”.
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