Por Javier Tolcachier
En términos políticos, esto tiene una profunda relevancia.
Las inclinaciones retrógradas
En una primera capa de estudio, no es menor el dramático derrumbe del mundo unipolar, regenteado por los Estados Unidos, sucesor y aliado de los anteriores colonialismos europeos. Tal quiebre va de la mano con la ascensión del multilateralismo, que reclama su espacio igualitario en la esfera internacional. Como una de las tantas paradojas de la historia, en esta nueva página los polos emergentes se apoyan y refugian en sus propias tradiciones, como forma de resistencia al avasallamiento cultural del imperialismo occidental.
Al mismo tiempo, el poder financiero, cuya maquinaria de concentración permanece intacta, pretende evitar la redistribución de sus ilegítimas riquezas sembrando mayor caos y violencia. El correlato objetivo de esta intención es la precarización de amplias mayorías y el desvío hacia la delincuencia o la autoexplotación como formas de subsistencia. Ante el fenómeno criminal, en la continuidad de la lógica del poder, se expande el control, la represión y finalmente la militarización social. El “sálvese quien pueda... y como pueda” individualista, dificulta a su vez el aumento de la potencia para organizarse en proyectos políticos colectivos guiados por un espíritu de justicia social.
Pero tal como sucedió en épocas de dominación colonial, no basta la fuerza bruta para contener la indignación popular. La dominación subjetiva procede, en este escenario, con la distracción de contenidos vacíos a través de redes sociales, el discurso de odio que afianza la división social y la demonización de modelos positivos y la promoción de la “mano dura”, que abre la puerta a posteriores triunfos políticos vergonzantes, disfrazados de “renovación”.
Desde un enfoque generacional, se conjugan en esta contraofensiva conservadora dos vertientes. Por un lado, hay una rebelión de un extendido sector de jóvenes contra los proyectos de transformación surgidos en la segunda mitad del siglo pasado. Como cualquier otra generación, esta cohorte no se reconoce en la misma memoria y proyecto de sus progenitores y exige cambios acordes a los tiempos que le toca vivir. Mientras tanto, en términos demográficos opera en varias regiones del mundo la ancianización social, a través de la cual, una importante franja de personas se encuentra en situación de extrañeza y rechazo frente a los incesantes y vertiginosos cambios del paisaje social.
Ante la incertidumbre y la falta de perspectivas a futuro, el alma tiende a buscar un asidero firme y vuelve su mirada a un pasado que, aunque inexorablemente yerto, se ofrece como un puerto imaginario de aparente salvación.
Así es como en los distintos entornos, más allá de toda diferencia cultural, se insiste en anteriores fórmulas, en puntos de apoyo que ofrezcan un ancla ante la tempestad. Pero éstas no bastarán para detener el temporal de la historia, que siempre exige respuestas de un mayor nivel.
Digámoslo de una vez: La inseguridad que hoy siente la abrumadora mayoría de los seres humanos tiene su raíz en la falta de certezas existenciales. Ni la situación socioeconómica o laboral, ni las relaciones personales o familiares, ni el aferramiento a dogmas caducos, ni los modelos políticos, ofrecen respuestas definitivas y prometedoras a la conciencia sedienta de horizontes claros a los cuales dirigirse. Todo es efímero, pasajero, volátil, incierto. Ante ese paisaje, la humanidad necesita e intenta buscar inspiración para crear referencias y propuestas de futuro. Propuestas que no se encontrarán, ni habrán de surgir en los ámbitos que generaron la situación actual.
Las nuevas certezas
Reconocer, ya que es posible identificar este principio fundante del nuevo momento histórico en numerosas iniciativas ya existentes. Estos brotes de los nuevos tiempos son los que, tal como siempre ha sucedido antes, nacen pequeños y frágiles y a su debido momento, conectan con la necesidad de las multitudes. La nueva realidad nace mucho antes de que el desgaste y la decadencia de ciclos anteriores termine de morir. Esa nueva realidad ya está aquí, presente y actuante, aunque la intemperancia de lo viejo dificulte su visibilización.
Apoyar, transmitir, fortalecer y hacer converger los impulsos de las nuevas realidades es la senda a transitar en lo inmediato, es el camino hacia las nuevas revoluciones, cuyo objetivo es dejar atrás la violencia, la imposición, la discriminación y la exclusión. Revoluciones que aspiran no solo a crear cambios externos en la organización social y en los valores de vida a nivel colectivo e individual, sino que pretenden habilitar la posibilidad de transformar a nuestra especie en un sentido solidario y no violento, colaborando así con la evolución general de la vida.
En este proceso histórico de crecimiento humano, un nuevo humanismo tendrá un papel destacado a jugar por sus características integradoras, tributarias de aquellos momentos en que la dignidad humana y sus posibilidades fueron promovidas en cada una de las culturas de la Tierra, aunque con denominaciones distintas. En este momento de plena interconexión entre los pueblos y las culturas, en este momento de surgimiento de la primera civilización humana de la historia, ese aporte, esa vinculación, es imprescindible.
Javier Tolcachier - Investigador perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas.