AVISO: Normalmente evito los destripes en las reseñas, pero lo cierto es que esta vez he querido comentar varias cosas para las que necesitaba hacerlos. Si, como yo hasta ahora, aún no conocéis esta historia, quizás os quito parte de la sorpresa si leéis mi opinión.
ArgumentoA Charlie le encanta el chocolate, pero se tiene que conformar con la chocolatina que su familia le regala cada año por su cumpleaños. Cada día que va a clases, además, pasa por delante de la fábrica de chocolate de Willy Wonka de la que salen aromas deliciosos. El propietario es un genio extravagante que lleva diez años sin ser visto por la gente y del que se cuentan historias asombrosas.
Un día, en el periódico sale un anuncio del mismísimo Willy Wonka. Ha escondido cinco billetes dorados en cinco de sus chocolatinas. Los cinco niños, acompañados de hasta un par de adultos, que den con ellos podrán visitar la fábrica y recibirán desde ese día un cargamento de chocolatinas para toda su vida. El cumpleaños de Charlie se acerca, ¿le tocará uno de esos maravillosos billetes en la chocolatina de su regalo? Reseña
Cuando se lee una historia infantil hay que pensar que una ya no es el público objetivo de esos relatos, pero se pueden disfrutar igual si tienen algo que contar y no tratan a la infancia como idiotas. Sin duda, las historias de Roald Dahl cumplen con esto. De todos modos, aunque sí, la he disfruta, no se acerca a lo que fue la historia de la niña que leía mucho.Para empezar, Charlie es un protagonista sin chispa alguna. Es demasiado bueno y anodino. Además, desde el momento que entra en la fábrica (es obvio, sino no tendría sentido el libro), pasa a ser un mero observador, todo el protagonismo recae en Willy Wonka y el niño apenas tiene un par de líneas de diálogo de ahí en adelante. La estructura se vuelve repetitiva y el final es muy predecible.
A ojos infantiles, sin duda el libro brilla por el despliegue de maravillas de la fábrica. El sitio es una especie de universo paralelo donde todo se va alejando cada vez más de la realidad: hierba comestible, un río de chocolate, un ascensor multidireccional que parece una montaña rusa... A esto se suman las delicias que se fabrican, algunas normales pero también extrañas y absurdas invenciones. Y como director de orquesta, Willy Wonka, un tipo impredecible que no se sabe con qué va a salir a continuación.Por otro lado, el mensaje para peques que se lanza está cargado de moralejas. Aparte de Charlie, los otros cuatro niños que encuentran el billete dorado son a cada cual peor y es muy evidente cómo representan pecados capitales que castigar: gula, orgullo, avaricia e ira. Augustus Gloop es un glotón incapaz de controlarse; Veruca Salt es caprichosa y está mimada hasta el absurdo y Mike Tevé está enganchado a la tele y se pone violento si no le dejan verla todo lo que quiere. Queda Violet Beauregarde pero debo decir que su descripción no me parece tan grave en comparación al resto. Se pasa el día mascando chicle y ha batido un récord. Es respondona y un tanto maleducada, pero nada demasiado exagerado por lo que se la llega a conocer. Cada uno recibirá en la fábrica un escarmiento por su mal comportamiento. Escarmientos que parecen desproporcionados y excesivamente peligrosos, diría que Willy Wonka peca de sadismo y de regocijarse en el sufrimiento de los críos, por mucho que mereciesen una lección. Por supuesto, como relato infantil, no llega la sangre al río (de chocolate), nunca mejor dicho, pero que los niños salen de la fábrica con traumas que les obligarán a ir a terapia, sin duda. Así le queda la idea a quienes leen el libro que, si se portan mal, se verán castigados y, si son buenos como Charlie, las cosas les irán bien al final.