Civilizaciones al borde
Que Trump dijera esta semana que «toda una civilización morirá esta noche» si Irán no reabría el Estrecho de Ormuz puede sonar a hipérbole barata. El problema es que no lo era. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Furia Épica sobre Irán, mataron a Jamenei y abrieron la caja de Pandora más peligrosa desde la Guerra Fría. El alto el fuego mediado por Pakistán duró lo que tardó Israel en volver a bombardear el Líbano. Irán cerró el Estrecho otra vez el 9 de abril, el petróleo del golfo se detuvo y el mundo recordó, de golpe, que la prosperidad occidental depende de un corredor marítimo que controla un régimen teocrático al que Occidente lleva décadas intentando convencer con palabras y documentos firmados en Ginebra.
Lo que está pasando en Ormuz es la demostración más brutal de algo que los liberales de verdad llevan años diciendo y que el progresismo institucional se negó a escuchar: la fuerza importa, las fronteras importan y los actores que no comparten tus valores no se domestican con diálogo intercultural. Irán no cerró el Estrecho porque Trump fuera demasiado agresivo. Lo cerró porque durante décadas supo que el coste de sus provocaciones era una nota de prensa de la Unión Europea. Ahora el coste ha cambiado. Y eso, aunque les duela a los editorialistas del The Guardian, es precisamente lo que ha forzado a Teherán a sentarse en Islamabad.
La OTAN, mientras tanto, agoniza. Trump la llamó «tigre de papel» en The Telegraph y puso fecha a la retirada estadounidense. Algunos lo leen como el fin de la seguridad europea. Los más lúcidos lo leen como lo que es: la factura de cuarenta años de gorronería estratégica. Europa construyó estados del bienestar generosos, instituyó ministerios de igualdad de género y financió think tanks sobre diversidad e inclusión, todo ello bajo el paraguas militar de un país al que luego llamaba fascista en sus resoluciones parlamentarias. Trump no destruyó la OTAN. Europa la vació de contenido y Trump simplemente se negó a seguir pagando el mantenimiento del cascarón.
Moscú, sin que nadie se lo impida, ha consolidado Luhansk. India y China compran petróleo ruso a precio de saldo desde que Washington levantó las sanciones como parte del acuerdo de paz ucraniano. El mundo que los globalistas nos prometían —abierto, regulado, justo, verde— se está rehaciendo a marchas forzadas en torno a algo mucho más antiguo: esferas de influencia, recursos naturales y la capacidad real de proyectar fuerza. Milei lo llama capitalismo. Orbán lo llama soberanía. Le Pen lo llama Francia primero. Meloni lo llama Italia. El nombre cambia; el argumento de fondo es el mismo: la realidad no se gestiona con ideología, se gestiona con resultados.
Y en España, Pedro Sánchez sigue siendo la anomalía más llamativa del continente. Mientras la UE endurece sus pactos migratorios y Trump exige a Europa que deje de ser «woke e irreconocible», el ejecutivo español diseña instrumentos técnicos para justificar la inmigración masiva como motor económico. Puede que tengan razón en los números. Pero los números no votan, y los ciudadanos que sí votan en Francia, Italia, Alemania, Países Bajos y Suecia llevan años diciéndoles a sus gobiernos que el problema no es demográfico, es de identidad, de velocidad, de gestión, y de quién decide y para quién. Sánchez puede ignorar esa señal. Lo que no puede ignorar es que cada vez tiene menos aliados que hagan lo mismo.
El mundo de este sábado de abril de 2026 no se parece al que nos enseñaron en los libros de texto de los noventa. Es más ruidoso, más peligroso, más honesto en sus brutalidades y, paradójicamente, más interesante. Los imperios negocian, los dogmas caen, los ciudadanos se rebelan y los que llevaban décadas diciéndonos que la historia había terminado empiezan a admitir, en voz baja, que quizás se equivocaron. Quizás.
11 de abril de 2026 — Redacción Alternativas News
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