Cocodrilos troquelados

Por Joaquín Armada @Hipoenlacuerda

Cocodrilos troquelados

El secreto de escribir no está en saber juntar palabras sino en saber quitarlas, aprender a romper lo escrito, adelgazar la frase hasta dejar sólo las palabras precisas. Todos los escritores asaltan la página en blanco con un puñado de trucos en su bolsillo. Sólo unos pocos, como Muñoz Molina, lo hacen con 20 lecciones aprendidas.
Jonathan Safran Foer, un novelista a quien no he leído, ha ido un paso más allá. En lugar de juntar sus propias palabras ha elegido su relato preferido, La calle de los cocodrilos, un cuento de un escritor polaco y judío, Bruno Schulz, para adentrarse como Manostijeras en un jardín ajeno y podar y recortar frases enteras.
El resultado es un relato troquelado que se llama Tree of Codes. Podéis ver una de sus páginas en la foto que acompaña estas líneas (si algún día este texto se convierte en libro electrónico, todas estas palabras pueden ser troqueladas perfectamente). Las frases se construyen con palabras que aparecen en páginas a las que todavía no hemos llegado y con verbos que querían contar otra historia.
Y esa historia original es a la que me ha llevado este libro-broma-experimento. Dice JSF que “La calle de los cocodrilos” es su relato favorito. No he logrado saber por qué. Pero incapaz de leer el libro troquelado he decidido leer el cuento original, que me esperaba en un estante desde que hace casi 20 años lo compré de saldo en un gran almacén.
El barrio era un eldorado para tales desertores que habían abdicado de su dignidad. En él todo parecía sospechoso y equívoco; todo, con sus guiños indiscretos, sus gestos cínicos y sus insistentes miradas, excitaba impuras esperanzas, todo desencadenaba los bajos instintos. Un paseante que no estuviera prevenido percibía difícilmente la extraña particularidad de esos lugares: carecían de colores (…) Todo era gris, como en las fotografías en blanco y negro”.
Esta calle donde todo es gris, la calle de los cocodrilos, es la calle de las prostitutas de  Drohobycz, la ciudad polaca en la que en la que Schulz vivió toda su vida y en la que  transcurren los cuentos de “Las tiendas de color canela”. Un mundo que pasó del gris del blanco y negro al negro del horror cuando los nazis invadieron Polonia y Schulz se convirtió en el esclavo personal de un villano con uniforme.
La mañana del 19 de noviembre de 1942, los nazis iniciaron una caza del hombre en las calles de Drohobycz. Llevar en el brazo la obligatoria estrella de David convertía a los judíos en blancos fáciles. Fue así como Schulz se convirtió en la víctima de la rivalidad entre nazis.
Unos días antes – escribe Jerzy Ficowski en el prólogo de “Las tiendas de color canela” -, Landau había matado a Lowe, el esclavo y protegido del Gestapo Günter. Entre Günter y Landau existían fuertes choques. El asesinato de Lowe empujó a Günter a tomar represalias contra su antagonista. Aprovechó la ocasión de aquel jueves y mató a Schulz en la calle (…) Según la declaración oral de algunos habitantes de Drohobycz, Günter, al encontrarse con Landau, exclamó triunfalmente: “Mataste a mi judío, yo maté al tuyo”.
Obra de arte o broma experimental, el libro troquelado de Jonathan Safran Foer rescata del olvido a Bruno Schulz, hoy inencontrable en las librerías españolas, a pesar de ser un autor idóneo para ser editado por Acantilado o Minúscula, nos recuerda una vez más  la banalidad del mal, y nos permite jugar a  “troquelar” en este texto una frase sólo a golpe de negritas. Veremos a ver quién se atreve a editarlo en España.
25/1/11