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Comer en Amarante. Tapeo a la portuguesa en una bodega con solera

Por Pmontesrincon

Una decena de jamones prenden de la pared arropados por laurel como si fueran las medallas de una competición. Varios ganchos como los que se usaban en los ultramarinos de antaño para colgar los embutidos, sostienen unas cuantas piezas de salpicón y chorizo. Lo que los portugueses llaman con una palabra que nos encanta. ‘Enchidos’. Unos cuantos faroles iluminan lo que parece una acogedora cueva con apenas seis mesas y unos tajos de madera. Y al fondo del mostrador, el museo. Fotografías, azulejos, bastones, piezas de mimbre, tazas, banderines… Aquí son amantes de las colecciones, no cabe duda. Y todo bajo la atenta mirada de San Gonzalo, el patrón de la localidad. Estamos en una tasca, pero no en una cualquiera. Mejor dicho en una bodega. Lo que en Portugal denominan como ‘adega’. Con una decoración así es imposible estar a disgusto. Pero por si aún hay dudas, la propietaria de todo esto se encarga de que nadie se arrepienta de haber entrado. Amabilidad, e incluso los trucos para elaborar con maestría alguna de las delicias que cocina y vende. Porque en este lugar no sólo se puede degustar chorizo asado o queso. En ese mostrador presidido por la mastodóntica imagen de San Gonzalo hay una interminable reserva de quesos de la tierra, chorizo ahumado, salpicón (más adelante explicaremos lo que es, porque nada tiene que ver con el marisco), vino verde… Imposible no llevarse alguna de esas delicias después de haber comido en la Adega Kilowatt. Esta bodega con nombre de tienda bombillas y componentes eléctricos es una estupenda opción para comer en Amarante. Nada de lujos. Cuatro opciones contadas en el menú para lo que en España llamamos tapear. Rápido, bueno, barato y acogedor. Lo justo para lanzarse a conocer Amarante y los tesoros que esconden las callejuelas que nos esperan tras cruzar su vetusto, pero robusto puente de piedra sobre el río Tamega.

Puente de San Gonzalo de AmarantePuente de San Gonzalo de Amarante

Adega Kilowatt, chorizo al vino verde y algo más para comer en Amarante

En Amarante es mejor no cruzar su puente medieval en coche. Hay que aparcar antes, pasar por la oficina de turismo y enfilar la ruta 31 de Janeiro, repleta de coquetas tiendas, confiterías, restaurantes y, por supuesto, la Adega Kilowatt. Si no se va sabiendo que existe, pasa completamente desapercibida. Pero ahí está. En el número 107 con un pequeño letrero como queriendo no darse importancia. De hecho, en un Jueves Santo con Amarante repleto de visitantes, solo había una pareja cuando entramos. Su amable propietaria nos muestra una pequeña carta en cinco idiomas donde solamente existen cuatro opciones. Un sándwich de jamón, salpicón o queso (2€), un sándwich mixto (2,50€), lo que denomina como tapa, que es un plato con jamón, salpicón y queso (8,50€ para dos personas y 10,50€ para cuatro –lo siento pero no me cuadran las cuentas–), chorizo asado (4€) y melón con jamón (4€). Como ven, todo muy simple. Sin alardes. Habíamos dicho desde el principio que era una tasca.

Fachada de la Adega Kilowatt comer en AmaranteFachada de la Adega Kilowatt Jamones colgados en la Adega Kilowatt comer en AmaranteJamones colgados en la Adega Kilowatt Dibujo en una pizarra de la Adega Kilowatt comer en AmaranteDibujo en una pizarra de la Adega Kilowatt Decoración de la Adega Kilowatt comer en AmaranteDecoración de la Adega Kilowatt

Los que somos de tierra de buen jamón ibérico como Salamanca, el homólogo portugués no nos dice mucho la verdad. Otro cantar es el queso. Poco curado como la mayoría en el país luso, pero de un sabor intenso y agradable. Pero la terna de esa tapa la completa un producto que nos sorprendió muy gratamente. Se trata del salpicón, y como matizábamos antes no tiene nada que ver con el marisco. Es un embutido típico de la cercana localidad de Vinhais. Está ahumado y se hace con carne de lomo de cerdo de la raza bisagra. Pero no se trata de la carne embutida sin más, también se le añade sal, vino de la zona, pimentón dulce o picante y sal. Su sabor se asemeja al del lomo embuchado, pero con un toque a ahumado que lo hace complemente diferente. Merece la pena probarlo.

Tapa con jamón, queso y salpicón comer en AmaranteTapa con jamón, queso y salpicón Comiendo en la Adega Kilowatt comer en AmaranteComiendo en la Adega Kilowatt

Pero la sorpresa llegó con la cazuela de chorizo al vino. También un embutido ahumado que, tras su paso por la cazuela inundado con vino verde, sale en un estado de sabor excepcional. Tanto nos gustó que nos llevamos una pieza para casa. La dueña de la Adega Kilowatt y sus dos acompañantes con las que compartía agradable tertulia nos dieron su receta. O bien a la brasa o bien en una sartén con un chorro de vino verde y partido previamente en rodajas. Obviamente no quedó igual que el que tuvimos el placer de comer en Amarante, pero no estuvo nada mal.

Chorizo al vino verde de la Adega Kilowatt comer en AmaranteChorizo al vino verde de la Adega Kilowatt

Tan importante es el comercio como el bebercio. Y la Adega Kilowatt, como en general toda esta zona de Portugal, puede presumir de contar con grandes vinos. El de la casa es suficiente. Un vino verde muy afrutado llegando a la dulzura intensa. Normalmente los vinos blancos de la casa suelen guardar pocos matices, pero en este caso se cumplieron todas las opiniones que habíamos leído acerca de los buenos vinos verdes que se servían. Ellos incluso venden el Quinta da Levada, dentro de su vertiente de ultramarinos.

Confeitaria da Ponte, el toque dulce con vistas

Comer en Amarante en la Adega Kilowatt deja con ganas de más. Concretamente de un toque dulce para rematar el almuerzo. No hay que preocuparse. Unos metros más adelante por la misma rua 31 de Janeiro, en el número 186, se levanta la Confeitaria da Ponte. Es el último negocio antes del puente de San Gonzalo de Amarante. Y, por lo tanto, goza de las mejores vistas de esta construcción, símbolo de la resistencia contra el invasor francés durante lo que nosotros llamamos como la Guerra de la Independencia. Mejor aún son sus panorámicas desde la terraza, pero nos tocó un día de lluvia y tuvimos que optar por el interior.

Confeitaria da Ponte comer en AmaranteConfeitaria da Ponte

La Confeitaria da Ponte abrió sus puertas en 1930 y es un símbolo de dulzura en la ciudad. Solo hay que traspasar el umbral de su puerta y contemplar el muestrario de bollos, pasteles, tartas y delicias en general que hay tras sus vitrinas. Un auténtico museo del goloseo. No apto para los más azucarados. Son especialistas en elaborar el pao de lo, uno de nuestros bollos predilectos de Portugal. Hasta la fecha tan sólo lo habíamos comprado en supermercados de ciudades como Aveiro, pero en nuestra ruta por el norte de Portugal que nos llevó a Braganza, Amarante, Braga y Guimaraes degustamos el auténtico, el de confitería. Es una especie de bollo maimón esponjoso y con un agujero en medio elaborado con harina, huevos, azúcar y sal.

Dulce conventual en la Confeitaria da Ponte comer en AmaranteDulce conventual en la Confeitaria da Ponte Bola de Berlim comer en AmaranteBola de Berlim

Pero para terminar de comer en Amarante con un buen postre, optamos por unos deliciosos cafés pingados (lo que en España llamamos cortado) con un par de contundentes bollos, una bola de Berlim y un conventuais. Pero tienen mucho más. Pasteles regionales como las llamadas brisas do Támega, los amarantinos o los foguetes, son algunos de los ejemplos. Imposible quedarse indiferente.

Cafés y dulces en la Confeitaria da Ponte comer en AmaranteCafés y dulces en la Confeitaria da Ponte

Sin duda el mejor colofón para comer en Amarante y comenzar la visita por una ciudad que nos sorprendió y encandiló. Con una esencia lusa muy marcada y una mezcla de piedra, jardines y tradición bajo la atenta mirada del río Támega.


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