En los barrios de cierto postín se ven cada vez más clónicas cortadas y vestidas por el mismo patrón: mechas rubias, camisas blancas bajo chaquetas sastre en tonos beige y marrones combinadas con vaqueros de firma. Mujeres delgadas e inexpresivas, con la cara tan planchada como la camisa. Se transforman en máscaras. Los rasgos se convierten en plástico sobre el armazón de silicona que los sostiene, los gestos pasan a ser muecas. Las arrugas del labio superior se rellenan y desaparecen a costa de la fijación de éste, que con el peso cae sobre la boca en una cortina de carne que, de perfil, imita el pico del pato Donald y que, al hablar, reproduce el mismo tipo de movimiento que el de este personaje. La naturalidad se pierde, es el precio a pagar por conseguir parecer ¿atractivas? No sólo eso, sino que este ridículo aspecto se ha convertido en una marca de estatus: sin botox, sin cirugía no se pertenece al clan de estirados con pretensiones.
En los barrios de cierto postín se ven cada vez más clónicas cortadas y vestidas por el mismo patrón: mechas rubias, camisas blancas bajo chaquetas sastre en tonos beige y marrones combinadas con vaqueros de firma. Mujeres delgadas e inexpresivas, con la cara tan planchada como la camisa. Se transforman en máscaras. Los rasgos se convierten en plástico sobre el armazón de silicona que los sostiene, los gestos pasan a ser muecas. Las arrugas del labio superior se rellenan y desaparecen a costa de la fijación de éste, que con el peso cae sobre la boca en una cortina de carne que, de perfil, imita el pico del pato Donald y que, al hablar, reproduce el mismo tipo de movimiento que el de este personaje. La naturalidad se pierde, es el precio a pagar por conseguir parecer ¿atractivas? No sólo eso, sino que este ridículo aspecto se ha convertido en una marca de estatus: sin botox, sin cirugía no se pertenece al clan de estirados con pretensiones.