Plantean como solución algo que saben que es imposible: una coalición entre el PSOE y el PP, lo que equivale a no plantear solución alguna. Ni siquiera se atreven a pedir a los diputados socialistas que voten en conciencia contra Sánchez en la investidura, lo que provocaría nuevas elecciones y dejaría en manos del pueblo la solución del asqueroso atasco e inmoral presente político de España.
González y Guerra acusan a Sánchez de "desleal" y claman contra la "humillación" de la amnistía. El mensaje ha sido claro, pero la verdadera solución se elude. Dicen que la amnistía es "la condena de la transición y la democracia" y que "no cabe dentro de la Constitución".
Pero en lugar de proclamar una rebelión ética de los socialistas honrados contra el dictador Pedro Sánchez, el expresidente y el exvicepresidente piden un acuerdo entre PP y PSOE para evitar "depender" de Puigdemont, un acuerdo que es imposible y que el depredador de la Moncloa nunca aceptará porque quiere sólo para él todo el poder.
Fue un acto bonito, más destinado a adormecer conciencias y aplacar los remordimientos de los socialistas que todavía tienen alma que para derribar al tirano, cuando la prioridad es excluir del poder, con urgencia, al socialista enemigo de España, al brutal dictadorzuelo Sánchez.
Allí estaba la legión entera de "los Impotentes" alienados: González, Guerra, García Page, Lambán, José Luis Corcuera, José Barrionuevo y Virgilio Zapatero; el andaluz José Rodríguez de la Borbolla, el asturiano Javier Fernández, Juan Carlos Rodríguez Ibarra (Extremadura), Tomás Gómez y Nicolás Redondo Terreros, el recientemente expulsado del sanchismo estalinista por crítico.
Pudo haber sido una noche de campanas al vuelo y trompetas de libertad si se hubiera proclamado la necesidad de rebelarse, pero sólo fue una noche de palabras e impotencias.
La vejez es implacable y ha convertido a González y a Guerra, antiguos leones, en asustados borregos chillones, aterrorizados ante el pastor y sus perros.
Francisco Rubiales